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Manuel Gracián: Apuntamientos de un diletante

Crítica profana

Don Julio Casares.— fue un gran lexicógrafo español (Granada, 1887 - Madrid, 1964). Hombre de bien y polifacético (violinista, ebanista, lexicógrafo, periodista, crítico literario, enciclopedista, conocedor de una veintena de lenguas europeas). Un buen día eligió las principales figuras de éxito y las desmanteló “pieza por pieza sin ensañamiento pero con precisión de relojero. Los mismos interesados que solían ser impasibles a la crítica, se revolvieron un poco y, después, todo tornó a su puesto y a su marcha isócrona y tranquila”.

Entre sus principales obras publicadas por la colección Austral figuran, “Crítica Profana”, “Crítica Efímera”, “Cosas del lenguaje” y el conocido “Diccionario ideológico de la Lengua Española”, publicado por Gustavo Gili.

Don Julio al definir la crítica literaria dice: “La crítica de un libro es la imagen del mismo a través de un temperamento”. El diccionario de la Real Academia Española (RAE) define la voz “Crítica” como “Examen y juicio acerca de algo y, en particular, el que se expresa públicamente sobre un espectáculo, un libro, una obra de arte, etcétera”. Y, “Profana”: “Que carece de conocimiento y autoridad en una materia”. Si le agregamos “diletante” queda completa mi definición personal: crítica profana de un diletante.

Siguiendo a don Julio, pregunto: “¿Podrán interesar a los profesionales de la pluma o al público las observaciones de un profano?”, y ¿quién me autoriza a meterme en las obras de los demás? Me llega al oído la confidencia de un autor espiritual, ahora santo: “Porque tienes la obligación de meterte en la vida de los otros para servirles”. En última instancia, por sana intransigencia, por el deber de disentir, y ya. “El que quiera picar, que pique” ( expresión de don Julio).

Los críticos contemporáneos.— ¿Cuáles son las condiciones que deben exigirse a un buen crítico? Don Julio nos ilustra: Suponiendo la honradez intelectual del censor: competencia y objetividad. Competencia para “evitar que el autor, el censor y los lectores salgan mal parados”. Y objetividad, para prevenir que el apasionamiento apague la luz.

¿Qué observamos en la mayoría de los censores de los medios de comunicación social? (obviamente los hay muy capacitados, aunque no abundan): legión de corifeos del gobierno, de partidos políticos, comisionados de empresas, de un presidente socarrón y no falta uno que otro trasnochado.

Dependiendo de la rectitud de sus intenciones hay censores muy hábiles para trastocar el sentido de una frase importante. “Sacada de su sitio, pueden verse aplicadas a tan ajenos menesteres que, a saberlo quien las forjó, tal vez las hubiera dejado inéditas”.

Suele haber censores que sin ningún reparo desquician los vocablos, truecan el régimen, emplean solecismos grotescos, imágenes ridículas o comentarios jocosos (en que inadvertidamente todos incurrimos). Los hay vagos y cautelosos; esgrimen una serie de frases que aplican a todo lo que critican: «lirismos floreados, vacías sonoridades verbales, fosforescencias subjetivas”— diría don Julio Casares. Con inusitada frecuencia el común denominador de los censores está representado por ignorar lo bueno que contiene cada obra; en cambio, la desaprueban en nombre de lo que no tiene o de lo que pudo haber tenido. Incluso se llega a falsear la personalidad de un autor por medio de citas truncadas. Los hay quienes en su confusionismo prefieren un quintal de carbón a un puñado de diamantes. La susurración, murmuración, trapisonda, enredo, chismorreo, cabildeo, insidia, calumnia, vileza, no es crítica, si acaso, faena de comadres… Legión de censores--como nuestro presidente de la república--adolecen de voluntarismo: Negación de someterse a la realidad porque no se ajusta a la propia visión de las cosas; y, substituirla por otra distinta concebida por ellos mismos. La crítica, la verdadera crítica…es la verdad sin garabato.

Crítica vieja.— “Sí, crítica meramente literaria, sin pretensiones trascendentales; crítica que no descubre al hombre tras el libro, que no explica el estilo por la influencia del suelo o de la alimentación, que no se arriesga a re-crear ni a re-pensar la obra de arte por miedo a adulterarla con lo que, bueno o malo, nunca estuvo en la mente del autor; crítica que desconfía de la impresión, de la paradoja, y del darwinismo de los géneros; crítica llena de prejuicios, que distingue la prosa del verso y la novela del drama, que no desdeña la forma, que exige corrección al escritor y considera el plagio deshonroso; crítica sin compañerismo y sin secta; crítica, en fin, que no rehuye hipócritamente el juicio y que, contando siempre con el inevitable coeficiente de error, califica y valora, censura y aplaude, fiada de su criterio y de su conciencia” (Casares, J. Crítica Efímera. Madrid: Austral, 1962).

En la crítica vieja, efímera o perdurable, se pone el mayor grado de independencia y sinceridad; se esfuerza en penetrar el espíritu de los autores; valora los aciertos; razona las censuras, pesa y aquilata hasta el escrúpulo de los adjetivos. Pero, también, no deja de ser “una constante siembra de resquemores que, solo halla desahogo en la calumnia anónima o en la insidia a manos de tercero”. A la crítica vieja no la empaña la adulación ni la deforma la envidia; no es fetichista ni iconoclasta. No es dogmática aunque, de cuando en cuando, parezca dogmática a quienes se ven reflejados en ella.— Mérida, Yucatán.

mgracianb@gmail.com

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