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Jesús de Nazaret recibe el aval de Dios

El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

La cualidad de limpiar lo sucio y la realidad de ser factor esencial para la vida han hecho del agua un elemento constante y privilegiado de purificación en la historia de las religiones. Así, el pueblo de Israel tiene abundantísimos ritos de purificación de los que el bautismo viene a ser una variante de ablución y que consiste —tal y como lo indica el verbo baptizeín— en la inmersión de una persona en el agua de un estanque o bien de algún depósito natural: los ríos resultan idóneos, puesto que el constante fluir del agua acentúa con su movimiento tanto su capacidad de limpiar como su potencia vital.

Pues bien, desde mediados del siglo II a. C. en el valle del río Jordán surgen movimientos bautistas de carácter penitencial que tienen como núcleo ideológico la infidelidad de Israel al Yahvé que lo sacara de la esclavitud de Egipto para convertirlo en un pueblo libre, y la necesidad de volver a él por el cumplimiento de la Ley en respuesta al pacto con el Dios liberador: tal es el contexto de la praxis de Juan el Bautista. Empero, la predicación de Juan tiene rasgos harto peculiares: en un Israel fragmentado en grupos religiosos que reclaman para sí, y de manera excluyente, la categoría de “resto santo de Israel” a partir del cual Yahvé habrá de iniciar una era nueva, la invitación del Bautista a la conversión se dirige a la totalidad de los hijos de Israel sin distinción alguna. Más aún, Juan considera que hasta los cumplidores de la Ley han de someterse al bautismo de arrepentimiento ante el juicio inminente y terrible de un Yahvé que, airado, habrá de poner fin a la corrupción socioreligiosa mediante una intervención fulminante.

Vale, entonces, caracterizar el concepto central de la predicación del Bautista con el término griego metánoia, cuya mejor aproximación en español resulta ser conversión. Y es que metánoia refiere una apelación a la inteligencia —nóos—: se trata de cambiar de modo de pensar, cambiar de idea o de opinión, de cambiar de actitud a partir de un movimiento intelectual, con el correlato de arrepentirse y abandonar la manera de pensar anterior.

Ante este profeta se inclina Jesús de Nazaret para pedirle que él también venga a ser sumergido por las manos del propio Bautista en las aguas del Jordán. Y dado que los Evangelios sinópticos conservan palabras harto elogiosas del Maestro en relación con Juan y, más aún, recuerdan al mismo Jesús desafiando a sus adversarios tanto con el mismo Bautista como con el bautismo que practicase, una primera aproximación al bautismo de Jesús podría entenderse como la aceptación —y el consiguiente acuerdo— con el pensamiento de Juan. Y es que con el contenido de su predicación, el Bautista mueve la calidad de la inmersión en el Jordán de la esfera pureza-impureza a la dimensión bien-mal, confiriéndole de este modo una dimensión ética a lo que hubo de entenderse como un mero rito de, justamente, purificación que, para entonces, tiene además una connotación cultual derivada del proceso de clericalización que vino a padecer el judaísmo a partir de la hegemonía que la institución del templo de Jerusalén ejerciera en detrimento de la dimensión social del Antiguo Testamento.

Es, con todo, la presencia explícita de Dios en el bautismo de Jesús lo que le da su significado más acabado. Y es que en el Jordán se encuentran frente a frente dos ideas de Dios: la del Bautista, con toda la calidad ética ya mencionada, sí, pero no exenta de un cierto rigorismo moral, y la idea de Dios que habrá de ser el eje de la predicación del Galileo: Dios como Padre, paciente, misericordioso, totalmente interesado en el bienestar de su creación y que, a partir de Jesús, se muestra explícitamente involucrado en todos los ámbitos de la vida humana para procurar, desde el horizonte de la cotidianidad hasta la vida después de la muerte, la liberación de cuantos yugos sometan al ser humano, esa imagen y semejanza suya desfigurada por la desigualdad y la injusticia.

En este sentido, el bautismo de Juan es el lugar donde el Yahvé de Israel toma partido y avala la idea de Dios de Jesús, que habrá de desarrollarse en la praxis del Reino: la plataforma que catapulta la buena noticia de que Dios es un Padre incluyente, radicalmente incluyente y que defiende la dignidad humana —particularmente de los excluidos— por encima de cualquier instancia que quiera pisarla en beneficio de sus intereses.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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