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La dimensión profética de la Transfiguración

El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

Lucas 9, 28-36

Si todo se hubiese limitado al resplandor que envolviera a Jesús de Nazaret —ora como recuerda Marcos acentuando la blancura fulgurante de los vestidos del Maestro, ora como transmiten Mateo y Lucas poniendo el énfasis en el rostro del mismo Jesús— habría que leer el relato de la Transfiguración, tal como se ha sugerido tradicionalmente, como una especie de avance del esplendor del Resucitado orientado a preparar a los discípulos para resistir el escándalo de la Pasión. Con todo, la presencia de Moisés y Elías viene a dar todo un otro significado más hondo que una mera consolación anticipada.

Y es que si bien es cierto que para el tiempo de Jesús Moisés es considerado más bien como el legislador por antonomasia de Israel, esta perspectiva viene a ser consecuencia del hecho de que, después del exilio, hacia el siglo VI a. C., la vida judía girase en torno al Templo y a la Ley, habiendo tomado esta última, de algún modo, el lugar que correspondiera a la profecía: hubo, ciertamente, una especia de asfixia del carisma profético en tanto que, justamente por su carácter carismático, esto es, no sometido ni dependiente de institución alguna, el profeta venía a resultar incómodo para el pensamiento religioso estructurado en torno al estudio de la Ley, pero sobre todo para la clase sacerdotal que hace del culto del templo de Jerusalén —y del mismo Templo en sí— un modus vivendi harto socorrido.

Sin embargo, el carácter profético de Moisés está fuera de duda. En efecto, el libro del Deuteronomio recoge una palabra del mismo Moisés: “Yahvé tu Dios te suscitará, de en medio de ti, de entre tus hermanos, un profeta como yo: a él escucharán”. Ahora bien, el talante profético de Moisés —en el sentido más clásico del concepto en tanto que propone una idea de Dios y una praxis correlativa— se muestra en la gesta fundacional de la liberación de los hebreos esclavos en Egipto, en tanto que éste anuncia y hace presente una muy específica idea de Dios relacionada directamente con el tránsito de la esclavitud a la libertad. En cuanto a Elías, figura entrañable en el judaísmo del primer tercio del siglo I, su calidad profética está fuera de discusión. Más aún, Elías viene a ser, para entonces, el paradigma de lo que ha de ser un profeta, sin demérito de los así llamados grandes profetas escritores —Jeremías, Ezequiel y muy particularmente Isaías— a quienes se lee, se estudia y se toma como referencia tal y como los mismos Evangelios muestran. Pues bien, la audacia crítica de Elías manifestada en su enfrentamiento con el poder corrupto de la institución monárquica de su tiempo, representada por Ajab (873-874 a. C.), políticamente exitoso pero religiosamente sometido a los caprichos idólatras de su esposa Jezabel, adoradora de Baal y perseguidora furiosa de Elías por haberse burlado y desenmascarado y pasado a cuchillo a los profetas falsos del tal dios, viene a ser el referente privilegiado de la crítica a las estructuras de poder en tiempos de Jesús.

Elías, el profeta que experimenta como una brisa suave, en la hendidura de una roca del monte Horeb, al Yahvé al que sirve con celo; Elías, el profeta arrebatado por un carro de fuego y que es considerado como signo del tiempo inminente la de restauración de Israel.

Es así que la presencia de Moisés y Elías junto a Jesús transfigurado, pero, particularmente, la conversación con ellos en relación con “su partida, que iba a cumplir en Jerusalén”, puede leerse como la síntesis de la profecía de Israel en su dimensión liberadora que se da en el mismo Galileo. Y es que la crucifixión viene a ser consecuencia, justamente, de la dimensión profética de la praxis del Reino de Dios en tanto que, como Moisés en Egipto, Jesús propone —y hace experimentar— la más genuina liberación a la que hombre alguno pueda aspirar: la inclusión en la dimensión del Reino de Dios; y, como hiciera Elías frente a la institución monárquica, el propio Jesús no sólo critica el poder opresor y corrupto, sino que él mismo resulta ser la instancia crítica más aguda, no por el prurito de agredir a las instituciones de poder de su tiempo, sino por la absoluta autonomía en relación con ellas: nunca sometido, el Maestro marca la pauta de distancia en relación con el poder —y el servilismo aniquilador que impone— para quienes quieran acceder a la dimensión liberadora del Reino de Dios que encuentra su plenitud en la Resurrección del Crucificado.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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