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Lecuona

En el pasado, los músicos se dirigían a tiendas de música para comprar partituras y en ellas era obligatoria la presencia de un piano. Me cuenta una amiga que un día del año 1912 se acercó a una de esas tiendas que había en La Habana el compositor Ernesto Lecuona y, sentándose al piano, le dijo a su abuelo, empleado: – Don Bernardino, venga a escuchar lo que acabo de componer. Al terminar, el Señor Bernardino Dávila le dice: – Maestro, parece que es una comparsa que viene bajando por ahí, a lo que el maestro respondió: – Así se va a llamar, La Comparsa. Las anécdotas sobre el compositor cubano Ernesto Lecuona Casado son innumerables y se podría escribir horas y horas sobre ellas al igual que sobre su multifacético trabajo.

Ernesto Lecuona Casado nació el 6 de agosto de 1895 en el poblado de Guanabacoa, frente a la ciudad de La Habana. Era hijo del periodista canario Ernesto Lecuona y de la criolla Elisa Casado. A la edad de 5 años, bajo la dirección de su hermana Ernestina, ya tocaba correctamente el piano. Su primera composición a los 11 años fue Cuba América, un two steep, ritmo de moda en ese momento. Pronto pasó a ayudar al sustento de la familia después del fallecimiento de su padre tocando en teatros y cines en aquella época de películas silentes que se hacían acompañar por un pianista. Se gradúa con Medalla de Oro del Conservatorio de Música Hubert de Blank, de quien recibió personalmente clases y pronto partió a los Estados Unidos a completar sus estudios y también a trabajar en distintos teatros y cines. Su formación musical la terminó en París, siendo alumno del compositor del que más adelante sería gran amigo, Maurice Ravel. En una ocasión Ravel le dijo a Lecuona que su Malagueña era más armoniosa que su Bolero.

Lecuona también era un gran concertista. En París tocó en las salas Gaveau y Pleyel, en el Carnegie Hall de Nueva York y en el Hollywood Bowl, el gran anfiteatro de esa ciudad, en presencia del propio Gershwin interpretó la muy conocida Rhapsody in Blue, que le mereció que el autor le dijera que la de Lecuna era una de las mejores interpretaciones de su obra. Fue cofundador de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba y, para su velada inaugural, interpretó el Segundo Concierto para Piano y Orquesta de Saint-Saëns.

Lecuona fue un gran compositor, y no sólo de canciones, de las que compuso unas 400. También compuso 176 piezas para piano, 56 obras para teatro como zarzuelas y revistas musicales, incluso una ópera de la que se han perdido las partituras, 31 obras orquestales, 6 piezas para piano y orquesta, 3 piezas para violín, música para ballet y la banda musical para 11 películas, de las cuales la más famosa fue “You are always in my heart” que, después de ser interpretada en una película de 1942 de la Golden Mayer del mismo nombre, triunfo también en español bajo el nombre de “Estás en mi corazón”. También incursionó en la música sacra con su “Plegaria a la Virgen de la Caridad del Cobre”, la Santa Patrona de Cuba.

Lecuona llevó su música por muchos países, en particular España, Estados Unidos y toda América Latina. Su arte fue no solo bien recibido por el público, sino también por la crítica especializada y los otros artistas. Grandes cantantes interpretaron sus inmortales melodías como “Siboney”, “Para Vigo me voy”, “Noche azul”, Damisela encantadora”. Su canción Siboney no sólo fue dada a conocer al mundo por la excelsa cantante cubana Rita Montaner, sino también por una película norteamericana cantada por la actriz mexicana Lupe Vélez. En Argentina actuó muchas veces y hasta compuso la música para la película “Adiós, Buenos Aires”. Tal fue el éxito de su Damisela Encantadora que en ese país se creó una marca de zapatos de señora, una tienda especializada en ropa de señoras y hasta una marca de muñecas con el nombre del famoso vals cubano.

Lecuona fue para la música cubana lo que Gershwin fue para la norteamericana. Gershwin llevó a la sala de conciertos el jazz y los ritmos afroamericanos, mientras que Lecuona sacó del ostracismo la música de los negros afrocubanos. Sus amigos y aquellos que tuvieron la oportunidad de conocerlo decían que era la persona más simpática, noble, sencilla y humilde del mundo. Consideraba que no tenía enemigos, para él que todos eran sus amigos. En México era particularmente querido. En este país hizo muchos conciertos y era amigo personal de Agustín Lara y de Pedro Vargas, sin contar otros grandes de la canción mexicana. Los fines de semana le gustaba recibir a sus amigos en su finca La Comparsa, donde nunca eran menos de 30 a la mesa y terminaba las tertulias ya comenzada la madrugada en una sana camaradería tocando piano y jugando dominó y cartas.

No solamente fue fundador de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, sino también de la muy famosa Lecuona’s Cuban Boys, con la que llevó su cubanía por los escenarios del mundo. Se puede decir que Lecuona es el más reconocido y más importante compositor de música cubana, fue él quien supo integrar la música criolla, la española y la de los negros africanos en una sola, en un perfecto sincretismo musical.

Pero Lecuona también era un hombre interesado por el bien de su país. En los años 30, durante la dictadura de Gerardo Machado, fue el compositor anónimo del himno del grupo ABC, que luchaba contra este dictador. Después de una gran gira regresó a Cuba en el año 59, pero ya la situación política había cambiado drásticamente para el gusto del maestro. El 6 de enero de 1960 abandonó definitivamente su país rumbo a los Estados Unidos estableciéndose en Tampa, Florida. Tres años más tarde viajó España y decidió visitar Santa Cruz de Tenerife para conocer la aldea donde había nacido su padre. Allí murió a causa de una bronconeumonía el 29 de noviembre de 1963.

 

La posición política de Lecuona respecto al nuevo régimen que imperaba en Cuba era muy clara. En el tercer párrafo de su testamento se puede leer textualmente: “Deseo que mi entierro tenga lugar en Nueva York en el caso de que Fidel Castro o cualquier otro gobernante de Cuba sea comunista o represente alguna fracción, grupo o clase que sea gobernada, dominada o inspirada por doctrinas extrañas provenientes del extranjero. Por otra parte, en el caso de que Cuba sea libre al momento de mi muerte, deseo ser enterrado allí”. El resto de su testamento se lo dedica a 10 parientes y amigos cercanos a los que distribuyó sus diferentes propiedades y derechos de autor, incluyendo sus propiedades inmuebles en Cuba. Cumpliendo con el deseo del maestro Lecuona, sus restos descansan en el cementerio Haven Gate en Hawthorne, Nueva York. El gobierno de Cuba no le perdonó su huida. Al día siguiente de su fallecimiento, en el periódico Revolución, antecedente del Granma actual, le dedicaron 9 líneas, en la página 7, a una columna, para anunciarle su muerte al pueblo que tanto había querido y al que tan bien había representado. Su música estuvo prohibida de difusión durante años. Lecuona haba dejado de existir en su país. Mientras tanto, sus restos descansan en tierra norteamericana.

Franck Fernández,  traductor, intérprete y  filólogo. Correo electrónico: altus@sureste.com

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