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Jesús Retana Vivanco: Un Volkswagen

Jesús Retana Vivanco
El estanque de los cocodrilos: Historias cortas donde el estanque es la vida y los cocodrilos los protagonistas

Un Volkswagen color beige, el típico color de los cincuenta, al igual que el azul cielo y el negro. Un clásico de la marca, con su medallón oval. La simplicidad de su motor, lo fácil de manejar, su tamaño para cuatro pasajeros lo convirtió en el preferido de México durante muchos años.

Visitar la planta de Volkswagen en Wolfsburg, Alemania, es una experiencia que te remonta a la historia de la marca. Un interesante tour en un vehículo abierto, especial para las visitas, nos abre paso por amplios pasillos donde máquinas robotizadas hacen una buena parte de la manufactura de los modelos que fabrica hoy día.

La planta se inauguró en 1939 para la producción de “El auto del pueblo” gracias al ingenio de Ferdinand Porsche. En la actualidad, es la más grande del mundo y una de las más tecnificadas.

Yo la visité en 2005 en un fantástico recorrido que hicimos por ciudades alemanas, aledañas a Berlín y Múnich, de esas que solo ves en un cuento, como Hamelín, a las orillas del rio Weser. Hospedados en una casa de huéspedes remodelada, daba la impresión de que estábamos en el siglo XIII y que pronto saldría el flautista para tocar y espantar a la ratas que asolaban la ciudad.

El auto de las familias mexicanas

¿Por qué la referencia al Volkswagen? ¡Dios santo! Es que mi madre tomó el curso de manejo. Casi todas las familias clase medieras de finales de los sesenta tenían un Volkswagen en su cochera o enfrente de su portón. Mi madre, no muy hábil para el manejo, se transportaba en su escarabajo a dar sus clases; una travesía larga hasta la calzada de Guadalupe, desde el sur de la ciudad. 

Si la memoria no me falla, lo cual sería muy respetable para mi edad, ese auto con forma de huevo que adquirió mi madre de la prima de mi papá, era modelo 1956. Una joya mecánica que ha sido apreciada por todo el mundo. La batalla entre el clutch y mi madre propiciaba el cambio seguido de las piezas del embrague y había que llevarlo al taller. Sus entradas frecuentes casi siempre pedían el cambio completo del clutch.

Ya casado y con un hijo en puerta, le compré a mi madre el auto, cometiendo el horror de los horrores al pintarlo de un amarillo pálido; bueno, mi gusto no estaba tan afinado como para darle el honor y pintarlo de un color más apropiado. Después de un ajuste de motor en el que Pancho, un ahijado de mi suegro se lució dándole la oportunidad de vivir unos cuantos años más y aguantar las intrépidas manos de mi esposa al volante, llegó el momento de darlo de baja y venderlo en unos cuantos pesos… de los de antes.

Mi relación con el Volkswagen siguió conmigo hasta terminar la carrera; fueron y vinieron otras marcas, casi todas del modelo actual, hasta que retomé con entusiasmo un tanto exótico restaurar un Volkswagen 56 dejándolo como recién salido de la fábrica, ganador de varios concursos a lo que ya hice referencia en otra entrega.

Un auto famoso, muy famoso

Creo que el traspié de la icónica marca fue haberlo convertido en taxi, de inmediato dejó de ser la mascota consentida de cada familia para convertirse en uno más  de los vehículos de la época.

Pasaron por mis manos un 64, 68, 73 y finalmente el clásico 56. El Volkswagen fue más famoso que las donas Bimbo o el Gansito Marinela. Transportaba a miles de personas al trabajo, a la escuela, a todas partes. Se vendieron 21 millones 529 mil 464 en todo el mundo.

Aún recuerdo a manera de anécdota el memorable viaje que hizo mi madre a Acapulco en su Volkswagen 73. A su regreso contaba con mucho orgullo sus peripecias en carretera y al escuchar que para no forzar el motor nunca hizo el cambio a tercera, no me quedó más remedio que soltar la carcajada. Como consecuencia, el motor no aguantó mucho tiempo y lo revivieron con un ajuste completo.

Este editorial lo escribí para rendirle un homenaje a ese vehículo que formó parte de la memorabilia de muchas familias a través de 60 años y que el  30 de julio de 2003 dejó de existir.—  Mérida, Yucatán Twitter@ydesdelabarrera

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