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No hay fecha que no se cumpla

El camino que va de regreso

Alberto López Vadillo (*)

“No hay fecha que no se cumpla ni plazo que no se venza”. Esta frase me la dije muchas veces a lo largo de los años en los que viví en este centro penitenciario, me la repetía como un mantra personal una y otra vez. Lo hacía en los momentos tristes, cuando el arrepentimiento, la impotencia y el desánimo me invadían pensando que la vida se me iba irremediablemente, desperdiciando mis mejores años.

Poco a poco fui encontrando las respuestas a la pregunta que amigos y familiares me recomendaban hacerme, ¿para qué estás aquí?

Al principio pensaba que era sólo para pagar un lamentable y grave error cometido; después fui encontrando pequeñas cosas con las que podría colaborar y mejorar mi entorno y el de las personas a mi alrededor.

Debo reconocer el invaluable apoyo del profesor Francisco Brito Herrera, director de este centro penitenciario, quien con paciencia paternal y objetividad profesional fue guiando mis esfuerzos para alcanzar todas las metas que nos fuimos proponiendo.

Quince años es tiempo suficiente para arraigarte a un lugar, de alguna manera hacerlo tuyo y, ¿por qué no?, tomarle afecto. Desde hace algunas semanas he cerrado paulatinamente las actividades que desempeñaba en este centro penitenciario. Abrigo la esperanza de encontrar formas creativas e innovadoras de continuarlas a través de la asociación civil que se formó, además de poderlas replicar en otros centros penitenciarios.

Los resultados obtenidos han sido gratificantes porque he visto resultados concretos en la reinserción social a través de este modelo de trabajo en el que la participación y el apoyo de la sociedad civil han sido sorprendentes cuando se le ha pedido a través de estas colaboraciones editoriales.

En lo personal, también estoy “heredando en vida” el patrimonio conseguido a lo largo de este tiempo, cosas como un cortauñas, un reloj despertador o una cuchara de metal son muy apreciadas. Por supuesto que tienen prioridad los que aún les falta recorrer un largo trecho de este camino que a ratos se vuelve vereda. Hay mucho por hacer aún.

Miro la celda que fui convirtiendo en mi hogar ya con pocas cosas. He dejado al último mis recuerdos más preciados, los que se fueron acumulando a través de los años, guardados en una caja de zapatos. En un impulso inconsciente antes de abrir la caja fui a lavarme las manos, regresé y con mucho cuidado saqué uno a uno esos pedacitos de amor de las personas más queridas que me ayudaron a mantener la esperanza y la fe.

Estimados lectores, por ser esta la última colaboración que escribiré en esta etapa de mi vida y en un reconocimiento a su lealtad de todos estos años les compartiré, si me permiten, lo que encontré.

Lo primero que vi era una hoja blanca en la que estaba dibujada con “palitos” un papá abrazando a una niña con colitas, entre los dos un corazón y la frase “Papi quiere a Sofí”, escrita con las letras de una niña de cinco años. No evité el recuerdo de todas las veces que llamé esperando que me contestara el teléfono, aunque colgara rápido porque no debía hablar con ella. Cuando a veces contestaba y escuchaba el tono de su voz, sabía entonces cuánto iba creciendo mi niña.

Después saqué un dinosaurio que con plumón tenía escrito en su cola la palabra “Beto”. Ese era su preferido y me lo envió con la instrucción de que lo vendiera para pagar una fianza y salir rápido para estar con ellos. Algunas noches reflexionaba con el dinosaurio en las manos acerca del hombre en el que se convirtió este generoso explorador del mundo, amante del color rojo y ávido lector de todo lo que tuviera que ver con la naturaleza.

Envuelto en una servilleta ahora le tocó el turno a un chupón amarillo con un adorno de flor blanca. Una pequeña Vero, que apenas cumplía un año, me lo regaló con la promesa de que dejaría de usar chupones porque ya era una niña grande. Durante estos años me llegaron noticias de queridos amigos que confirmaron que ella creció y maduró muy rápido.

Seguí hurgando en la caja y en el fondo estaba el suéter de doña Teresita. Lo olvidó en la última visita que me hizo. Como algo que ella presentía que pasaría, ese día cuando nos despedimos me dio un largo abrazo y me pidió que no me rindiera y que, sin importar nada, ella prometía estar conmigo siempre. Unos días después entró al hospital en donde perdió una heroica batalla contra el cáncer.

Abracé el suéter una vez más, aún conserva su olor característico. El olor a mamá, ese que me dio tanta paz en los momentos difíciles. A veces he sentido tanto su presencia, que incluso me parece escuchar su voz y con ella saber que cumple su promesa.

Guardé todo otra vez con mucho cuidado y cerré la caja, y con ello una dura época de mi vida. Me quedo con experiencias de mucho aprendizaje. Refrendé amigos, perdí algunos y conocí gente extraordinaria que en este camino que va de regreso se han vuelto familia por elección.

Con esta constancia que solo el tiempo tiene, el próximo viernes 15 de marzo se cumple la pena impuesta por los jueces. No obtuve los beneficios de libertad anticipada así que, como decimos en este sitio, cumplí mi sentencia “de punta a cola”. Salgo con la dignidad de haber pagado mi culpa y con la firme intención de trabajar con todos los dones y talentos que el Señor me regaló para poner mi granito de arena y hacer de esta sociedad un mejor lugar para vivir.

Queridos lectores, nos vemos, si así lo desean, el próximo sábado 23 de marzo en el Centro de Convenciones Siglo XXI en la Feria internacional de la lectura Yucatán (Filey) para la presentación de mi trabajo literario. Me daría mucho gusto darles un fuerte abrazo y recibir el suyo. Que así sea.— Mérida, Yucatán.

alberto.lopez.v@hotmail.com

Psicólogo. Interno del Cereso de Mérida

 

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