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La brecha generacional y el Covid-19

Editorial

Edgardo Arredondo Gómez (*)

Estar unidos no es sinónimo de ser iguales, ni de estar siempre de acuerdo —Lucas Leys

Tenía unos meses de haber terminado la especialidad. Me encontraba ayudando en una cirugía a quien fuera mi maestro y jefe en la Cruz Roja, un gran amigo, y responsable sin lugar a dudas de que yo sea ortopedista, cuando cuestioné y le rebatí algunos aspectos del procedimiento quirúrgico en desarrollo, argumentando lo que se estilaba de novedoso con la técnica en cuestión.

El debate académico se tornó un tanto ríspido, a tal grado que mi mentor me dejó cerrando y anticipó su salida del quirófano; recuerdo haber comentando que era la primera vez que me ocurría algo así, al anestesiólogo en turno, otro buen amigo, que me respondió: No hay desencuentro, ni enemistad, esto se llama brecha generacional, y algún día estarás del otro lado.

Con el paso de los años, esta profecía se cumplió en cierto modo. En más de una ocasión entro en confrontación ahora con mi sobrino, también ortopedista, y con quien comparto el quirófano, cuando debatimos acerca de innovaciones quirúrgicas; al final de cuentas trato de aplicar el concepto de Francis Bacon: “Ni afecto por lo que es nuevo, ni admiración por lo antiguo”.

Esta discrepancia de actitudes, conocimientos, formas de interactuar y desempeñarse que constituye la brecha generacional, ha tenido rasgos más acentuados con los avances tecnológicos. Esta especie de grieta se percibe coloquialmente entre los jóvenes y sus padres o abuelos. Es un fenómeno que ha sido estudiado a fondo por los sociólogos. La transición por las etapas de la vida en el ser humano a lo largo de la historia se han mantenido sin grandes cambios: la infancia con el crecimiento y la educación, tener una profesión, casarse para establecer una familia, un trabajo estable hasta la jubilación.

A pesar de existir esta condición de cartabón, hay diferencias entre los individuos y también el modo de llegar a esto entre las generaciones. Se reconoce la primera brecha entre los nacidos después de los años sesenta, la generación llamada de los “baby boomers” (por cierto a la que pertenezco) y sus padres a los que se ha llamado la “generación silenciosa”.

Recordemos nuestros primeros años de vida con “el amor y paz”, la liberación sexual y sin lugar a duda los fundamentos científicos y tecnológicos para las generaciones futuras, de ahí siguieron la generación “X”, “Y” (“millennials”), “Z” y “Alfa”.

Cada una de ellas ha tenido su fisonomía propia, su tipo de lenguaje, pero el desarrollo de la tecnología ha transformado y aumentado esta distancia entre jóvenes y adultos, y pareciera llegar a diferencias abismales con los más viejos. Las hendiduras de comprensión se han ampliado entre las generaciones más viejas y las más jóvenes en todos los aspectos, incluso, el filósofo y escritor español Fernando Savater fue contundente cuando enfatizó: “El epicentro de la cultura se ha trasladado al mundo virtual de internet, y no tiene sentido protestar por ello, porque la historia no tiene libro de reclamaciones”.

A mí me han tocado estas diferencias de opinión con el mundo de los “millennials”; no reconocer la gran capacidad de ellos para aprovechar los avances tecnológicos sería absurdo, como lo es el no aceptar rasgos sociológicos que los hacen únicos. Su interacción con las otras generaciones en situaciones de desastres ha quedado plenamente demostrado.

Basta recordar en el terremoto del 19 de septiembre del 2017, cómo la capital del país se llenó, al grado de la saturación, de jóvenes voluntarios en los rescates, asistencias a damnificados, donando sangre y con un empleo impecable de las redes sociales que le cayó la boca a mucha gente que los calificaba de elitistas, apáticos, aislados y egocéntricos por no decir más, y con esta noble acción demostraron su valor a tal grado que el filósofo Fernando Belaunzarán dijo: “Los jóvenes han tomado la CDMX. Espero que ya no la suelten”.

La brecha generacional no ha sido para nada ajena a la pandemia del Covid, y como en el ejemplo anterior, es claro que la solidaridad se convierte en intergeneracional cuando la amenaza es colectiva y universal.

Alguien comparó con acierto que la pandemia del Covid equivaldría a una invasión de extraterrestres en donde todos los seres humanos tendríamos que unirnos para salvar al planeta.

El coronavirus inició pegándole sobre todo a los adultos mayores, baste recordar en la región de Lombardía en Italia, el grave impacto en una de las poblaciones más longevas del mundo. Ahí estuvieron los jóvenes apoyando, y no solo hablaría del personal sanitario, el transporte, la elaboración y repartición de alimentos y por supuesto el pleno dominio de las redes sociales.

A la inversa, en los años previos, en cuanto a la preocupación del planeta que heredaríamos a nuestros hijos por el tema del calentamiento global, esto es, los mayores cuidando a los menores, ahora en el principio de la pandemia, las generaciones jóvenes se volcaron en cuidar y proteger a los adultos mayores, cuya susceptibilidad al virus quedó de manifiesto, y todas las medidas de confinamiento con el tremendo golpe a la economía, que impactó en la fuerza laboral dominada desde luego por ellos.

En esta pandemia con efectos tan desiguales en los continentes y naciones, los estragos sobre las distintas economías han sido muy asimétricos. La duración y el tipo de restricciones de actividades comerciales, la infraestructura sanitaria, el tipo de industrias en las que han repercutido, por ejemplo la turística, tan imbricada de un país a otro, sin importar la vecindad o el distanciamiento, y sin poder soslayar el daño por cuestiones políticas y malas decisiones en el manejo en general, de la contingencia, por esa falta de empatía, azuzada por un ambiente de polarización.

Pero hay que mirar un tanto lo ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad: esta pandemia al igual que la gripa española está en una tercera ola, que en aquella, afectó más a ancianos que a jóvenes, lo cual demuestra el carácter cambiante de la cepa, sin olvidar que tuvo una duración de dos años y cinco oleadas.

En el Covid la mutación del virus en cepas más contagiosas y selectivas dio un brusco giro. Es de todos conocido, que actualmente la enfermedad aumentó su velocidad de transmisión, los jóvenes son más vulnerables: eventos masivos, fiestas privadas, otras no tanto, y un largo etcétera ha sido el catalizador, y aunque por si misma tal vez no es más letal, por un evidente efecto de la vacunación, que ha disminuido la tasa de mortalidad en los mayores, sin embargo, no es tema menor: se está incrementando en los jóvenes; ¿quiénes los culpables, quienes los responsables?: todos lo somos.

No lo olvidemos, esto es colectivo. El grave problema es cómo regresar a las medidas de aislamiento y confinamiento en una sociedad harta del encierro, en una economía maltrecha con visos de recuperación, cómo decirles a nuestros jóvenes la importancia del autocuidado, y aquí es cuando aparece la brecha generacional.

Cuántas veces escuchamos de nuestros padres la frase: “No lo vas a entender hasta que tengas hijos”, y en efecto, cuando a nuestro pequeño hijo le da su primer catarro, lo sufrimos como una neumonía.

¿Cómo transmitir este mensaje a jóvenes que argumentan que esto no les importa, que no tendrán hijos, porque esto se opone a su proyecto de vida?, o reclaman su derecho a salir y divertirse por ser mayores de edad, aunque vivan con sus padres, o que se refieren al matrimonio como una institución en declive, o con una concepción de familia muy distinta a la que tenemos.

La brecha generacional se está evidenciando en este giro de 180 grados de la pandemia. Tal vez la única ventaja, y lamento decir esto, es que con esta velocidad de contagios, alcanzaremos, en nuestro país, más pronto la inmunidad de rebaño, porque desafortunadamente el ritmo de vacunación no ha sido el adecuado.

Es claro que urge un cambio en la estrategia, no es posible que esté centralizada al 100%, con cifras inexactas de vacunas adquiridas, aplicadas y disponibles, con cero transparencia en cuanto al costo de las adquisiciones.

En tanto, tratemos ahora de cuidar a nuestros jóvenes, hagamos un esfuerzo, enseñémosles a quererse, ejerzamos nuestra autoridad como padres cuando esto sea factible, para que nuestro amor los ayude como lo fue el de ellos al inicio de esta pesadilla que está aún lejos de terminar.— Mérida, Yucatán.

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

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