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Nada es para siempre

Cosas que pasan

Manuel Antonio Alcocer Hernández (*)

La vida nos da lecciones de las que no hacemos caso porque creemos saberlo todo y porque pensamos que vamos a ser eternos. Muchas veces recibimos noticias que nos hacen pensar e iniciar una reflexión que rápidamente olvidamos porque en nuestros planes no está que esos sucesos pueden formar parte de nuestro caminar en algún momento. La interpretación que le damos a esos acontecimientos es ligera, sin detenernos a meditar que el plan de nuestra existencia está en manos de Dios. Y esas cosas se dan comúnmente en todas las actividades sin excluir la política.

Ahora que ya están nominados casi todos los candidatos de los diferentes partidos que estarán en las boletas de elección en la justa del primer domingo de julio próximo vemos y escuchamos en algunos casos la forma en que se comportan muchos de ellos, sobre todo quienes están propuestos para ser presidentes municipales. Hay algo que les hace pensar que son invencibles y que irremediablemente serán alcaldes de su comunidad. Adquieren un tono de voz y una manera de referirse a quienes colaboran con ellos, como si su palabra fuera la verdad absoluta, a diferencia de otros pocos que aceptan sugerencias y están dispuestos a escuchar opiniones e ideas que ponen en práctica por modestia en su carácter o por temor a meter la pata. Pero son unos cuantos los que están en esa disposición.

La gran mayoría pierde el piso y adopta una conducta distinta a su manera de ser antes de que se convirtieran en candidatos. No aceptan sus errores porque están en el nivel de creencia que no se equivocan en lo que piensan y hacen. Se sienten dueños de la verdad absoluta y sus acciones están fuera de discusión. Aquí cabe el dicho “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Pero no. Ese tipo de candidatos piensan que no hay quien les gane la elección, aunque es justo mencionar que algunos ven posibilidades que su comportamiento los hace más accesibles.

Y cuando llegan al poder, ¡¡¡Dios mío!!!, nadie puede opinar diferente a lo que disponen porque se pone en el camino de caerle mal o de volverse su enemigo por el simple hecho de pensar diferente. Y si hablamos de candidatos a legisladores locales hay que decir que muchos de los escogidos no tienen la mínima idea de lo que es legislar y fueron postulados por recomendaciones o intereses lejanos a la política o por compromisos adquiridos con gallones que perseguían algún puesto de alto nivel y fracasaron en su intento. Entonces, para alinearse a la unidad de su partido condicionan su actitud pidiendo que fulano sea candidato a alcalde, otro a diputado y así se despachan con la cuchara grande con tres o cuatro puestos que favorezcan a amigos cercanos y sean agradecidos con el funcionario que los impulsó.

Yo no me explicó por qué hay candidatos que han ocupado el mismo puesto en dos o tres ocasiones anteriores. ¿Será que en esas comunidades no hay personas con preparación y ganas de servir a su pueblo desde la presidencia municipal o el pueblo no quiere a otro que no sea el mismo que ha gobernado con anterioridad? Aunque sean las disposiciones permitidas legalmente por los organismos electorales, a mí me parece una falta de respeto a la democracia. Permitiendo sin aceptar, como dicen los leguleyos, que la política es una carrera, no entiendo cómo hay políticos trapecistas que se pasan de un puesto a otro: de diputado federal a senador, de senador otra vez a dipu- tado federal, luego para no salirse del circo aceptan ser candidatos a diputados locales con la condición de que en las siguientes elecciones sean de nuevo diputados federales. A esos se les conoce como dinosaurios de la política.

Y eso sucede en todos los partidos. El Diario dio cuenta hace unos días de una hija de Rosa Adriana Díaz Lizama que ingresa a la política, desde luego bajo la sombra de su mamá y posiblemente quitándole la oportunidad a otra persona. Y ni se diga de toda la parentela del candidato del PRI a gobernador que ocupan puestos distintos en la administración pública.

Un miembro muy querido de la familia, por cierto ya fallecido, pidió hablar conmigo antes de tomar posesión como alcalde de esta ciudad. El mensaje que recibí fue muy claro y contundente: “Antes de ser, hay que aprender a dejar de ser”. Se los paso con mucho gusto a todos quienes serán para que sepan que algún día dejarán de ser. No hay que esperar que tus colaboradores te saluden cuando esté cerca el final de tu período con un “menos días” en lugar de buenos días. Lo dicho. Nada es para siempre.— Tizimín, Yucatán.

manuelantonio1109@hotmail.com

Cronista y exalcalde de Tizimín

 

 

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