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Para algunos personajes, el capital no tiene patria

Filiberto Pinelo Sansores
Editorial de Filiberto Pinelo Sansores

Filiberto Pinelo Sansores (*)

Un reporte reciente de la Reserva Federal de los Estados Unidos (FED) dio a conocer que durante los dos años que lleva la administración de López Obrador, ciudadanos y empresarios mexicanos han transferido 21 mil 88 millones de dólares a cuentas bancarias en aquel país.

El éxodo no comenzó con la llegada de AMLO al poder. Se inició mucho antes. El 30 de noviembre de 2018, estas personas habían sacado ya de México, rumbo al norte, 72 mil 530 millones de dólares. Esto muestra que el flujo de recursos que, en lugar de invertirse en el país, se exporta, no obedece a causa política alguna sino a razones de otra índole, entre las cuales está la especulación, el lavado de dinero y la falta de solidaridad de unos cuantos con su propio país.

Datos de la misma fuente indican que los exportadores mexicanos de dinero son, de toda Latinoamérica, quienes más dinero envían a los bancos estadounidenses. Superan con creces a los de Brasil, que ocupan el segundo sitio en este deporte, no obstante ser su economía 50 por ciento más grande que la nuestra. Los depósitos brasileños apenas son la tercera parte de los mexicanos. Para saber qué tan grande es la cantidad de recursos que estos connacionales envían fuera sólo es preciso decir que los últimos 21 mil 88 millones de dólares que sacaron equivalen a 84 por ciento de la deuda externa del país, más de la mitad de las remesas que enviaron a México los migrantes durante 2020 y más del total del valor de las exportaciones agropecuarias y petroleras mexicanas en el último año (La Jornada, 13-02-21).

El drenaje de dinero enviado a Estados Unidos desde México, que llega ya a 93 mil 530 millones de dólares, se da en un contexto en que uno de los dos países, el que exporta, tiene a la mitad de su población, 60 millones de personas viviendo en condiciones por debajo de la línea de la pobreza —número que podría aumentar en 10 millones más, como dice la Coneval, a consecuencia de la pandemia— y en el que hace falta mucha inversión destinada a crear fuentes de empleos bien remunerados para revertir la situación en el menor tiempo posible y en el que, además, los dueños del capital y sus voceros, a cada rato, exigen que el Estado no invierta en obras de infraestructura como las que ahora hace para crear empleos en buena cantidad.

Acusan al gobierno de estatista pero los dueños del dinero exportan su dinero en vez de invertirlo.

El hecho pone de manifiesto que de nada sirvieron las aberrantes concesiones a los dueños de la riqueza hechas por los sucesivos gobiernos que los alcahuetearon, para evitar la sangría de recursos hacia los bancos norteamericanos, o los paraísos fiscales a donde, también, paran.

Por más que les generaron condiciones para tener tasas altísimas de ganancias, como las del outsourcing, no pagar impuestos o devolvérselos, mantener salarios depauperados, o entregarles partes sustantivas de la riqueza nacional como el petróleo o la electricidad, de todos modos siguieron sacando sus capitales del país en lugar de reinvertirlos, demostrando que, para ellos, el capital no tiene patria.

Es tal la voracidad de cierto número de grandes empresarios que prefieren especular con sus capitales en lugar de invertirlos para darles la función social que muchas veces, teóricamente, ellos mismo les atribuyen. Si el país no ha adquirido los grados de desarrollo que corresponden a las abundantes riquezas naturales que tiene y a la capacidad de su fuerza de trabajo es porque tanto quienes lo gobernaron como buena parte de su clase empresarial se dedicaron a saquearlo, en vez de contribuir, con los demás sectores sociales —incluso empresarios con dimensión social, que también los hay— a ponerlo en la ruta que lo conduzca a estadios superiores de la vida en todos sentidos.

Son dos las vertientes por las que se fugan abundantes recursos al extranjero: 1) la de los grandes empresarios no solidarios con su país y 2) la de los políticos del antiguo régimen formados en el espíritu del patrimonialismo, que consiste en considerar lo ajeno como propio apenas se ocupa un puesto. Un ejemplo es la reciente confiscación de 2 mil millones de euros (48 mil millones de pesos) depositados en un banco de Andorra, por la justicia de este país, a 23 inversionistas mexicanos asociados con el abogado, hoy en la cárcel, Juan Collado por considerar este dinero de origen delictivo.

Antes, había habido otro caso en el mismo país que fue archivado gracias a los buenos oficios del gobierno de Peña. En el colmo de la protección a delincuentes de cuello blanco, la PGR envió a Alberto Alcántara Martínez, excoordinador general de investigación de la misma, tres veces a Andorra a pedir al fiscal general de aquel país, Alfons Alberca, y las jueces Canólic Mingorance y María Ángels Moreno, que instruían una causa a Collado por blanqueo de 120 millones de dólares, que lo exoneraran de los delitos y le descongelaran el dinero, cosa que consiguió usando documentos de una investigación simulada que “demostraba” que Collado era un ciudadano ejemplar y que el origen de su dinero era lícito. “El Banco de México, Hacienda, Presidencia, todos se confabularon para liberar los fondos de Collado” (El País, 02-02-21).

Mejor tratados no han podido estar los grandes empresarios del país que han obtenido merced a esto grandes tasas de ganancias, tan altas, que tienen hasta para exportar mientras en el resto de la población se padecen carencias que sólo se palian con los problemas sociales. Sería bueno que en lugar de estarse quejando porque les quieren quitar el outsourcing, o los subsidios en los contratos leoninos con el gobierno o porque no hubo rescates tipo fobaproa con motivo de la pandemia, pensaran un poco en ayudar a su patria, reinvirtiendo en ella para crear las fuentes de empleo que hacen falta.— Mérida, Yucatán.

Profesor

 

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