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Los mercados, corazón vibrante de las ciudades

Editorial

Ver, oír y contar

Olegario M. Moguel Bernal (*)

Ángel Trinidad recuerda algo que cada vez menos meridanos guardan en la memoria: cuando de niño lo llevaban a ese lugar de felicidad que era el “Chetumalito”.

Para quienes no lo recuerden, nos dice, o para aquellos que de plano ignoren qué lugar era ese que tomaba por nombre el diminutivo de la capital del vecino estado, nuestro contador de historias lo describe como un espacio alegre, ruidoso y lleno de vida que estaba donde hoy se encuentra el mercado de San Benito y en el que generaciones atrás estuvo asentada la ciudadela del mismo benedictino nombre.

Ir al “Chetumalito” era una fiesta. Ahí compró la familia de Ángel Trinidad, según nos cuenta, la primera grabadora de casetes cuando esos aparatos electrónicos eran el último grito de la moda. Lámparas, linternas, queso Nórdic, matequilla holandesa, quesitos tip top, jamón enlatado, queso gallo… todo lo adquirían en ese recinto ventilado de techos altísimos y chucherías infinitas.

Luego entraban en el Lucas de Gálvez donde la tía Velia, sin desviar la mirada, se dirigía con prisa a La Vallisoletana para comprar recado negro y rojo, mientras la chiquillada comía melcocha y bebía Soldado de Chocolate en cantidades groseras, al tiempo que escuchaba las magnéticas historias que la tía Moza, maestra de escuela como era, les contaba sobre el adivino de Uxmal y sus sabias argucias.

No era difícil ir al Chetumalito para nuestro personaje; la casa de los tíos estaba en San Cristóbal, el barrio vecino. Así que tiempo después ya no asistía únicamente en compañía de sus tías, sino que se escapaba con la palomilla al mercado para comprar, principalmente, pelotas de hilo a cinco centavos, para jugar béisbol en el enorme patio de casa de sus tíos.

La impresión que despertaba en Ángel Trinidad entrar en el Chetumalito sólo la volvió a experimentar años después al entrar en algún enorme, imponente estadio deportivo; es decir, la emoción de quedarse sin habla ante la magnificencia de un lugar donde solo podría encontrar momentos felices.

Si las calles son las arterias de una ciudad, los mercados son el corazón, el centro vivo, incesante en su latir. Solo descansan en las noches y ni así dejan de tener vida. De su grandeza e importancia para la población da cuenta el hecho de que era edificio preponderante en las plazas de los sitios ceremoniales principales del Mayab prehispánico, y lo siguió siendo en las trazas hispánicas.

Universo de colores

Un mercado es un universo de colores, sabores, olores y emociones. Y Ángel Trinidad lo sabe, quizá por eso es viandante irredento de esos sitios. O quizás lo sea porque en aquellos años mozos quedó prendado de esos núcleos donde todo ocurre. Ni hablar, infancia es destino y ante eso, como en la base por bolas, no hay defensa.

En años recientes Ángel Trinidad supo de un esfuerzo en busca de reposicionar a los mercados como el sitio de compra de mercancías de las amas de casa. Sería maravilloso, pensó, pero estos lugares se han convertido en espacios exclusivos de ciertas zonas específicas. De ser los mercados de toda la ciudad o el barrio, lo son ya solo de las áreas cercanas. Únicamente en fechas específicas, como el Hanal Pixán, vuelven a ser el punto donde confluyen las romerías, cuando todo Yucatán se vuelca a ellos, con o sin coronavirus.

Impelido por la nostalgia de sus años lejanos, Ángel Trinidad nos dice que es frecuente comensal en mercados no solo de Mérida, sino de las ciudades que visita. Cuentan que lo han visto desayunar lo mismo mondongo en el mercado de Chuburná que salbutes de oreja en el García Rejón; tsi’ík de venado en el de Valladolid que pescado frito en el de Chetumal, y lo mismo chiles rellenos en el mercado central de Puebla que barbacoa en el Martínez de la Torre de la Ciudad México o quesadillas de chicharrón prensado en el de Coyoacán. Desayuna lo mismo lechón al horno en el mercado de Sotuta que huevos motuleños en… ¿en dónde más?

La belleza de los mercados, el recuerdo de sus colores, sabores y olores no tiene por qué sucumbir ante el crecimiento de la globalización. Ángel Trinidad considera que la convivencia del modelo de mercados con el de supermercados es sana, lo mismo que la competencia.— Mérida, Yucatán.

olegario.moguel@megamedia.com.mx

@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

 

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