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Los que quedan en pie

Foto: Megamedia

El Macay en la cultura

María Teresa Mézquita Méndez

Con los brazos extendidos y la piel transfigurándose, seis gigantes se suceden en una estática coreografía de transmutación de materiales y colores, de evolución de impronta, de renovación y cambio.

Su autor, Jovian, llamó “Construcción/deconstrucción” a esa instalación escultórica que hoy se encuentra en el Pasaje Revolución, título que interpretamos, al leer las piezas, como esa modificación paulatina del cuerpo de los atlantes, cuya blanca epidermis se torna del blanco al cromado en plata, o viceversa, según la ruta que el transeúnte elija.

Ellos, los seis gigantes de bronce a la cera perdida, son lo que queda en pie, en exposición y a la vista de quien hoy día llegue hasta las puertas del Macay. Si no revisó Google (ya dice, si se busca en línea en Google Maps “cerrado temporalmente” con letras en rojo) o si nadie le advirtió, el turista o despistado lugareño llegará ante la puerta no abierta, todavía preguntando qué pasó.

Ante la suficiente cantidad de publicaciones en éste y otros medios de comunicación, no ahondaremos aquí más en los antecedentes y motivos del cierre simbólico del Macay del miércoles 28 de julio. Consideramos mejor por ello recordar el trabajo realizado en años anteriores y por administraciones precedentes, en la creación y mejoramiento de espacios para la divulgación de las artes.

Hace unas semanas hablábamos en esta misma columna sobre la primera etapa de la apertura del Pasaje Revolución a espacio para la exposición de escultura monumental, en el año 2001. Diez años después de aquel episodio, se llevó al cabo una segunda parte de este proceso, cuyo resultado recuperó el primitivo aspecto techado del pasaje original de tiempos alvaradistas, si bien realizado en el siglo XXI con técnicas constructivas y materiales muy distintos.

Los trabajos de la colocación del techo transparente de material sintético, además de la instalación de un sistema de iluminación y otros detalles comenzaron a fines de junio de 2011 y concluyeron en la segunda mitad del mismo año, una década y seis meses después de la apertura del pasaje en el contexto de su reconversión a espacio escultórico. Se cumplirán exactamente 10 años a fines del presente.

En aquel entonces —recuerdo anecdótico— igualmente trascendió el hallazgo de osamentas humanas, por tratarse de un espacio que en su momento fuera lugar de enterramiento de restos áridos de yucatecos, en las antiguas capillas de San José y del Rosario, edificadas en tiempos coloniales entre el primitivo Palacio Episcopal y la Iglesia Catedral.

Entre los restos extraviados se recordó en aquel entonces que entre pedazos de fémures, cráneos y omóplatos andarían los del general Manuel Cepeda Peraza que desde 1915 no fue posible recuperar. Este descubrimiento de restos humanos retrasó el proceso debido a que fue necesaria la intervención del INAH y su autorización, una vez hechas las necesarias investigaciones en los fragmentos óseos. En ese tiempo se llegó a hablar de un centenar de esqueletos.

Desde 2011 hasta la fecha, el pasaje ha sido escenario de la exposición colectiva de artistas colombianos (en ese mismo año) y de la obra de los escultores Hugo Arquímedes, Leonardo Nierman, Felipe Juárez Silva, Jorge Yázpik, Héctor de Anda, Rosario Guillermo y Alberto Bañuelos, así como espacio para las colectivas Mexiquense, “Argentina en Yucatán” y, en varias ocasiones, de curadurías realizadas a partir de selecciones de piezas del acervo del propio museo.

Emblemático, situado en un lugar inmejorable, el pasaje es el objeto de deseo de escultoras y escultores —y podría serlo de otro tipo de intereses— quienes saben que el tránsito imparable de ciudadanos de toda naturaleza alrededor de su obra procura el diálogo del transeúnte con la creación artística, el habituarse al hecho cotidiano del objeto expresivo, y a su eventual apropiación simbólica y noción de pertenencia.

Hoy día, en agosto de 2021 y bajo la canícula estival, los gigantes de Jovian permanecen mirando al cielo como sobrevivientes visibles de un relato que aún no termina y cuyo desenlace está aún por verse. Una idea esperanzada permanece en el aire: la indisoluble dualidad eterna de arte y resistencia. Siempre habrá tiempo.

 

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