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La libertad y el odio

¿Qué sigue tras El Paso?

Antonio Salgado Borge (*)

La matanza ocurrida en días pasados en El Paso es sin duda el asunto del momento en Estados Unidos. No es para menos.

La frecuencia con que ocurren masacres similares en nuestro vecino del norte exige un análisis serio, tanto de las causas directas de este fenómeno como de las condiciones que le han permitido.

En esta ocasión, 22 personas fueron asesinadas por el joven de 21 años que abrió fuego en un centro comercial. El autor del crimen confesó a las autoridades que su objetivo era matar mexicanos (“The Guardian”, 09/08/2019).

Este tipo de tragedias suele recordar lo ridícula que es la actual regulación de las armas en Estados Unidos.

Sin embargo, hay otro asunto, menos discutido y evidente, que sucesos como el de El Paso obligan a poner sobre la mesa: el papel del discurso de odio y la forma en que éste ha permeado en internet supuestamente amparado por el derecho a la libertad de expresión.

Empecemos reconociendo que el asesino de El Paso, al igual que el de Nueva Zelandia, eran asiduos lectores y escritores en un foro de discusión online llamado “8chan”.

Este foro fue creado por Fredrick Brennan, un individuo estadounidense que sentía que en otros espacios de discusión en línea no había la posibilidad de hablar libremente.

Brennan formaba parte de una comunidad conocida como “inceles”: hombres blancos que son vírgenes involuntariamente; es decir que no encuentran pareja sexual o sentimental.

Los “inceles” se caracterizan por su discurso de odio contra las mujeres, y en sus discusiones suelen incluirse comentarios relacionados con agresiones físicas contra mujeres específicas, que pueden incluir violaciones o asesinatos.

Movido por su necesidad de expresarse “libremente”, en 2013 Fredrick Brennan decidió crear un sitio donde cada persona pudiera abrir el foro de discusión que deseara sin restricción alguna.

Sin embargo, en 2015 cedió el control del sitio a Jim Witkins, un veterano de la armada de Estados Unidos. Fue bajo la dirección de Witkins que en “8chan” se intensificó y consolidó la presencia de grupos que giran alrededor del odio —fenómeno que en Estados Unidos y en algunos sitios de Europa suele ir dirigido contra migrantes o personas no blancas— (“The New York Times”, 04/08/2019).

Para efectos de este análisis, lo importante es que mientras que otros sitios más convencionales como Facebook retiran con cierta eficiencia el contenido que incita al odio, la tolerancia de “8chan” al discurso de odio continúa siendo casi total.

En este sitio, los comentarios racistas o sexistas no suelen ser removidos, y los planes de asesinatos o masacres pueden ser aplaudidos, alentados y luego reproducidos.

El asesino de El Paso publicó ahí su manifiesto de odio contra la invasión de migrantes —un texto que hace eco del discurso de Trump y de la extrema derecha—. Los mensajes de estos individuos son intencionalmente colocados en “8chan” para motivar a otros y seguir así avivando el fuego en sus foros.

En el caso de “8chan”, el problema está a la vista de todos. El propio Fredrick Brennan, el fundador original del sitio, asegura ahora que su vida está dedicada a luchar para que éste sea cerrado de una buena vez y por todas.

Notablemente arrepentido de su idea, Brennan dice que no puede tener paz, pues cada vez que una masacre ocurre sabe que “8chan” pudo tener algo que ver en ella.

Aunque es claro que cerrar un sitio no garantiza que no abran otros, Brennan sabe que también es cierto que en este momento “8chan” es, por mucho, el canal principal donde el discurso de odio puede circular (“The New York Times”, 04/08/2019).

Y si así lo quisiera Jim Witkins, actual director del sitio, “8chan” sería cerrado en unos segundos. Sin embargo, Witkins no parece tener problema alguno con que las cosas continúen su actual curso.

“8chan” es el caso perfecto para ilustrar la necesidad de resolver la tensión entre el discurso de odio y la libertad de expresión. En este sentido, hay quienes piden una regulación expresa para que este discurso no pueda tener cabida en internet.

Otras personas abogan por que sean las propias “leyes” del mercado las que terminen por sepultar estos espacios. Por ejemplo, proveedores del hospedaje de “8chan” como Cloudflare y otras compañías de las que el funcionamiento del sitio depende, han roto recientemente con el sitio de Witkins (“The Guardian”, 05/08/2019).

Y es que pocas empresas o personas desean que su nombre sea asociado con la opresión o la discriminación cuando éstas tienen un costo social tan alto.

Lo cierto es que incluso este tipo de respuesta constituye una buena señal, pues apuntan a que hay un costo que pagar si se tolera un discurso que tiene claras repercusiones en las vidas de muchas personas. El problema es que Witkins y sus aliados no necesariamente tienen en mente intereses comerciales, por lo que es previsible que encuentren pronto un sustituto para Cloudflare.

Pero hay quienes piensan que cerrar espacios directa o indirectamente al discurso de odio constituye una forma de censura; una coartación del derecho a la libertad de expresión. Pero se equivocan, pues a ello se podría responder que este tipo de argumento implica una ignorancia radical de la naturaleza de la libertad de expresión.

Tomando las palabras del ministro Arturo Zaldívar, “la libertad de expresión tiene un límite claro en el lenguaje discriminatorio y, fundamentalmente, en el discurso de odio”. Y este discurso incluye la intención explícita de menospreciar a un grupo social por razones de género, etnia, nacionalidad, orientación sexual o religión, entre otras.

Confrontados con este tipo de argumento, quienes promueven el discurso de odio han optado por denunciar que quienes les señalan directamente terminan fomentando el mismo discurso.

Por ejemplo, en Estados Unidos el congresista Joaquín Castro apostó por revelar en Twitter los nombres de donantes de Donald Trump para hacerles corresponsables de las consecuencias del discurso de odio que proviene del presidente estadounidense.

La respuesta de los grupos más conservadores fue asegurar que este precandidato presidencial demócrata estaba fomentando el odio o el acoso contra los donantes de Trump (“The New York Times”, 09/09/2019).

Sin embargo, el argumento de que señalar el discurso de odio es una forma de discurso de odio no se sostiene. Primero, porque tomando la definición mencionada es fácil ver que hay una diferencia enorme entre uno o varios tweets de señalamiento o incluso de reclamación subidos de tono —de esos que abundan y son cotidianos— y el discurso de odio o el acoso relacionado con el mismo.

Mezclar ambos fenómenos, como lo hicieran algunos diputados y diputadas del Congreso de Yucatán, implica ignorancia o, de plano, la intención de confundir al público.

Pero, el argumento de confrontar al discurso de odio equivale a ejemplificar el discurso de odio no se sostiene, sobre todo, porque parte del presupuesto de que denunciar o señalar a los grupos opresores es necesariamente una forma de opresión.

Pero esto es falso, pues, tal como el caso del congresista Castro ilustra, no hay ningún derecho que estas personas estén perdiendo por ser denunciadas. Esto es aún más claro cuando se considera que los efectos materiales del discurso de los Nazis contra los judíos por motivos étnicos son sobradamente conocidos: censurar este discurso no hubiera implicado violar un derecho; permitirlo, claramente sí.

El discurso de odio ha emergido de las cloacas y está ahora al alcance de todas las personas con acceso a internet. En algunos países, como Estados Unidos, este discurso es incluso replicado por los más encumbrados políticos, casi siempre conservadores o republicanos.

La correlación entre los crímenes de odio y el surgimiento de este discurso es impresionante y está perfectamente documentada (“The Washington Post”, 11/05/2018).

Lo ocurrido en El Paso tendría que servir como un recordatorio de que frenar este discurso es una tarea que tendría que ser abordada con seriedad y con urgencia.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (Itesm)

 

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