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Jesús Retana Vivanco: Transeúnte

El estanque de los cocodrilos: Historias cortas donde el estanque es la vida y los cocodrilos los protagonistas

TRANSEÚNTE que cruza la calle en un anonimato voraz, llevando consigo las penas de una existencia cuya simpleza se evidencia por una vestimenta que solo da para viajar en metro o en microbús.

Sentado en una banca, pensativo, viendo el tumulto de transeúntes cruzar las líneas blancas pintadas sobre el asfalto en el cruce de una de las calles de Insurgentes. Cuánta  prisa, cuánta riqueza, cuánta pobreza de la gente que camina para ganarle a la luz roja.

Unos, embozados con tapabocas; otros, no le temen al volátil contagio de la multitud provocado por el virus, ese que ha arrastrado a la muerte a un sin fin de esperanzas con un largo proyecto de vida.

La vida es así, efímera, traicionera a veces cuando no obtenemos el regalo que se nos otorga al nacer.

Una ciudad que te envuelve en una nube de constantes devenires, ya sea por una precaria salud a la que no le favorece el ruido, el esmog, ese esmog que nos traga en primavera como queriendo arrebatarnos la respiración.

Policías que solo estiran la mano para recibir una de esas dádivas negada por la pobreza o por el desengaño de una realidad que no pidieron cuando estaban en el vientre materno.

En fin, esto apenas es el principio.

Pasan y pasan las horas, la gente camina, cruza, platica a veces en un soliloquio personal para tratar de remediar los problemas que enfrenta.

Aquel que veo  es un muchacho caminando rápido con un portafolios de plástico, seguramente mensajero de alguna oficina que se da prisa para entregar un papel que en lo particular le importa poco, pero hay que entregarlo, porque solo tiene ese trabajo para hacerle frente a la vida, ser un transeúnte más, ganar unos pesos y seguir siendo un caminante que arremete al asfalto con sus pisadas, zapatos que vieron mejores tiempos, sin poder gastar en una boleada y darles un mejor ánimo.

Hay que salir a la calle, ver lo que tenemos en nuestro entorno, abrir bien los ojos.

Estamos vivos, hay que hacer uso de esa metáfora: Para qué me sirve la vida si no la vivo.

Al fin todo acaba en lo mismo, cruzaremos las rayas del asfalto y llegaremos al otro lado de nuestra existencia, o mejor dicho, llegaremos a la otra acera del camino que no termina, sino apenas comienza, se gastarán las fuerzas, los zapatos querrán respirar con hoyos por debajo y nuestros pies les pedirán una tregua para seguir golpeando el asfalto.

Ruido, mucho ruido, que solo se atenúa al caer la lluvia y nos ofrece un plácido descanso auditivo por el simple hecho de escuchar el agua al golpear en el camino de los transeúntes.

Es hora de levantarse de la banca y seguir cavilando en el destino de la gente que solo vemos cuando estamos en la calle. La lluvia me moja, despierta mis sentidos para acelerar el paso. Me quedo con las tonterías que pensé, esas que ni el paraguas  puede evitar.— Mérida, Yucatán    Twitter: @ydesdelabarrera

2021: un año de riesgos

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