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Leer en cuarentena

Guillermo Fournier
Guillermo Fournier

Adquiriendo fortalezas para la vida

Guillermo Fournier Ramos (*)

Uno de los cambios más impresionantes para la humanidad se dio en el siglo XV con la llegada de la imprenta, que más tarde se tradujo en la posibilidad de producción y distribución del libro. Sin duda, el inventor Gutenberg revolucionó el mundo con su ingenio.

Antes de la imprenta, eran muy pocos quienes tenían acceso a los conocimientos científicos o a lo escrito en documentos. Más aun, la proporción de la población que sabía leer era muy reducida: un privilegio solo para las élites.

La actualidad es muy diferente, pues los esfuerzos de alfabetización llevados al cabo a escala global, sobre todo durante el siglo pasado, han rendido frutos, por lo que incluso en las naciones en vías de desarrollo como México la mayor parte de la ciudadanía sabe leer y escribir.

Sin embargo, el gran rezago que se ha observado a lo largo de las últimas décadas radica en lo poco que los mexicanos leemos en comparación con otras nacionalidades, así como de la pobre lectura de comprensión que se presenta en un número significativo de alumnos evaluados en la prueba internacional PISA.

Por tanto, podemos concluir que el hábito de la lectura no es frecuente entre la población mexicana, por lo que desaprovechamos en gran medida el vasto universo de la palabra escrita que está a nuestro alcance. Estoy convencido de que el interés por leer debe despertar en los primeros años de formación en la niñez y la adolescencia, puesto que se trata de una disciplina que requiere de raíces profundas para persistir a lo largo de la vida. No obstante, la afición por la lectura es necesariamente adquirida, por lo que forzar a un menor a leer incluso aquellos contenidos que no llaman su atención, con seguridad será contraproducente.

Las mujeres y hombres que leen por lo regular tienden a ser considerados por los demás como personas más inteligentes, preparadas y capaces. Ello se debe a que el hábito de leer trae consigo numerosas ventajas por considerar. En primera instancia, es inevitable que nuestro vocabulario se amplíe significativamente y mejore la elocuencia con la que expresamos nuestras ideas.

Además, por supuesto, un individuo que lee incrementa de manera importante su bagaje cultural; los horizontes se expanden y el conocimiento se nutre con cada texto consultado. Por si esto no fuera suficiente, con la lectura cotidiana estimulamos el cerebro, lo cual se refleja en una creatividad más aguda y sensible a hallar soluciones innovadoras para dar respuestas a problemas emergentes.

Ciertamente, al ser un hábito, leer exige de una elevada disciplina. Así, del mismo modo que la actividad física es útil para mantenernos sanos y contribuir al cuidado de nuestra salud, el consumo de libros es indispensable para abonar a construir nuevos conocimientos y habilidades. Un consejo práctico es establecer determinados lapsos diarios y espacios concretos para propiciar la lectura habitual.

La riqueza de varios libros es que nos dan la oportunidad de aprender de experiencias ajenas, escenarios documentados y lecciones puntuales. La lectura se asemeja, en este orden de ideas, a una especie de diálogo en el que el autor nos comparte su conocimiento. El lector maduro sabrá absorber esa sabiduría concentrada para usarla en su vida.

El talento es insuficiente cuando no se acompaña de trabajo duro y disciplina. Veamos a la lectura como una herramienta más que nos ayudará a alcanzar el éxito. Leer nos hace más capaces, pero igual, más humanos. La sensibilidad que se desarrolla al entrar en el mundo de las letras, también nos hará ser personas con un sentido ético más consolidado. El mundo actual, sin duda, precisa de individuos con valores auténticos y convicciones firmes. Leer es crecer.— Mérida, Yucatán.

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración Pública

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