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La ideología contra el pensamiento

El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

Lucas 4, 1-13

La tradición de los evangelios sinópticos es unánime al recordar que, luego de ser bautizado por Juan en el Jordán, Jesús de Nazaret se marcha al desierto para una estancia en la que estuvo involucrado el mismo Dios: “Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto…”. Hay, pues, un cambio de contexto harto sugestivo: del entorno público donde Juan bautiza, el Galileo va al desierto, esto es, a un espacio donde reina el silencio y la soledad, sí, pero que en la tradición de Israel es un lugar privilegiado para el encuentro con Dios, y que no habrá de resultar extraño al Maestro: “De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración”.

Pero el desierto es también el lugar del desafío que, en el caso de Jesús, es un correlato del hecho de haber recibido en su bautismo un estatus de honor dado por el mismo Dios. Y es que, contextuado en el código honor-vergüenza, el bautismo de Jesús puede entenderse como el otorgamiento de parte de Dios al tékton galileo del estatus de honor necesario para llevar adelante la causa del mismo Dios, entendiendo por tal una situación radicalmente nueva en la red de relaciones sociorreligiosas que avala y legitima la pretensión de Jesús de presentarse como el profeta que pronuncia, con autoridad, la palabra definitiva de parte del Yahvé de Israel en relación con la total realidad humana. Ahora bien, dentro de la perspectiva ya mencionada del código honor-vergüenza dominante en el mundo mediterráneo del siglo I, conviene que un estatus de honor recién adquirido venga a ser desafiado para acreditar su solidez. Más aún, en la medida de que alguien sale airoso, una y otra vez, de la dinámica desafío-respuesta, su estatus de honor viene a resultar más válido los ojos del colectivo al que pertenece. Resulta pertinente apuntar que el término griego usado por la redacción sinóptica para decir tentación significa, ni más ni menos y en su mejor traducción, justamente, desafío.

Pues bien, el adversario —Satanás—, el calumniador —diablo— desafía a Jesús de Nazaret poniendo en duda la realidad desvelada en su bautismo: “Si eres Hijo de Dios…”. En cuanto al núcleo del desafío, se trata de una ideologización del perfil mesiánico que, según las expectativas comunes en esa Palestina del primer tercio del siglo I, conviene al heraldo del Reino de Dios. Y es que por ideología hay que entender un conjunto de conceptos tanto éticos como políticos, sociales y económicos y, desde luego, religiosos que, si bien pueden tener un signo positivo en sí, resultan tergiversadas en cuanto están al servicio de los intereses de algún grupo dominante. Así, el poder al servicio de la carencia humana, el control de las estructuras económicas en función de la igualdad, y el reconocimiento y aprobación socialmente consensuadas para proponer una alternativa de vida, acaban siendo reducidas por el adversario a meras propuestas ideológicas de poder, dinero y protagonismo en tanto que le son sugeridas a Jesús totalmente fuera del contexto de la praxis del Reino de Dios.

La respuesta del Maestro al desafío resulta paradigmática en cuanto que opone a la ideología del adversario su propio pensamiento estructurado a partir de la voluntad de Dios expresada en la Escritura. Y es que la idea de Dios como Padre en cuanto Creador desinteresado, tal como viene contenida tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento —pero de manera privilegiada en los Evangelios— es, sin duda, garantía del bienestar que le corresponde al ser humano como imagen y semejanza del mismo Creador. De todo lo anterior se infiere que, mientras la ideología —siempre presente con su innegable poder seductor— es la expresión propia del adversario, el Espíritu —Dios mismo que se muestra en Jesús— habla a partir de la solidez de un pensamiento crítico, articulado con la lucidez que se deriva del Evangelio, y, por consiguiente, capaz de responder a los desafíos a los que el hombre es sometido en todos los tiempos.

Se impone, pues, revisar —Evangelio en mano y críticamente leído— hasta qué punto una ideología religiosa común, superficialmente teñida de cristianismo e impuesta desde arriba, ha venido a ser dominante. De ser así, corresponde a la comunidad universal de los discípulos del Maestro emprender desde abajo la liberación de la ideología para seguir el pensamiento genuino de Jesús en orden a continuar la construcción del Reino de Dios.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

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