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La historia de Lilia y Lourdes

Ricardo Alberto Gutiérrez López (*)

Mi tía Nona, hermana de mi abuela Conchita, tuvo tres hijas. Lilia, quien era la mayor de las tres, nació con cierto retraso.

El esposo de mi tía Nona y padre de las niñas, conducía su hogar con dureza y disciplina a prueba de todo. Una de sus reglas inflexibles era que las niñas no tenían permiso de salir solas de la casa. Aunque la regla se aplicaba a todas ellas, era en especial para la mayor, quizás por su condición de retraso. El jefe de familia castigaba duramente cualquier violación a sus reglas y órdenes.

Pero tal como ocurren las cosas cuando tienen que ocurrir, un día resultó que, a pesar de la cerrada vigilancia, Lilia se las ingenió para escapar de su encierro. Desapareciéndose para su familia un tiempo considerable. Cuando al fin regresó de su escape y después de interrogarla, únicamente consiguieron que ella expresara que ese tiempo fuera de la casa lo ocupó paseando por la ciudad, sin rumbo determinado.

Tres meses después, cuando el evento de su fuga estaba olvidándose, la familia empieza a percatarse de algunas señales que condujeron a la conclusión de que Lilia estaba embarazada. A pesar de los interrogatorios y castigos a los que se le sometió, nunca reveló qué pasó en realidad el tiempo en el que desapareció y mucho menos confesó con quién había sostenido relaciones. Todos entendemos que esa es una situación incómoda y motivo de escándalo para cualquiera, aún en estos tiempos. Con mayor razón en los años en que estos hechos tuvieron lugar.

Al cabo de unos meses, mi tía Lilia dio a luz una niña. La niña, a la que llamaron Lourdes, nació con el cabello rubio y los ojos azules, característica recurrente entre los niños de mi familia. Lilia los tenía verdes.

Desconozco los detalles de la vida e historia de mi prima Lourdes en el lapso durante el cual residió en Mérida. Creo que la creció su abuela y que al cumplir quince años, la enviaron a vivir con la hermana de su madre que vivía en la Ciudad de México con su esposo e hijos. Cuando fui para esa ciudad, conocí su casa. A mi parecer era un triste y oscuro departamento situado en la colonia Narvarte; es en ese lugar donde Lourdes pasa algunos años de su vida.

Tiempo después, Lourdes fue recibida por Eva, hermana de mi abuela Conchita en su casa en la ciudad de Chicago. La tía Eva se mudó a aquella ciudad desde muchos años atrás, cuando conoció a un ciudadano estadounidense de apellido Venegas, con el cual contrajo nupcias desde 1917. Ellos se hicieron cargo de su educación.

Es en aquel país en donde Lourdes conoce a un joven estudiante de medicina originario de Noruega. A la edad de veintidós años, ambos contraen matrimonio. Al poco tiempo se embaraza y da a luz una hija. Pero, para sorpresa de todos, sobretodo de ellos dos, esta niña nace con la piel oscura y portando las características de una persona de raza negra. Los jóvenes padres no acertaban a comprender qué había pasado. Siendo la madre blanca, y habiéndose casado con un hombre también de raza blanca, ¿por qué había nacido la niña tan diferente a ellos?

Dejando de lado las suposiciones obvias que la gente se haría en una situación de este tipo, la familia seguía sin entender qué había sucedido. Como era de esperarse, Lourdes tuvo problemas con su marido. A consecuencia del esperado distanciamiento entre ellos, mi prima Lourdes se vio forzada a pasar una larga temporada en esta su natal Mérida. Durante ese tiempo tuve la oportunidad de convivir ampliamente con ella. Ese acercamiento me permitió enterarme de su propia boca, que la niña no estaba con ella porque se había quedado en los Estados Unidos al cuidado de un familiar. No entró en más detalles. Pero algo importante que me confió es que no entendía por qué la niña había nacido de raza negra.

Tiempo después, la situación pareció mejorar porque el marido de Lourdes terminó aceptando la situación y regresó con ella, mandándola llamar para rehacer su hogar en Chicago. Ella acepta y se reúne de nuevo con su marido y su hija. Unos meses más tarde, mi prima se embarazó de nuevo; pero esta vez dio a luz a un robusto varón que sí presentaba las características físicas comunes en la familia. Lourdes y su marido siguen juntos y viven en EE.UU., al igual que sus dos hijos.

Era 1997 cuando mi tía Lilia falleció. Recuerdo claramente estar sentado en la misa junto a Lourdes y sus dos hijos, guapísimos ambos. No los he vuelto a ver desde entonces. El misterio que rodeó a estos eventos ha permanecido así en la historia de mi familia, y permanecerá como tal… en el fondo de mi corazón.

Nunca supe si fue Lilia o si fue Lourdes quien tuvo relaciones con un hombre de raza negra, desencadenando esta insólita historia.— Mérida, Yucatán

leconser@yahoo.com

Exdiputado y expresidente del Congreso del Estado

 

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