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Jesús Retana Vivanco: Insomnio

Jesús Retana Vivanco
El estanque de los cocodrilos: Historias cortas donde el estanque es la vida y los cocodrilos los protagonistas

El insomnio me persigue y me impide conciliar el sueño. Son las 2 de la mañana; solo escucho al gato entonar su penoso y singular maullido para llamar la atención, tal vez por hambre o por el urgente deseo de encontrar una pareja. Todo esto se sincroniza con el sin fin de vueltas que he dado en la cama.

La ciudad por lo general duerme a esta hora; sin embargo, pienso en una cama de hospital. Un hombre dormita en ella, hace un gran esfuerzo al tomar otra bocanada de aire para no sucumbir en un sueño eterno.

Reuniones y fiestas con jóvenes dando rienda suelta al final de sus vacaciones en un absoluto vacío existencial, sin tener nada en mente más que chocar alegres los vasos donde el tintineo de los hielos da cabida a otro shot de vodka, de ron, o simplemente empinar el codo con una cerveza bien fría.

A lo lejos escucho una sirena de policía, que presta va al apoyo de alguna víctima o al llamado de otro compañero para bloquearles el paso a los maleantes. ¿Cómo se te ocurre eso? No lo sé, mi cabeza sigue dando espacio a elucubrar pensamientos e imágenes que otorga el ocio del insomnio.

Tengo que levantarme para tratar de aprovechar la inquietud de mi mente y ponerme a escribir.

Recordé que Monsiváis una vez dijo que prefería hacerlo toda la noche y dormir unas cuatro horas en el día, no me reconforta mucho la idea, creo que para eso se hizo la noche.

Por ahora trataré de continuar con la novela que tengo que entregar antes de julio. Necesito concluir la suerte de Itzuri, la indígena purépecha que sale de su pueblo en busca de otros horizontes y se encuentra con su destino, ese destino que muchos quisiéramos, el que nos cambia la vida, el que hace realidad lo que tanto hemos deseado.

El insomnio crónico puede ser causa de otro tipo de padecimientos, combinado con el estrés se convierte en un problema mayor. En ese momento, viene a mi mente:

–Tengan cuidado con aquella señora, a veces se pone muy agresiva–. Fue la advertencia del doctor que nos guiaba en el viejo psiquiátrico Fray Bernardino, allá por la zona de hospitales al sur de la Ciudad de México.

El objetivo era aprender algo de la esquizofrenia. Nos habían encargado el proyecto de comunicación para un fármaco que controlaba este mal. Había que corroborar las reacciones de quien padece la enfermedad.

En un salón para enfermos de consulta externa, una joven como de 20 años con síntomas esquizofrénicos nos comenta:

–Se me hunde el piso de repente y siento incontrolables deseos de tirarme desde la azotea de mi casa.

¡Aterrador! era como presenciar una película en blanco y negro, de esas que vemos ocasionalmente donde la vida de los enfermos se estampa en la memoria.


Vuelvo a la cama sin que mediara otra cosa más que el simple hecho de dormir. Pienso en   la continuidad de mi novela.

Ahora los grillos están en su euforia cotidiana. Sigo sin poder dormir; entonces recuerdo una de las frases de Monsiváis: Todo cambia, todo se transforma: todo sigue igual,  ya había cambiado y transformado a la indígena de mi novela y todo seguía igual. Yo, el insomne, molesto y sin sueño veo los rayos del sol asomándose por la rendija de mi persiana. ¡Maldita sea! voy a tener que dormir de día.—  Mérida, Yucatán  Twitter@ydesdelabarrera

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