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La escucha y el seguimiento que liberan

El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

Juan 10, 27-30

Es más que probable que para un urbanita contemporáneo, alejado sociológicamente y psicológicamente, a más de culturalmente de la cría tradicional de ovejas, la imagen usada como metáfora de un pastor y su rebaño — aún siendo entrañable, aunque desconocida en toda su complejidad— acabe resultando percibida, ya sea quien venga a ser el pastor, ya quienes signifiquen el rebaño, como una relación de una subordinación que raya en la dependencia y el sometimiento en un contexto de asimetría total. Con todo, el evangelio de Juan continúa recordando a un Jesús de Nazaret que dice: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen”.

Una aproximación a la realidad que propone el Maestro podría derivarse de considerar que el verbo seguir —akoloutheo— que, de algún modo, expresa el vínculo del pastor y el rebaño, en las 90 veces que se usa en el Nuevo Testamento figura principalmente como el término para expresar el seguimiento de Jesús. En efecto, akoloutheo significa en sentido propio seguir, ir detrás de alguien; y en sentido extenso significa ser discípulo, ir en seguimiento de un maestro: ambos significados se aplican al Galileo cuando los evangelios dicen que las multitudes y, particularmente, sus discípulos le siguen.

Ahora bien, en el caso de los discípulos de Jesús, el seguimiento supone, según la tradición de los tres primeros evangelios, una ruptura liberadora con el pasado, así ésta tenga que incluir los nexos más personales en los ámbitos social, económico y familiar. De hecho, es el mismo Jesús, tal y como consigna el evangelio de Marcos, el primero que hubo de romper las relaciones de parentesco para formar con sus discípulos una familia subrogada y vinculada por la causa del Reino de Dios: “Llegan su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le envían a llamar […] ‘¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan’. Él les responde: ‘¿Quién es mi madre y mis hermanos?’ Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: ‘Éstos son mi madre y mis hermanos…’”. La tradición del evangelio de Juan, por su parte, va más allá cuando propone la relación el Maestro con sus discípulos en términos de una vinculación de intimidad impactante: “Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada…”.

Es claro, entonces, que Jesús no está interesado en establecer entre él y los suyos la relación estereotipada que, para entonces, suele darse entre un escriba estable rodeado de discípulos, sino la relación entre un predicador carismático itinerante y sus seguidores hermanados por una causa común. Vale recordar que por carismático ha de entenderse a quien ejerce una función sin el aval de las instituciones establecidas, esto es, que no depende de la sanción de establishment alguno, sino del consenso de quienes se adhieren a él. Así, lo que acaba siendo decisivo en el seguimiento es la escucha de la voz de Jesús como maestro; y es que el escuchar —prestar atención, atender, aplicar el oído— es lo que, fundamentalmente, define a un discípulo, con el añadido de que los seguidores del Galileo no reciben, a diferencia de los discípulos de los escribas, la doctrina tradicional de la religión oficial, sino una enseñanza inédita.

A mayor abundancia, hay en el pensamiento del profeta Isaías una perspectiva que enriquece y profundiza, en este contexto, el hecho de escuchar: “El señor Yahvé me ha dado lengua de discípulo para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos; el Señor Yahvé me ha abierto el oído…”. Conceptos tales como el despertar el oído, abrir el oído, proponen más que un plus al hecho de escuchar: remiten a un como abrazar por parte de la persona entera una palabra —una sola palabra— que tiene la potencia de crear una estructura interior unificada, a diferencia de la fragmentación que genera la multiplicidad de voces, llevando al ser humano a la unidad interior —tantas veces deseada y buscada—, y que en este caso le permite la posibilidad de ser discípulo; una realidad, por cierto, que en sí misma humaniza en cuanto que devuelve la hombre su verdadera dimensión existencial de ser-en-relación en el horizonte de recibir y crecer, liberándolo del mito del individualismo autosuficiente que, en el fondo, lo deja inerme ante los reclamos globales del consumismo, particularmente en sus variantes económicas y políticas.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

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