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Los gastos nuevos y “necesarios”

Editorial

Finanzas con Kookay

Marisol Cen Caamal (*)

Uno de los comentarios más comunes que escuchamos en las generaciones millennial y subsecuentes es: “No sé cómo le hicieron nuestros papás para comprar una casa, mantener una familia numerosa y tener un patrimonio para la jubilación”.

Eran otros tiempos, se suele concluir ¿Pero qué tenían de diferente esos otros tiempos? Si reflexionamos sobre este tema, nos daremos cuenta de que las familias tenían menos gastos.

Para los que tenemos más de 40 años, si le preguntamos a nuestros papás cuáles eran los gastos más fuertes que tenían, nos toparemos con que el mayor de ellos era el pago del crédito por la adquisición de vivienda. Adquirir una buena casa con el sueldo que recibían era posible; incluso, en algunas familias fue posible comprar más de una casa.

Para las nuevas generaciones comprar una vivienda es algo cada vez más difícil, por el incremento que han tenido en los precios, y por los gastos tan altos que tienen en otros rubros, de tal manera que ya no les alcanza para pagar una hipoteca. Como ejemplo, si una familia quisiera adquirir una casa de 2 recámaras en una zona de la periferia de Mérida con un precio de $800,000, tendría que pagar una mensualidad aproximadamente de $8,000 durante 20 años.

El pago de la hipoteca sería solo el principio, la educación es otro de los gastos fuertes de las familias actualmente. El precio de una escuela privada “no muy cara” empieza aproximadamente a partir de los $2,500. Una familia con dos hijos tendría que destinar alrededor de $5,000 al mes o más para educación.

En el caso de los padres de familia de los años 90 hacia atrás, la mayoría enviaba a sus hijos a escuelas públicas en la primaria, secundaria y preparatoria; y el pago de una escuela privada, si es que se daba el caso, empezaba en la universidad.

Esta necesidad de recurrir a la educación privada, en muchos casos se da porque las escuelas públicas no tienen la capacidad suficiente para cubrir la demanda y en otros, porque los padres de familia están dispuestos a pagar una educación privada, que dote a sus hijos de herramientas adicionales como idiomas o habilidades tecnológicas que les den mayores oportunidades en su futuro profesional.

Además de vivienda y educación otros rubros con mayor peso en la economía familiar son la despensa, el vestido y los gastos de entretenimiento. Dejando a un lado los gastos de alimentación que son indispensables, hay gastos que ni siquiera son necesarios y nos los han hecho parecer como imprescindibles. Estos gastos las familias de los 90 y anteriores no los tenían.

La adquisición de las prendas de vestir en esos años se hacía cuando se necesitaba. Las generaciones actuales que viven en el fast fashion, que es moda desechable, invierten cantidades considerables, no por una necesidad real sino porque consideran que es importante seguir las tendencias.

En cuanto a los gastos de entretenimiento, las generaciones más antiguas no pagaban por ver la televisión o por escuchar música, ahora muchos no conciben el entretenimiento sin Netflix, HBO, Spotify, etc. ¡Ah! y ni que decir de los gadgets tecnológicos. Hay que tener un buen celular, que ahora ya no solo es el de papá y mamá sino también el de los hijos, que tienen varios aparatos eléctricos desde muy temprana edad. Si sumamos todos estos gastos, nos daremos cuenta de que tienen un fuerte impacto en la economía familiar.

Y así podríamos continuar. Tomen en cuenta que ni siquiera he tocado el punto de adquirir un coche, los gastos médicos, seguros, etc. Con un sueldo de $20,000 no le alcanzará para cubrir todos estos gastos.

Aunado a lo anterior, tenemos a una generación que se está enfrentando a una gran oferta de créditos sin saber utilizarlos adecuadamente y que recurren a ellos con total facilidad cuando no deberían. No puedo evitar enojarme cada vez que veo a las instituciones financieras ofreciendo créditos para comprar ropa, irse de vacaciones o para gastos de consumo frecuente. Para eso no necesitamos fomentar el uso del crédito, necesitamos ahorrar con anterioridad.

Entonces, tenemos familias que viven con las tarjetas de crédito topadas, tarjetas que les cobran intereses superiores al 60% anual y que aun así, siguen usando irresponsablemente; viviendo con el estrés que generan las deudas y sin tomar las medidas para arreglar su situación financiera.

Cierto, nuestros padres no tuvieron que lidiar con este consumismo exacerbado y tampoco tenían ofertas de créditos tan al alcance de la mano como lo tienen las generaciones actuales.

Tal vez sea el momento de reflexionar sobre nuestros gastos y de identificar lo que es una necesidad creada sobre lo que es una necesidad real. En este contexto tan difícil que nos ha tocado vivir, nos tiene que importar más tener dinero que parecer que lo tenemos.— Mérida, Yucatán.

marisol.cen@kookayfinanzas.com

kookayasesoriafinanciera

Profesora Universidad Anáhuac Mayab, presidenta del Comité Técnico de Responsabilidad Social del IMEF Yucatán

 

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