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Jesús Retana Vivanco: Play ball

Jesús Retana Vivanco
El estanque de los cocodrilos: Historias cortas donde el estanque es la vida y los cocodrilos los protagonistas

Play ball, frase que marca el inicio del juego considerado como el rey de los deportes, y es probable que así sea, aunque algunos futboleros dirían que no. Para mí el béisbol marcó una etapa importante en mi infancia, en mi juventud y en mi madurez, por no usar otro sinónimo.

Escogí el tema para distraernos un poco de la lectura política, las tribulaciones de la vacuna y demás adversidades por las que atraviesa el país.

Yucatán se ha caracterizado por ser un estado beisbolero, así que con agrado recordaré las Inolvidables tardes del beis en la calle donde vivía.

A los nueve años con unos cuantos amigos, armábamos el juego. Bastaba una pelota de esponja de tamaño mediano. Como manopla, las manos; como bate, el puño cerrado. La primera y tercera base, dos coladeras banqueteras; la segunda, un viejo cojín que sacaba Pepe de su casa.

Nuestro equipo tenía a los Novoa, dos hermanos muy buenos que al paso de los años uno de ellos llego a jugar en la Metropolitana, una liga juvenil semillero de buenos peloteros que se jugaba en el entonces Parque del Seguro Social cuando terminaba la Liga Mexicana de Béisbol.

Mis vivencias con este deporte han sido increíbles. De adolescente, ya con manopla y bate, jugábamos en una improvisada liga en el parque 18 de Marzo de la Ciudad de México.

Mi tocayo Chucho, mayor que yo, quien jugaba en la Metro, era nuestro mánager, todos queríamos llegar a jugar como él.

Los años pasaban, el beis me llevó a inscribir a mi hijo en la Liga Olmeca, donde primero fui un aplaudidor papá y los últimos años un nervioso y esmerado mánager.

No se me olvidan los domingos en que mis padres me llevaba al parque del Seguro Social. Los Diablos Rojos del México contaban con mi preferencia.

En ese parque vi jugar la segunda base a Beto Ávila con los Tigres, después de su retiro de Ligas Mayores y ser campeón de bateo con los Indios de Cleveland, uno de los cuatro equipos en los que jugó. Algunos años más tarde las circunstancias me llevaron a entrevistarlo para una revista que le editábamos a un cliente cuando fue presidente municipal del puerto de Veracruz; por ahí anda su autógrafo. Hablando de autógrafos, recuerdo el que le dio  Fernando Valenzuela a mi hijo en el Astrodome de Houston en un juego entre los Dodgers y los Astros. Buen tipo Valenzuela, amable, haciendo a un lado la vanidad que otorga la fama, estampó su firma en una pelota.

La memoria me trae con agrado los nombres de algunos jugadores de los Diablos: Panchillo Ramírez, el de la curva dormida; Alfredo Ortiz, caballito de batalla en el montículo; Ramón Arano, el calambres. Quién no recuerda a Alonso Perry en primera base, Leo Rodríguez en tercera, el Diablo Montoya, en el jardín central, que en alguna temporada enseñó a los niños de la Olmeca.

De los Leones, el primera base William Berzunza, bateador largo al igual que Orlando Leroux y, desde luego, Fernando Valenzuela.

Mi último contacto con la pelota de beis fue en  la liga de softball (slow pitch) del Colegio Americano de la Ciudad de México, donde compartí una década muy divertida jugando al lado de mi hijo. El sonido de la pelota al chocar con el bate  ahí queda, guardado en mis recuerdos.—  Mérida, Yucatán  Twitter@ydesdelabarrera


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