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La avaricia, causa de las muertes por peste en 1720

Cour Belsunce

Franck Fernández Estrada (*)

Hay tres palabras que horrorizan el ser humano: hambre, guerra y peste… y es que las tres casi siempre llevan a la muerte. Gracias a los controles sanitarios y al desarrollo de la medicina las pestes prácticamente han desaparecido del mundo… Aunque no estamos al abrigo de ellas.

El tema del que les quiero hablar hoy se produjo en Marsella, rico puerto del sur de Francia, en el año 1720 y por una mera cuestión de avaricia.

El comercio de Marsella se realizaba fundamentalmente con el norte de África y el Medio Oriente. El Mediterráneo era un mar de comercio y Marsella era su capital. A la sazón el rey era Luis XV, aunque por su temprana edad no gobernaba. Era uno de sus primos quien fungía como regente. Si bien Marsella era una ciudad rica, por las múltiples guerras que mantuvo Luis XIV estaba extraordinariamente endeudada. Muchos venían a Marsella a hacer fortuna con el comercio o contrabando.

A pesar de que no se sabía cómo era que se transmitía la peste, sí se tenía toda una serie de conocimientos de cómo evitarla. Como en el pasado la peste había entrado a Europa por los puertos procedentes del Medio Oriente, específicamente por el puerto de Marsella, allí se habían tomado medidas para evitar futuros contagios. La larga lista de medidas comenzaba con un documento que se llamaba patente y que era entregado por el cónsul francés de la ciudad de la que salía el navío. En dicha patente se indicaba si en esa ciudad había peste o no o si existía el temor de que sí existiera aunque no estuviera confirmado. Al llegar ante el puerto de Marsella, los capitanes de los barcos tenían que dejar en una de las islas cercanas su barco y, con una chalupa, acercarse ante las autoridades sanitarias para presentarle los documentos del barco, en particular las patentes, sobre el estado de salud de las ciudades por las que había transitado antes el navío.

Las autoridades de sanidad, en otras chalupas, tomaban los documentos con unas tenazas de hasta metro y medio de largo, los introducían en vinagre porque creían que el vinagre mataba la peste y, en dependencia del documento, los viajeros y sus mercancías pasaban al lazareto de la ciudad, en tierra firme a pasar la cuarentena. Si había alguna sospecha de contaminación se quedaban en una isla frente a la ciudad.

Pues bien, el 25 de mayo de 1720 llega a las costas de Marsella un barco, el Grand Saint Antoine, capitaneado por el capitán Chataud y que traía una muy importante carga de sedas y pacas de algodón valuadas en 300,000 escudos de la época, lo que hoy representaría unos 9 millones de euros. La ciudad no era regida por un alcalde sino por un regidor mayor y otros regidores que eran los equivalentes de los secretarios de la alcaldía. Todos ellos eran comerciantes. Jean Baptiste Estelle, primer regidor de la ciudad, era uno de los propietarios de esa carga y se sospecha que él dio la orden de bajar la carga a tierra. Estas telas serían vendidas en julio en la muy importante feria de Beaucaire y había prisa en desembarcar la mercancía para llevarla al lugar de la feria. Durante su trayecto dos veces había estado el Grand Saint Antoine en el Líbano actual y allí el cónsul había entregado patentes de que no había peste en los puertos, desconociendo que, a solo 100 kilómetros, en la ciudad de Damasco, había una gran epidemia de peste. También se sabía desde antaño que era precisamente dentro de las telas que viajaba con más facilidad la enfermedad.

Hasta ahí todo estaba muy bien y por eso pasaron directamente a cuarentena al lazareto de la ciudad, ya que el capitán Chataud omitió decir que siete de sus tripulantes y pasajeros habían muerto de forma sospechosa durante el trayecto. Nunca se sabrá a ciencia cierta cómo es que se transmitió la enfermedad. Se sospecha que una vez en el lazareto los marineros recibieron la visita de sus parientes. Ya habían pasado más de 10 meses desde que habían salido de viaje y, entre besos y abrazos y querer saber cómo estaban, hubiera podido pasar la enfermedad. Otros hablan de que algunas de las pacas pasaron a manos de los contrabandistas en la parte vieja de la ciudad donde todo comenzó con la muerte de una lavandera.

Debo recordarles que la peste bubónica se llama así porque el enfermo comienza a sentir síntomas de una mala gripe y, al poco rato, sus ganglios se inflaman pareciendo bubones o grandes bolas negras. La rata no es la que transmite la enfermedad en sí, sino las pulgas que en ella viven y son estos insectos los que realmente portan la bacteria yersenia pestis. Con la mala higiene de la época las ratas convivían al lado de humanos, lo que facilitaba que las pulgas pasaran de unas a otros.

Evidentemente, las autoridades en un principio quisieron negar la realidad. Esta noticia habría sido nefasta para los negocios de Marsella. También alegaban que la peste era una enfermedad de pobres. Decían se evitaba la enfermedad llevando una vida sana en espacios abiertos y alimentándose correctamente. Al darse la noticia de que sí había peste todos aquéllos que pudieron huyeron rápidamente llevando consigo la enfermedad. Es así que se produce el contagio. Primeramente se cerró a cal y canto todo contacto con la ciudad y después con toda Provenza, que es la región francesa donde se encuentra Marsella. La única forma de contacto era a través de unos buzones donde los encargados de dar noticias de la enfermedad dejaban papeles informando lo que sucedía y otros soldados venían del otro lado a recoger con las ya descritas largas tenazas y el tratamiento con vinagre.

Es durante este tipo de eventos que salen todas las perversidades y las bondades del ser humano. En primer lugar el regidor mayor Estelle, quizás sintiéndose responsable de lo que estaba sucediendo, asumió con responsabilidad el momento que le tocaba vivir. De igual forma actuó el resto de los regidores. Con responsabilidad y firmeza trató de poner orden en una ciudad que ya no era una. De los representantes de la Iglesia se puede decir que los jesuitas se encerraron en su convento y no quisieron sacar la nariz ni siquiera para dar los extrema unción a los moribundos. Éste no fue el caso de la gran mayoría de los religiosos. Monseñor Belsunce, arzobispo de la ciudad, personalmente iba aportando consuelo y ayudando a morir a los enfermos a falta de poder curar la enfermedad. Malvendió todas sus propiedades para ayudar a los enfermos. Al final de la epidemia, ya solo, sin acólitos ni empleados, paseaba por la ciudad dando misa. Las monjas recibían en sus conventos a los huérfanos, pero también dentro de los conventos había una gran mortandad. Se cerraron las iglesias, las escuelas, las tiendas y todo tipo de establecimiento público para evitar que se agruparan personas. Inicialmente los muertos se enterraban en las iglesias pero llegó el momento de tener que hacer enormes fosas comunes de hasta 120 metros de largo para rápidamente dar sepultura a los muertos no sin antes cubrirlos con grandes cantidades de sosa cáustica.

Las misas se daban en altares improvisados en las calles, rodeados de muertos que ya nadie lograba enterrar y que eran alimento de los perros. Hubo padres que se suicidaron para no transmitir la enfermedad a sus hijos y otros que sacaban a sus padres e hijos a las calles, sin pan ni agua, para que no les contagiaran. Desde Roma, el papa Clemente XI mandó tres barcos con sacos de harina para de alguna forma mitigar el hambre de la ciudad. Un pirata tunecino detuvo los barcos y le dijo a su capitán: “Cristiano, ve con tu carga, hoy no somos enemigos”. La enfermedad se llevó la vida de uno de cada dos marselleses sin hacer diferencia entre edad, sexo ni clases sociales. El mismo destino corrió Provenza, adonde también había llegado la enfermedad.

Es durante los meses de calor que una pulga vive mejor, por lo que es el momento álgido de la enfermedad. Cuando empiezan a llegar los meses fríos la pulga muere y con ella la epidemia. El primero de noviembre, día de Todos los Santos Difuntos, los regidores pidieron a monseñor Belsunce realizar una misa consagrando la ciudad al Sagrado Corazón de Jesús para que les protegiera de futuras epidemias. Mientras tanto, el capitán Chateau estuvo prisionero durante todo este tiempo, por lo que escapó de la epidemia y al final, en un segundo juicio, se le consideró inocente. El regidor Estelle fue ennoblecido por el rey por su actitud durante la epidemia y no por su acto de avaricia que le abrió las puertas de la ciudad a la peste bubónica.

Desde el año 1720, la alcaldía de Marsella encarga a la Iglesia una misa en honor a los muertos de aquella epidemia y para rogarle al Sagrado Corazón de Jesús que la ciudad no sea nuevamente víctima de otra epidemia.

Traductor, intérprete, filólogo (altus@sureste.com).

 

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