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Los nuevos tiempos en el país

 

Filiberto Pinelo Sansores (*)

¿Quién tendrá la razón, la oposición partidista al presidente López Obrador —en sus variadas formas—, más los integrantes de la comentocracia que la acompañan, opuestos por sistema a todas las medidas que aplica o las grandes mayorías que las aprueban? El bono democrático de AMLO ha aumentado mucho desde que se efectuaron las elecciones del 1 de julio. En éstas, el 53% de los registrados en el padrón electoral votaron por él. Hoy el porcentaje de sus simpatizantes se ha elevado hasta llegar a cotas que ningún presidente alcanzó en el pasado.

La última encuesta publicada, la del periódico “El Financiero”, lo muestra de manera elocuente. El nivel de aprobación al Presidente —dice el resumen— “registra un aumento para ubicarse en 86%, con sólo 13% de desaprobación”. Este es el nivel más alto de apoyo popular que se ha registrado en la serie de encuestas telefónicas del periódico hasta el momento, afirma la nota relativa, “muy probablemente impulsado por el combate al ‘huachicoleo’” (“El Financiero”, 07-02-19). Otras mediciones demoscópicas ratifican lo hallado por los encuestadores de este periódico.

Si les diéramos credibilidad a sus descalificadores, a estas alturas deberíamos estar en una situación de crisis sin precedente. La Bolsa estaría en los suelos, el peso en la lona y una inflación galopante recorrería el país del uno al otro confín. Eso es lo que decían que pasaría con López Obrador en la presidencia, pero fallaron los augurios; por el contrario, el Mercado de Valores se ha mantenido estable, el peso ha mejorado levemente con respecto al dólar y la inflación fue menor en enero que en diciembre, a diferencia de antes cuando todo el mundo se dolía por la cuesta de enero.

El pueblo o la sociedad, como quiera llamársele, percibe en AMLO algo que nunca vio —porque jamás existió— en ninguno de los gobernantes que ha padecido el país en los últimos 78 años: una auténtica preocupación por la situación de la inmensa mayoría de sus habitantes —sobre todo, los más desfavorecidos— y un compromiso verdadero por mejorarla, a la par que una genuina honestidad para llevar al cabo una lucha auténtica contra la corrupción, sobre todo la que invade las esferas del gobierno, y se proyecta a otros ámbitos como aquellos donde están los socios privados de los funcionarios corruptos.

Los programas sociales que ha instituido están blindados no sólo por su carácter universal que impide ser usados con fines electorales —como lo fueron siempre los que de ese tipo instrumentaron sus antecesores—, sino por la forma de entrega de los apoyos, sin intermediarios que puedan ejercer control sobre los beneficiarios. Estos programas fueron siempre mecanismos para controlar a la población beneficiada y para desviar recursos mediante el inflado de los padrones y por las muchas manos por donde el dinero pasaba, tantas que no llegaba a su destino; miles de millones de pesos se fugaban a bolsas privadas o campañas partidarias.

Llegó a su fin también la época en que de nada se informaba, todo se hacía a escondidas. Cuando la sociedad se enteraba de algún atraco por alguna fuga informativa, el golpe estaba dado y no había poder que lo revirtiera. Hasta hoy nos enteramos, por ejemplo, de los contratos leoninos firmados entre la CFE y poderosas empresas, la mayoría extranjeras, que se fueron apoderando del negocio de la electricidad, privatizándola a expensas por supuesto del bolsillo de los consumidores, obvio, con el enriquecimiento ilícito de los funcionarios firmantes de los contratos.

Nos hemos enterado también de los abundantes recursos desperdiciados en el negocio de muchas estancias infantiles subsidiadas por el gobierno que inflaban sus matrículas para recibir más dinero del que deberían; de las dependencias de gobierno con personal excesivo y, por lo tanto, sin materia de trabajo que ahora necesariamente tendrá que ser despedido; de las devoluciones de impuestos a grandes consorcios como los $30 mil millones a exaccionistas de Grupo Modelo que, ya con AMLO en el poder, la Suprema Corte no se atrevió a conceder —votando contra la ponencia de uno de los ministros— y que el presidente ha dicho que su gobierno no hará más.

Es una titánica lucha la que todos los días lleva al cabo el primer mandatario de la nación, algo inédito en la vida del país. A todos los mexicanos consta que trabaja de lunes a domingo, sin días de descanso y que su jornada la inicia casi desde la madrugada. A las seis de la mañana tiene su primera reunión con el gabinete de seguridad y muy entrada la noche está regresando de alguna reunión celebrada con decenas de miles de ciudadanos a los que les informa de alguna acción o programa a llevar al cabo en el país o les pide ayuda para concretar algún plan para beneficiar a una región.

Nada que ver con los frívolos mandatarios que se dedicaban a las reuniones de salón y uno que otro evento con acarreados y guardias del Estado Mayor Presidencial, enmarcados en horarios rígidos de seis horas —había uno que a las dos de la tarde empezaba su ingestión alcohólica y ahí terminaba su jornada y otro que volaba los fines de semana a paraísos naturales a jugar golf en compañía de un selecto séquito de pudientes y políticos de altos vuelos—, lejanos siempre a los intereses del país, como la vida demostró.

Hoy aquello se terminó. La cercanía entre el presidente y el pueblo se constata día a día y se refleja en las mediciones. Y mientras eso suceda, es obvio que el apoyo popular que tiene no sólo no descenderá, sino que se incrementará aún más. Y si no, al tiempo.— Mérida, Yucatán.

fipica@prodigy.net.mx

Maestro en Español. Especialista en política y gestión educativa

 

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