in

Lecciones de la turba

Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

¿Cuáles serán las consecuencias políticas de la turba que invadió el Capitolio de los Estados Unidos para interrumpir la certificación de los votos electorales el pasado 6 de enero?

No me refiero a las consecuencias políticas institucionales que la “insurrección” —como le han llamado el presidente electo Joe Biden y Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes— tendrá en la vida política de Estados Unidos, como un nuevo juicio político a Donald Trump, sino a los efectos políticos indirectos, y más a largo plazo, que este acontecimiento puede tener en diversas sociedades, como la nuestra.

Por ejemplo, Emmanuel Macron, presidente de Francia, declaró que, con la turba incitada por Trump, “una idea universal —la de ‘una persona, un voto’— se ve socavada”. Así, algunos analistas, han visto en la insurrección en el Capitolio una señal de peligro para las democracias en todo el mundo, una advertencia que incluso nos puede recordar al ascenso del nacionalsocialismo en Alemania en 1933.

La turba es una culminación, probablemente no la única, de procesos sociales que se hicieron más visibles en 2016 con la votación del Brexit y la elección del propio Trump. 2016 fue, así, un notable botón de muestra del agotamiento de las promesas del mundo de la posguerra fría y de los valores que defendía: el (neo)liberalismo económico, la democracia política, el cosmopolitismo cultural, las tecnologías de información y comunicación que, valga la redundancia, nos informarían y comunicarían de manera inmediata, volviéndonos así ciudadanas y ciudadanos no solo más informados, sino también más conectados entre nosotros.

2016 no puso fin a esos procesos, pero sí hizo evidente el malestar con el liberalismo económico, los acuerdos de libre comercio y las fronteras abiertas.

No sepultó las democracias, pero el gobierno de Trump ha sido un caso ejemplar de lo que Steven Levitsky y Daniel Ziblatt han llamado la muerte de las democracias: no por medio de golpes de Estado —como la insurreción del 6 de enero—, sino debilitando instituciones fundamentales como el poder judicial, la prensa y las normas y costumbres políticas (“Cómo mueren las democracias”).

Frente al cosmopolitismo cultural prometido por el mundo posguerra fría —que nunca fue realidad para todas las personas, sobre todo para inmigrantes pobres—, 2016 hizo más visibles los movimientos conservadores, identitarios, racistas, xenofóbicos, antiinmigrantes.

Y las grandes empresas de tecnologías de información y comunicación se volvieron emblemas de todo lo contrario que prometían. En vez de contribuir a informarnos y comunicarnos, se convirtieron en grandes negocios de datos y publicidad en línea, emisarios de la “posverdad” y de las noticias falsas, arenas de la polarización en la que, en lugar del diálogo y la comunicación, imperan el linchamiento y la cancelación de quien piensa diferente.

Todo esto también nos suena familiar en México. Y por ello es fundamental reparar en dos aspectos que fueron clave —aunque no los únicos— en la turba que irrumpió en el Capitolio: las campañas de desinformación y el sectarismo.

Desinformación

Los manifestantes que arremetieron contra la certificación de los votos electorales eran diversos: seguidores de la teoría de conspiración QAnon, integrantes de la organización supremacista blanca “Proud Boys”, entre otros simpatizantes de Trump. El común denominador era que todas estas personas creían que la elección había sido un fraude.

Esa idea ha sido reiterada por el presidente Trump una y otra vez, y amplificada por algunos medios de comunicación y, sobre todo, en redes sociales y foros en internet.

Las teorías de conspiración y las noticias falsas pueden costar vidas. Nos lo recuerda el saldo de cinco personas muertas por la insurrección en el Capitolio, el genocidio de alrededor de 25 mil musulmanes rohinyá, entre otras tragedias recientes.

Los medios de comunicación, las empresas de redes sociales, los gobiernos, las escuelas y la sociedad en su conjunto deben tomar con toda seriedad la regulación de la circulación de información falsa, en vez de apostar por la censura de quienes piensan diferente. Un problema es que, de acuerdo con algunos estudios, hay crecientes dificultades para distinguir entre información falsa, publicidad e información veraz.

No podemos depender de la buena voluntad de las empresas de redes sociales —Twitter y Facebook apenas bloquearon a Trump; debieron haberlo hecho hace mucho tiempo— y de verificación de datos.

Más bien, debemos formar una ciudadanía crítica capaz de distinguir un hecho de una opinión, cuestionarse sobre las fuentes, contrastar esas fuentes con otras. Esta formación crítica resulta fundamental no solo para cuestiones electorales, sino también para otros temas vitales como las vacunas.

Sectarismo

Otra lección que nos deja la turba es que debemos atender con urgencia el problema del sectarismo. Irónicamente, parece haber consenso en que uno de nuestros grandes problemas políticos es la polarización. Este lamento puede escucharse lo mismo en México que en Estados Unidos o España.

No obstante, me parece que tiene razón la filósofa Sandra Caula cuando argumenta que el problema no es la polarización, sino el fanatismo o el sectarismo. En cierto sentido, la polarización es normal e incluso sana en una sociedad. Distintos sectores, dependiendo de sus historias e intereses, tendrán posiciones diferentes en prácticamente cualquier tema.

Así, por ejemplo, quienes se enriquecen con el negocio de las tierras ejidales se opondrán al reconocimiento de los derechos a las tierras y el territorio, mientras quienes sufren el despojo de sus montes e incluso viviendas, así como las orgsanizaciones de derechos humanos, abogarán por el reconocimiento y efectividad de dichos derechos.

Cosas similares pueden decirse sobre el uso de la tortura por la policía, las condiciones del transporte público y de la movilidad urbana y tantos otros problemas.

El problema no es la polarización en sí misma. Caula recomienda que, en lugar de “optar por una moderación inútil”, debemos —la cito con extensión— “ser curiosos hasta con lo que nos desagrada e intentar ponernos en los zapatos del otro. Tratar de comprender por qué piensa lo que piensa y quiere lo que quiere. Hacerlo con imaginación empatiza y con humor. En especial con humor, para no tomarnos tan en serio nuestras certezas y recordar qué precario es siempre lo humano. Creo que esas son las facultades que más necesita la democracia hoy” (“No le echemos la culpa a la polarización”, “The New York Times”, 9-1-21).

Si la insurrección en el Capitolio es una señal de alerta, atendamos, por lo menos y con urgencia, el desarrollo de una educación crítica en la manera en la que nos informamos y, reconociendo nuestras diferencias, cultivemos la curiosidad, la empatía y el humor para evitar sucumbir en el sectarismo y el fanatismo.— Mérida, Yucatán.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

Investigador del Cephcis-UNAM

Trece suicidios en lo que va del año

Exigen prohibir el ingreso de tomate de Campeche