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La discreta presencia de Dios

 

El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

Al arquitecto Fernando López Escalante

El surgimiento de la fuerza, el impulso para la continuidad de la causa de Jesús de Nazaret después de su muerte y resurrección —el Espíritu Santo, pues— viene transmitido en el Nuevo Testamento en dos tradiciones: aquélla conservada en el capítulo 1 de los Hechos de los Apóstoles y la que viene atestiguada en el capítulo 20 del evangelio de Juan. La primera es descrita como una eclosión de viento y fuego sobre los discípulos, y con un impacto social inmediato en el que domina la glosolalia, fenómeno, por cierto, que pertenece al ámbito religioso universal. La segunda tradición —con el peso que tienen los cuatro evangelios— muestra, en el primer encuentro del Resucitado con sus discípulos, al Viviente soplando sobre ellos en un contexto de envío en continuidad explícita con su praxis.

Y es que el evangelio de Juan relaciona el don del Espíritu de un modo absolutamente directo con el Resucitado en, además, un contexto que bien podría definirse como de privacidad. Hay, en efecto, algo de intimidad en este primer encuentro de Jesús con los suyos que contrasta vivamente con el relato de Hechos: es el Resucitado quien después darles por dos veces el saludo de paz sopla sobre los discípulos para entregarles, con su propio aliento, el Espíritu —su Espíritu— con un intenso sentido crítico y con una franca referencia al Padre. Referencia, por cierto, que viene a ser como la médula de la tradición del evangelio de Juan en relación con el Espíritu: para la tradición joánica la relación de Jesús con el Padre, la gloria del Padre, esto es, la presencia del Padre viene a ser lo que para la tradición sinóptica es el Reino de Dios.

De este modo, resulta evidente que el interés de la tradición joánica es mostrar el don del Espíritu en una relación totalmente directa con el Maestro —de un modo por demás plástico— al recordar al Espíritu como desprendiéndose en un soplo de las mismísimas entrañas del Resucitado de una manera tal, que resulta imposible no relacionarla con el pensamiento del Antiguo Testamento: “Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”; “Escondes tu rostro y se anonadan, les retiras su soplo, y expiran y a su polvo retornan. Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra”. Y si bien es cierto que hay una coincidencia entre Juan y Hechos al describir al Espíritu Santo como aire o viento o soplo ciñéndose al término usado —ruah, sustantivo femenino en hebreo, pneuma, sustantivo neutro en griego—, no deja de ser muy indicativo que para Hechos el Espíritu sopla como una realidad cuasi autónoma, mientras que para Juan se deriva, insisto, de las entrañas de Jesús resucitado.

Vale apuntar que esta perspectiva, que remite a algo que podría decirse intimidad sencilla en comparación con la índole pública y multitudinaria de la tradición de Hechos, obedece a la conformación y a la historia de la comunidad donde surgen los escritos de la tradición conocida bajo el nombre de Juan el apóstol. Ésta, en efecto, es una comunidad cristiana pequeña que surge y se desarrolla entre Palestina y Siria de un modo independiente a la expansión de otras comunidades en la cuenca del Mediterráneo y que, aunque conoce la tradición sinóptica, genera un pensamiento propio y audaz, con un agudo sentido crítico tanto de la esfera política como de la naciente tradición eclesial. Víctima de sus propias disensiones, la así llamada comunidad del discípulo amado de Jesús, acabó siendo subsumida en lo que vino a ser la Iglesia en la ecúmene de entonces.

Se impone, pues, recuperar y privilegiar la tradición del evangelio de Juan en relación con el Espíritu Santo como portadora de un contenido más denso por su referencia directa a Jesús de Nazaret y, correlativamente, más inspiradora para un seguimiento explícito del Maestro. Pero, además, porque da pie a una experiencia alternativa, que bien puede ser la Lectio Divina, para quienes, hartos de vivir entre multitudes que abarrotan estadios u otros espacios, quieran buscar en la quietud de la sencillez y la intimidad —mas necesarias que nunca en medio de la barahúnda de una sociedad que no soporta el silencio y que vive la soledad como maldición y desgracia— un acercamiento más hondo y estimulante a Jesús de Nazaret y a la praxis del Reino de Dios.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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Homilía dominical