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Nuevo misionero, seducido por un Dios Misericordioso y fiel

feminicida de tahdziú

Josué Suaste Vargas (*)

Al Pueblo de Dios que peregrina en la Arquidiócesis de Yucatán Les escribo con cariño y afecto a todos y todas ustedes, en especial a los jóvenes que, como no hace mucho tiempo estuve yo, andan inquietos buscando lo que Dios quiere de su vida.

Llevo poco más de quince años que salí de Mérida buscando a Dios, hasta que, gracias a la mediación de los Misioneros del Espíritu Santo, descubrí que Él me había encontrado primero.

Comparto mi testimonio vocacional, que de antemano sé es complicado redactar. Hablar de mi vocación es hablar de la experiencia de Dios. Es una cosa muy difícil de explicar y al mismo tiempo muy sencilla, porque se da en la cotidianidad de una historia rota y limitada, como la de cada uno de nosotros.

Ya lo he escrito: “Yo entré buscando a Dios” como cualquier joven de 17 años, lleno de miedos, dudas, evasiones, soledades, sueños, tristezas y alegría; pero también lleno de fe y con la certeza de que alguien ya había sembrado en mí el amor a Dios y a su Reino.

Mi vocación no es algo que “empezó a brillar”; pero un día la vi brillar. No hubo horas santas milagrosas, ni sueños extraños; tampoco revelaciones paranormales. Lo que tenía era amor y necesidad de ser amado; el deseo de hacer algo por el mundo y confortar en sus sufrimientos a mis hermanos, especialmente los más pobres.

Agradezco a Didaje, un grupo de jóvenes que los Misioneros tenían en la iglesia de Monjas de Mérida, pues en este grupo mi corazón se hizo solidario participando en las misiones al sur del Estado, el catecismo en los orfanatos, la atención en un comedor de ancianos al sur de la ciudad y el acompañamiento espiritual de los monaguillos. Fueron experiencias de vida cristiana que enternecieron mi corazón y gestaron en mí el deseo de consagrarme a Dios y a su Iglesia. De donar mi vida completa para ser presencia sacerdotal que refleje la ternura de Dios. Una gracia que dentro de pocas horas recibiré por la misericordia de nuestro buen Padre Dios.

También facilitó que la voz del Señor y el clamor de su Pueblo se escucharan: los retiros, las visitas al Santísimo expuesto en Monjas, las vigilias de oración en Pentecostés, las misas juveniles y la intercesión de las hermanas de la Alianza de Amor y el Apostolado de la Cruz que siempre han orado por mí.

Por último, mi vocación se la debo a personas concretas; rostros llenos de ternura que me hicieron ver la presencia amorosa de Dios en mi vida. Entre ellos, los padres Pablo Zavalveytia, Rodolfo García y Miguel Alfaro, misioneros del Espíritu Santo. Sin ellos, quizá hubiera sentido el llamado, pero no la experiencia de que esa voz del Señor se vive, se disfruta y se apasiona siendo misionero del Espíritu Santo.

También agradezco la confianza de mi madre, de mi familia y de muchas personas que, a pesar de los años y las circunstancias, siguen firmes en creer que “el Señor es bueno y su amor es eterno y que su fidelidad permanece de generación en generación” (Salmo 100, 5).

Diácono que pasado mañana se ordenará misionero del Espíritu Santo.

 

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