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Lo intangible de una amistad inefable

Editorial

En memoria: Carlos R. Menéndez Navarrete

Manuel Gracián (*)

En diciembre de 1975 mi amigo de la infancia José Luis Llovera Baranda (+) y yo fuimos recibidos, en las oficinas del Diario, por don Abel Menéndez Romero y don Carlos R. Menéndez Navarrete.

Me impresionó gratamente la afabilidad y sonrisas de nuestros anfitriones. Días antes había yo recibido la hospitalidad del Diario para mi primer artículo, “El deber de disentir”, en la tercera plana; aún perdura la emoción de ese momento…

En la década 1975-1985 escribí muchos textos para el Diario; siempre fueron bien recibidos. Innumerables visitas: primero conversaba con don Carlos y, después, en la sala de juntas, con don Abel. Recuerdo gratamente el cobijamiento con que era recibido. Y se fue gestando un cariño auténtico de las tres partes.

En cada visita cambiábamos impresiones sobre varios temas, pero el principal era sobre mi persona y la familia. Un día me dijo don Carlos: “Manuel, ya es tiempo que me tutees; no es difícil, sólo inténtalo”. Esa noche me soñé en la oficina del Diario (yo vestía terno blanco de guayabera, con sombrero de hongo, como el que usaba Azorín; silente, frente a Carlos, me quitaba el sombrero… Chapeau!).

Comencé a escribirle cartas a Carlos, contándole mis andanzas como director fundador de la Facultad de Medicina de Campeche y otros temas. En una de mis visitas le pregunté: “¿Por qué nunca respondes mis cartas? Ya las bauticé ‘cartas retóricas’”. Sonrió y me dijo: “No te contesto, pero a cambio publico tus artículos casi al llegar. Claro que los retoco, a veces el epígrafe, cambio el título, suprimo algún párrafo irrelevante, corrijo el sentido de alguna frase, descarto repeticiones… Y me agrada ver que has ido aceptando mis correcciones y mejorando tus escritos”. A partir de ese momento, Carlos fue mi lector virtual cada vez que redactaba yo un texto.

Cierto día expresé: “Carlos, yo te veo como al hermano mayor que nunca tuve y, al mismo tiempo, mi maestro en el arte de escribir y de la vida”. Acompañó su respuesta con la sonrisa habitual: “Manuel, así te veo yo también”. Eran inagotables los temas y los consejos que yo recibía profusamente. “Si tienes algo que decir, escribe”; “sé breve, estilo escueto, sin eufemismos, como tu pariente Gracián” (Carlos era gran conocedor de los clásicos castellanos y de la tradición clásica de Grecia y Roma); “procura que tus párrafos sean cortos y no rebusques tus palabras”; “ten a la mano el diccionario de sinónimos de Corominas o el Casares, aunque el verdadero sinónimo no existe”; “aprovecha el tiempo y, mientras esperas unos minutos, revisa algunas entradas del diccionario de dudas de don Manuel Seco”; “procura leer mucho; no habrá mezcolanza; todo se irá acomodando en tu mente”.

Así fue durante varios años. Todas mis visitas a Carlos coronaban con don Abel, en su salita de juntas, donde preparaba los textos de “La semana hace 50 años”; “es como el oro viejo”, comentaba. Me trataba con cariño; recomendaba escribir con más constancia.

Carlos enfermó de las coronarias. Se sometió a cirugía de revascularización miocárdica, con formidables resultados clínicos. Dios le permitió muchos años de vida. Poco tiempo después comenzó “Primera Columna”, editoriales contundentes, pulcros, intransigentes, siempre en los renglones de la verdad, la bondad y la justicia.

Cierta vez, don Abel me dijo: “¿Ya leíste el editorial de Max Gastón?; es seudónimo de Carlos. Y con sonrisa de felicidad externó: “¡El Diario está vivo!”…

Seguí visitando a Carlos hasta 1985; a don Abel, ya mayor, en su departamento aledaño al hogar de su hija Bertha. Solía llevarle un libro y, cada vez, una redoma de miel de la hacienda de mi padre. Me expresó que había leído con mucho agrado la novela epistolar “Cartas a Nicodemo” de Dobrazaynski. Quedó pendiente en efectuar una visita a Chen-Collí.

En 1985 me ausenté de Campeche. En 1986 don Abel se fue al Cielo. Volví a ver a Carlos 32 años después. El emotivo reencuentro fue en su casa, en presencia de la gran mujer que lo acompañó durante 63 años de matrimonio, doña Berta Eugenia.

Si la amistad es un sentimiento intangible, mi cariño por Carlos es inefable. Recuerdo su consejo sustancial: “Manuel, tienes que ser enterizo, integridad de vida; coherente entre lo que piensas, dices y haces; cumplir tus promesas y propósitos; ser sanamente intransigente. Eso te dará autenticidad y serás libre siempre”…

El día 7 de julio pasado, Carlos Rubén ha sido recibido por nuestro Dios Trino y uno. En la contemplación beatífica, haciendo suyas las palabras de Pablo de Tarso, he imaginado la voz de mi amigo: “Señor, he combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la Fe, me está preparada la corona de la Justicia que me otorgarás”…

Un amigo es un tesoro y donde está tu tesoro, allí está tu corazón. La vida no se agota con la muerte, continúa en torno a Dios…Yo creo en la Comunión de los Santos.— Mérida, Yucatán.

manuel.gracian@icloud.com

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