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Libros caros, lectores pobres

Ferias de los libros

Mario Lope Herrera (*)

Uno de los grandes logros de las editoriales que sobreviven en el siglo presente son sin duda las ferias de libros. Las hay municipales, estatales, nacionales e internacionales.

El auge de las ferias y el derrotero de editoriales y escritores han dado un respiro al libro y la historia le sigue guardando un lugar mítico, a pesar del resfriado que causa entre las nuevas generaciones.

Nunca el libro tuvo más riesgo de muerte que en estos tiempos líquidos, donde la paciencia por leer uno de 500 páginas se agota ante la insulsez de leer 140 caracteres en Twitter o admirar la vacuidad y el hedonismo en Instagram o el seudoperiodismo en Facebook.

Para muchos el libro es ya un objeto de museo. Se ha dicho que los escritores y sus lectores forman parte ya de una nueva minoría. Ya no se puede hablar de tiempos en los que el libro gozaba de portento como en París a principios del siglo XX o en Argentina en los tiempos del boom literario de los sesenta. Latinoamérica es muy diversa en sus lecturas, pero sobre todo en sus lectores; no abundan como en otros países.

Es muy común ver en los suburbios de Londres, París, Madrid o Milán lectores en el metro, en los trenes, autobuses, cafeterías, bares. Salvo Chile, Argentina y Colombia, México aún se sitúa entre los países con escasa lectura.

Sin embargo, entre los cinco países que más leen no encontramos a ninguno europeo. ¿A qué se debe entonces que conceptualizamos al lector del Viejo Continente como un ejemplo paradigmático de lectura? Tiene que ver con las editoriales. Las que más venden y las que más publican son europeas. Los países que más leen son India, Tailandia, China, Filipinas y Egipto. Los escritores de países asiáticos y africanos buscan editoriales europeas, anhelando dar el salto a una casa que los posicione no sólo comercial, sino literariamente en el mapa mundial.

En México, el problema de la falta de lectura se ha abordado de una pésima manera. Se ha dado un trato al libro y a la lectura como el de un adolescente a las matemáticas. Es decir, se ha dicho que se debe leer cuando menos 20 minutos al día, como el obeso debe caminar 30 minutos también. El colesterol de las redes sociales provocará pronto un paro respiratorio en el torrente de letras impresas que, carente de oxígeno para transportar la imaginación, resistirá al exorcismo de un tuitazo. Bueno, quizás no tan dramáticamente.

En la última FIL en Guadalajara se hizo una encuesta de libros y lectores. Conclusión: los libros son caros y los que más asisten a esta feria de las letras son jóvenes. Los que menos poder adquisitivo tienen. Muchos de ellos, quizás ninis. Más mujeres que hombres. Los organizadores, junto con las editoriales, deben buscar una armonía. Aprovechar estos escaparates no sólo para la mezquindad editorial, sino para facilitar el acceso real a la lectura. Ver a un escritor sin haberle leído y sacarse la foto con él no hace más que prostituir el oficio del escritor. Un negocio de vedetes cuyo placer no importa tanto como la necesidad de vender lo que no se vende en una librería el resto del año. Ese velo de “acercar” la lectura a los jóvenes no cualquier escritor lo desvela. No deben morder la mano que les da de comer.

Pareciera contradictorio que México, siendo un país que produce excelentes escritores en muchas disciplinas literarias, no tenga un público lector abundante. Lo que vemos en las ferias de libros es producto de la mercadotecnia que, al efecto expansivo en las redes sociales, garantiza el éxito de asistencia, más no garantiza el éxito de hacer un país lector. Otro desacierto de las editoriales es la impresión de libros de youtubers. Si tomamos en cuenta el número de visitas que tienen los vídeos de estos personajes, cualquiera podría pensar que las ventas están avaladas. Pero regresamos al tema del poder adquisitivo. Si se estima uno de estos libros, se podrá notar que sus portadas y contenidos son bastante llamativos para el nicho de mercado al que están dirigidos. Es decir, su costo de producción es caro, ergo, su venta también lo será. Pagar hasta tres o cuatro salarios mínimos por un libro en México representa un mercado dirigido a quien gana en promedio más de cinco salarios mínimos al día. En cuanto a la calidad literaria del contenido, resulta inverosímil que las librerías pongan en su top ten de ventas a Yordi Rosado junto a Cien años de soledad.

La literatura podría correr el peligro de ser clasista, como fue señalada en los siglos XIX y XX. Quizá las ferias de libros son ese velo que la protege de ser etiquetada con ese término decimonónico.

Pero si los precios de los libros siguen oscilando hacia un específico mercado, difícilmente vamos a hacer leer a los ciudadanos cuando las bibliotecas están cayendo en desuso.— Mérida, Yucatán.

mjlope77@gmail.com

@lopeherrera77

Licenciado en Ciencias Antropológicas egresado de la Uady y escritor

 

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