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Los secretos en el interior del corazón

Editorial

Ricardo Alberto Gutiérrez López (*)

Tengo en lo profundo del corazón bellos secretos que no pueden salir a la luz, la luz los destruiría.

Están allí sólo para mí, no pueden ser compartidos; están ahí ayudándome a vivir. Pero, también están ahí terribles secretos que he logrado ocultar a los demás. Sólo yo los conozco.

Secretos que de salir a la luz se distorsionarían perdiendo todo significado.

Paradójicamente, también están ahí para ayudarme a vivir. Ambos secretos son entre Dios y yo.

Albert Camus escribe en “La caída” cómo la vida de un hombre da un giro inesperado al ser atormentado por la culpa. El secreto de una terrible omisión que pesó en su alma hasta destruirlo.

Camus nos narra: Un hombre se encontraba una noche cruzando un puente sobre el río Sena en París y adelante de él muy cerca, una muchachita, casi una niña, se encontraba parada sobre la barandilla del puente. Sus ojos se cruzaron y logró ver en los de ella tristeza y miedo. Enseguida, ve que la chica se lanza del puente y la ve que desaparece en las negras aguas sin hacer nada por impedirlo; no intentó salvarla. A partir de esa noche, ese hombre trabajador, responsable, buen cristiano, se vuelve un borracho. Pierde su trabajo, deja a su familia, vive como un mendigo en las calles de París. Su grito diario era: “niña…niña… ¡Tírate al río de nuevo, déjame salvarte para que nos salvemos juntos!”.

En la conciencia

Todos tenemos un secreto cercano al relatado por Camus. ¿Cuántas veces nos hemos negado a ayudar a un amigo pudiendo hacerlo? ¿aquel dinero que tomamos y que nadie supo quién lo robó? o ¿aquella vez que viendo a una persona herida, gritando por ayuda en aquella noche dejamos abandonada siguiendo indiferentes nuestro camino?, ¿qué hay de aquella niña herida que en un alto se me acercó pidiendo ayuda y que yo, temiendo una trampa, huí?, ¿o aquella muchacha borracha, dormida sola en un cuarto a la que violé? No la conocía…no se dio cuenta… no la volví a ver.

Quizás por catarsis, por sanar o por librarte de la culpa, confiamos tal secreto al psicólogo o al sacerdote. En mucho, al salir así a la luz cambia su significado, deja de ser mío convirtiéndose en nuestro. Deja de influir como antes lo hacía. Ya hay alguien que dice: “sé lo que hiciste el verano pasado”. Así, aparentemente ya pagamos y si lo dejamos, ¿cuál es el precio?

Definitivamente no es la impunidad, es tenerlo desde lo profundo como un recordatorio de lo que somos capaces para no repetirlo.

En lo profundo de nuestro corazón, junto a las cosas terribles, hay cosas sublimes, bellas, completas que iluminan nuestras vidas, que nos ayudan en el camino.

Cosas de las que nadie puede saber, porque perderían su belleza y dejarían de ser lo que son.

Relato

Esta historia puede ayudarnos a entender: En un crucero se conocieron e hicieron compañeros de viaje dos matrimonios y un hombre al que por siempre opinar acerca de todas las cosas, le apodaron “el señor sabelotodo”.

El señor “sabelotodo” estaba siempre en las comidas, en los juegos, en la alberca, etc. Los matrimonios ya estaban hartos del señor sabelotodo; que como su nombre indica, todo lo sabía.

Si hablaban de política o de cine, siempre hacía oír su opinión demostrando que él todo lo sabía.

Lo peor era, para rabia de todos, que nadie lo podía rebatir.

En una ocasión, durante un juego de cartas empieza a vanagloriarse de saber de joyas y dice a uno de los hombres: “…por ejemplo, el anillo que tiene su esposa no debe valer menos de $20,000 dólares”. El marido, con satisfacción le dice: “se equivoca, ese anillo no vale más de $200 dólares”. El señor sabelotodo se ríe, enfureciendo a todos. Enseguida pide a la esposa el anillo para examinarlo más de cerca. Ella se lo entrega, al momento el marido dice: “le apuesto $500 dólares a que ese anillo vale $200”. El señor sabelotodo con seguridad acepta la apuesta, examina la joya, pero al momento de devolvérselo a su dueña, percibe en el rostro de ella una mirada de angustia y miedo que nadie más pareció notar. Acto seguido, nuestro autoproclamado conocedor saca su cartera y paga los $500 al esposo diciendo: “Tiene usted razón, este anillo no vale más de $200”. Se burlaron todos porque al fin se había equivocado. Humillado, se levanta y regresa a su camarote. Una hora después, por debajo de su puerta alguien deja deslizarse un sobre conteniendo $500 y una nota que solamente contenía la palabra: “gracias”.

¿Qué ocurrió? Que el señor sabelotodo tenía razón. El anillo en cuestión efectivamente valía $20,000 dólares. El marido lo ignoraba porque se lo había regalado a su mujer tal vez algún amante. Si el señor sabelotodo hubiera contado esta historia, su acción se hubiera prostituido, perdiendo su significado. En cambio elige la bondad por encima de una verdad; una verdad que no tenía derecho a revelar.

En el caso de la mujer, esta experiencia pudo cambiar su vida, también guardándolo en lo profundo de su corazón y abrazándolo como una oportunidad para cambiar, para rectificar.

Un bello secreto como el narrado en esta historia no puede compartirse, ya que al hacerlo se transformaría en un triste auto halago, una lección de moral dejando de ser un acto de amor.

Todos tenemos secretos terribles y bellos. Secretos que son sólo para nuestros ojos.—Mérida, Yucatán

leconser@yahoo.com

Exdiputado y expresidente del Congreso del Estado

En lo profundo de nuestro corazón, junto a las cosas terribles, hay cosas sublimes, bellas, completas...

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