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Los dos legados de Alfred Nobel: la dinamita y los premios

Por: Franck Fernández*

Todos hemos cometido errores en nuestra vida, todos hemos hecho cosas que luego lamentamos. De alguna forma, unos saben darle solución al mal causado y otros de plano lo ignorarán. Hay quienes hacen buenas acciones que por avatares de la vida se convierten en malas, muy malas. Estoy pensando en particular en un invento que si bien pudo ser utilizado exclusivamente para el bien de la humanidad, otros le dieron malos usos. Hablo de un señor sueco nacido en Estocolmo en 1833 y que inventó la dinamita. Estoy hablando de Alfred Nobel.

La familia Nobel desde antaño se había dedicado a cuestiones científicas y el padre de Alfred fabricaba minas marítimas en su Suecia natal, pero ya desde hacía años Suecia había decidido ser un país pacifista y su producción se vendía mal en ese país, razón por la que decidieron establecerse en San Petersburgo cuando Alfred tenía tan solo siete años. En su juventud tenía mucha inclinación por la literatura, razón por la que el padre lo envió a estudiar ciencias a Estados Unidos, Francia e Italia, con el fin de que se alejara de su vocación poco prometedora.

En Rusia, la familia Nobel se enriqueció y se convirtió en una de las familias más poderosas gracias a la fabricación de armas. La Guerra de Crimea del año 1853 en la que Inglaterra, Francia y Turquía (que en aquel momento se llamaba Imperio Otomano) se enfrentaron al imperio ruso enriqueció aún más a la familia Nobel. Las armas que ellos fabrican eran muy novedosas y avanzadas técnicamente. Con ello contaba el zar para ganar la guerra. Con lo que no contaba el zar era con la gran cantidad de soldados a los que tendría que enfrentar, que fue el principal motivo de derrota de los rusos. El padre de la familia se regresó a Suecia cuando su negocio quebró y sus hijos se quedaron en San Petersburgo realizando inventos para poder volver a sacar a flote las finanzas de la familia.

Alfred había conocido un producto que se llamaba la nitroglicerina que había sido inventado por un italiano. La base de este producto es la glicerina, que comúnmente se utiliza en la fabricación de cremas y jabones. Al unirse con ácido nítrico se obtiene una sustancia extremadamente inestable y, si bien se podía utilizar como explosivo para remover tierra y montañas, su inestabilidad la hacía muy peligrosa.

Ante la peligrosidad de las sustancias y las pocas ventas, Alfred se dedicó a encontrar un estabilizante para hacerla de uso común. A la nitroglicerina le añadió harina, yeso y otros productos, hasta que por casualidad (como ocurren muchas cosas de la vida) se dio cuenta que si se unía tierra de diatomeas a la glicerina se lograba la tan esperada estabilidad del producto. La tierra de diatomeas no es otra cosa que algas de épocas remotas convertidas en una especie de ceniza. Este producto fue patentado bajo el nombre de dinamita por la palabra griega “dinamis” qué significa fuerza.

A partir de ese momento incluso logró presentar el producto en bastoncillos de papel encerado, que es la forma en que se presenta incluso hasta el día de hoy. De inmediato patentó un detonador, siendo éste uno de sus 355 patentes registradas en muchos países del mundo. Desde el principio se supo de la necesidad de transportar la dinamita separada del detonador. Este fue el nacimiento de una gran industria y de un gran imperio. Con esto, Alfred Nobel se convirtió en un hombre inmensamente rico, pero el hecho de que la dinamita se utilizara para fines bélicos era muy penoso para él. Montó fábricas en diferentes países del mundo ante la creciente demanda de la dinamita, tanto para fines bélicos como para civiles. La dinamita fue utilizada para hacer túneles. Los famosos canales de Corinto y de Panamá fueron realizados a golpe de dinamita, pero ni remotamente estos dos ejemplos son los únicos lugares donde se utilizó el invento de Alfred Nobel.

En sus incesantes viajes por sus diferentes fábricas conoció a una dama, Bertha von Suttner. Ellos se conocieron de una forma muy particular. Él necesitaba una mano derecha, una secretaria ejecutiva. Publicó en los periódicos su oferta de empleo en cinco idiomas y Bertha le respondió enviándole una carta de solicitud del empleo también en los mismos cinco idiomas del anuncio. Ella era 10 años menor que él y Alfred, que por su ocupación al trabajo y su timidez no había tenido esposa, pronto se enamoró y se convirtió en su alter ego aunque el corazón de Bertha ya pertenecía a otro hombre con el que ella decidió casarse. Sin embargo, la relación de amistad fue muy importante para Alfred porque Bertha era una apasionada defensora de la paz. Fue ella la que escribió la muy famosa novela “Abajo las armas” de las que ya prácticamente no se habla pero que en su momento tuvo un enorme éxito de ventas llegando incluso más tarde a hacerse una adaptación al cine (a no confundir con la novela homónima de Ernest Hemingway).

En 1888 falleció uno de sus hermanos y la nota necrológica que apareció en la prensa francesa decía “Murió el mercader de la muerte” creyendo que era Alfred el que había fallecido. Esta nota llegó a lo más profundo de su sensibilidad y ahí entendió que su invento, si bien tenía un lado humano y benéfico, era un arma mortal contra el hombre. De forma discreta y anónima participaba en congresos y reuniones pacifistas. Cambió su testamento y pidió que todo su dinero fuera invertido de forma inteligente para que cada año se entregara un premio en metálico a aquellos hombres y mujeres que trabajaran por el bien de la humanidad. La fortuna de Alfred Nobel se podría calcular hoy en unos 150 millones de euros. Le dio la responsabilidad de la entrega de estos premios al ayuntamiento de Estocolmo y al parlamento noruego. Determinó que se debía dar cada año un premio a aquellos que trabajaran a favor de la paz y la diplomacia; un segundo premio a un gran escritor, ya que la literatura había sido vocación juvenil; un tercer premio a los que hubieran realizado un descubrimiento en química; un cuarto a los trabajos de fisiología o medicina y el quinto a un físico. Más adelante, en los años 60, también se agregó el premio Nobel a los que trabajaran por el bien de la economía mundial.

Alfred Nobel falleció en la ciudad de San Remo en Italia en 1895. Al conocer sus familiares el contenido de su testamento de inmediato lo impugnaron, pero lo escrito, escrito está. Después de años de batallas legales en  1901 se entregaron los primeros premios. El premio consiste en una cantidad de dinero que hoy  día es de un millón de euros,  un diploma y  una medalla de oro macizo de 18 quilates con la imagen de Alfred Nobel. Pero lo más importante es el prestigio personal y el inmenso reconocimiento a la labor de estas personas.

En su testamento, Alfred Nobel solicitó que este premio se entregara tanto a hombres como a mujeres y, por sobre todas las cosas, se podían entregar a ciudadanos de cualquier nacionalidad, no tenían que ser forzosamente escandinavos. También se entregan estos premios a organizaciones, como las ONG, pero también a instituciones como la ONU. El solo hecho de ser nominado para el premio Nobel es un gran honor. Muchos han sido los que han ganado el premio Nobel. Diferentes latinoamericanos han ganado este premio, entre ellos dos que por demás son mujeres, pienso en la chilena Gabriela Mistral y en la guatemalteca Roberta Menchú. Evidentemente, el primer premio de la paz de 1901 fue entregado a aquella que le infundió a Alfred Nobel los deseos de acabar con la guerra, Bertha von Suttner.

El premio que entrega la alcaldía de Estocolmo es otorgado personalmente por sus majestades, el rey Carlos XVI Gustavo y su esposa la reina Silvia y el que entrega el parlamento noruego a su vez es otorgado por sus majestades, el rey Olaf V y su esposa la reina Sonja.

Que esta historia nos sirva de ejemplo. Todos podemos de alguna forma remediar, o al menos intentar remediar, las malas acciones que hayamos podido cometer.

*Traductor, intérprete y filólogo,  correo electrónico: altus@sureste.com

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