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Olegario M. Moguel Bernal: Reflexiones y un mero para el tikinxic

Ver, oír y contar

Un alud de preguntas se precipitó a su mente. Oportunistas, aprovecharon la escandalosa quietud para brincar como peces voladores en el mar de su cabeza, turix-cayes en frenesí.

Todas las inquietudes tenían relación con el juego político que se libra sobre el tablero de 2020. Empero, fueron eclipsadas con rapidez por una más vigorosa, que se quedó ahí, columpiándose entre ceja, oreja y sien: ¿Qué sucederá con el paso deprimido?

Las reflexiones anidaban en Ángel Trinidad mientras un brochazo ocre en el horizonte anunciaba el orto próximo. En cosa de una hora Kin daría los buenos días.

Iba de pesca. Increíble que fuera su primera salida del año, ¡en el tardío julio!, durante la pequeña ventana que se abrió en la Ola 1 de la contingencia. La aprovecharía al máximo, qué caray. Podría ser la primera y la última de este socarrón 2020.

En un par de días el gobernador haría un anuncio y se vaticinaba funesto para la economía y muchos segmentos, incluida la pesca recreativa (los hechos lo confirmarían).

Aprovecharía también para, sin anzuelo y a pura vista, “pescar” la silueta del cometa Neowise. “Si lo vieron en Cancún, ¿por qué no aquí, en Chuburná?”, pensaba al son del ronroneo del motor fuera de borda.

—Pedro —sugirió al pescador—, ¿si nos vamos a doce brazas?

Y Pedro, a quien pretextos le faltan para probar su motor, metió segunda y se lanzaron mar adentro.

Si se mide en tiempo, avanzaron dos horas; si en experiencia vivida, fue un lapso ideal para contemplar el ascenso lento del amanecer y atisbar en busca del cometa, del que —nunca mejor dicho— ni sus luces vieron.

Fueron largos minutos en los que Ángel Trinidad pudo xochear el horizonte y hacerse preguntas a que obliga el juego electoral.

Pedro soltó el acelerador, el motor agradeció el descanso y la lancha se convirtió en una cuna mecida al vaivén del dócil oleaje. “When I was a little bitty baby, my mama would rock me in the cradle…”, tarareó al grupo Creedence.

Todo estaba preparado: carnada lista, anzuelos en el fondo y expectación por atrapar buenos bichos. Fue entonces cuando su compañero de pesca, cuyos algoritmos cerebrales parecieron leerle el pensamiento, abrió la conversación.

—¡Oye, gallo! —disparó a través del cubrebocas— ¿y qué van a hacer con el paso deprimido?

Viejo lobo de mar, experto conocedor de botanas de cantina y cocinero avezado de mojarra y otros productos del mar, es uno de sus tantos amigos que, al saber que trabaja en el Diario, creen que nuestro personaje lo sabe todo. Éste, asombrado por la clarividencia de su colega, tomó vuelo y, tapabocas de por medio, dijo así:

—Pues dicen que no vale la pena meterle dinero bueno al malo…

—¿Será que así lo dejen?

—Tienen una decisión muy difícil en sus manos. Lo que decidan va a dejar satisfechos a pocos e inconformes a muchos…

—¿Tienen? Querrás decir Renán, porque, aunque la avale el Cabildo, él es el que…

“¡Aguanta, aguanta! ¡Éste jala como mero..!”, gritó… “Ahí viene, ahí viene… Naaada. Chen Chac chi”.

“Nohoch Chac chi, querrás decir. Mira de qué tamaño, más que sartenero. Éstos no los ves a ocho brazas”.

—Pues sí. El bueno o el malo de la película será Renán.

—Y como quiere repetir, esto le ayuda o le perjudica. Yo creo que le va a…

—Depende cómo juegue sus cartas. Ya ves lo que pasó con las luminarias.

—Es correcto.

—Mira, si deciden arreglarlo, ¿con qué ojos? Dicen que necesitan diez millones.

—¡Diez millones! Es mucho.

—Eso le dijeron al Congreso…

—Mmm... Además, hay otras prioridades: baches, iluminación, mercados…

—Si lo dejan así, será un monumento al estorbo.

—Megamonumento. Peor aún, es un criadero de moscos. Además, tardas horas en pasar por ahí. Imagínate a los vecinos o a los que tienen que pasar en coche todos los días. Si cuando servía era un embudo, ahora quedó hiich.

—Al menos no hay tanto coche en la calle.

—Espérate que pase la contingencia… Mejor que lo tapen.

—Suena descabellado pero no eres el primero que lo propone. Eso también costaría una lan...

“¡Ahora sí picó el mero!... ¡Miraloooo, dos kilos, mínimo!”

“¡Buen mero! Ya salió para el tikinxic”.

“¡A huech! Lo voy a hacer el próximo domingo”.

“¡Qué rico!”

—Oye, Pedro, ¿seguro que estamos a doce brazas? Tarda mucho en subir el anzuelo”.

—¿Doce? Estamos a diecisiete.

—¡¿Cómo va a ser?! Ni cuenta nos dimos. Por eso salen estos bichotes.

Varias horas y muchos bichos después, ceviche fresco y lúpulo amargo de por medio, llegó la hora de volver. Dos horas a tierra, dos horas más de reflexiones rondando la cabeza de Ángel Trinidad.

“El paso deprimido. ¿Una herencia maldita o valioso instrumento político?”, se preguntó. “¿Por qué no ambos?”— Mérida, Yucatán.

olegario.moguel@megamedia.com.mx

@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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