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Las emociones que dejan vida

Foto: Megamedia

Hablemos de Bioética

Si hay algo que verdaderamente enferma al ser humano son las heridas que no han sido curadas. Por supuesto, me refiero a las heridas emocionales, las heridas que creemos que hemos dejado en el pasado, pero que siguen presentes en nuestros pensamientos y decisiones.

Hay heridas del pasado que no hemos sabido manejar, las cuales se pueden llamar también rencores, resentimientos, envidias, celos, traiciones, infidelidades, etcétera.

¿Cuánto daño hace a una persona una herida del pasado que no ha sido cicatrizada? Es un cáncer emocional que poco a poco acaba con la vida de la persona y se vuelve poco a poco con menos esperanza, más apática, poco sentido a su vida, etcétera.

Hay personas que parecen que ya se acostumbraron a convivir con esas heridas, y aunque les duele cotidianamente, pues ahí las tienen, las soportan porque no saben vivir de otra manera.

Pero ¿es realmente lo que queremos de nuestra vida? ¿No será mejor vivir en plenitud, con una madurez emocional que nos permita desarrollarnos como hombres y mujeres con relaciones auténticas y plenas?

Todas esas emociones como el rencor, la envidia, la avaricia, la arrogancia y el egocentrismo, son basura, son toxinas y nos enferman, nos hacen daño. Pero también es necesario saber distinguirlas, conocerlas y estudiarlas para saber cómo canalizarlas en algo positivo, y si no fuera posible, eliminarlas de nuestra vida.

Elemental

La gracia de Dios es fundamental en esta curación. Abrir el corazón a la presencia del Espíritu Santo que viene y se nos ofrece en los sacramentos, pero también en experiencias comunitarias, ahí en nuestra parroquia y centro pastoral.

Ahora que se retomarán las celebraciones eucarísticas comunitarias y paulatinamente volvamos a las experiencias de encuentros presenciales, estaremos abriéndonos a la gracia de Dios que nos sana y nos invita a salir de nosotros mismos, venciendo todo egoísmo y dejando que Dios actúe en nuestra vida.

Dejemos a un lado las heridas, decidamos de una vez sanarlas, nuestra familia y comunidad esperan mucho de nosotros.— PRESBÍTERO ALEJANDRO ÁLVAREZ GALLEGOS, LICENCIADO EN BIOÉTICA

 

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