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Para Elisa

Foto: Megamedia

Por: Franck Fernández(*)  

Mi padre solía decir que de los ciegos todo el mundo se apiada, pero que de los sordos todo el mundo se burla. Como casi siempre, mi padre tenía razón. Él hablaba así porque tenía problemas de sordera, afortunadamente no muy graves. Esto no fue impedimento para ser un hombre exitoso en su trabajo, muy trabajador y por todos respetado y querido.

Pero en un músico, una fuerte sordera sin lugar a duda es un impedimento mayor. No puedo menos que comenzar de esta forma mi escrito al hablar de uno de los más grandes compositores que ha dado la humanidad. Uno de esos seres excepcionales tocados por la mano de Dios. Estoy hablando de Ludwig van Beethoven.

Entendí el significado de la palabra pernicioso al querer describir los dolores de oídos porque, de alguna forma, yo también sufro de ese mal, y perniciosa fue la forma en que se presentó la enfermedad que acabó con tan valioso sentido en este gran compositor. Poco a poco, primero sin causarle grandes incapacidades, hasta llegar el momento de no poder escuchar nada y ya no poderlo ocultar más a la sociedad. Como si todo esto no fuera suficiente, también le amargó el carácter que hizo que este hombre, que había sido alegre y jovial, se convirtiera casi en un antisocial.

En la época en que vivió en Viena tenía grandes mecenas nobles que le garantizaban un nivel de vida decente para que se dedicara de lleno a la composición hasta que llegaron las tropas de Napoleón. Napoleón era un personaje al que Beethoven había admirado en sus comienzos al punto de dedicarle una de sus mejores sinfonías, pero llegó a odiarlo y, como si fuera poco, Napoleón llegó a Viena bombardeando la ciudad. Supremo fue el castigo de este bombardeo para alguien con problemas en los oídos. Los cañonazos le eran insoportables a Beethoven y durante largo tiempo tuvo que esconderse en sótanos y cubrirse los oídos con almohadas para aliviar su dolor y sufrimiento.

Como si fuera poco, el apartamento en el que vivía Beethoven estaba frente a las murallas de Viena. Napoleón, invasor, decidió derribar estas murallas y el incesante ruido de la destrucción frente a sus ventanas fue un castigo suplementario empeorando su sordera. Por demás, sus ricos nobles mecenas, ellos mismos en una situación económica delicada, dejaron de pasarles sus contribuciones monetarias.

Pasando por una situación económica crítica, ya sin poder interpretar él mismo al piano sus obras como había hecho tan brillante y exitosamente en el pasado y sin casi poder dirigir él mismo sus sinfonías y conciertos, solo le quedaba el recurso de dar clases de piano para poder sobrevivir. Es así como llega, a través de amistades, una hermosa joven aristócrata vienesa, Teresa Malfatti von Rohrenbach zu Dezza (nombre largo como el de todos los aristócratas), de tan solo 18 juveniles primaveras. En aquel hombre, ya en la cuarentena, que siempre tuvo relaciones tan distantes con las mujeres, Teresa marcó un profundo sentimiento de amor. A su padre se dirigió Beethoven un día de una gran recepción en casa de los Malfatti para pedir la mano de Teresa. La respuesta fue un rotundo no. De hecho, Teresa se casaría 6 años más tarde con un noble vienés.

Poco tiempo antes de morir, fue Beethoven a visitar a su editor para proponerle un conjunto de pequeñas piezas para piano. La poca importancia interpretativa que tenía este conjunto hizo que el gran maestro le diera el nombre genérico de Bagatelles. Bagatelle es una palabra francesa que significa algo sin importancia, algo nimio. De hecho, en español tenemos la palabra bagatela. Este conjunto de pequeñas obras nunca fue publicado en vida de Beethoven. El editor no quiso dar seguimiento a la idea de su publicación considerando que eran indignas de tan consagrado compositor. De hecho, este trabajo ni siquiera lleva la famosa numeración de obras, el “opus”, que en italiano significa obra. Es la forma en la que se enumeran cronológicamente las obras de los compositores famosos. Entre las obras que formaban estas Bagatelles se encontraba una obra que hoy todos conocemos. Posiblemente la obra más conocida de Beethoven, “Für Elise”, conocida en español como “Para Elisa”.

Años más tarde, el musicólogo Lüdwing Nohl descubrió en casa de los Malfatti, entre los documentos de Teresa, ya fallecida para estas fechas, unos apuntes de partituras manuscritas. Al comienzo había un nombre, una dedicatoria, pero la escritura era casi ilegible, hasta tal punto se habían deteriorado las partituras. Lo único que le quedaba claro a Lüdwing Nohl era la terminación del nombre, las letras SE. Decidió no cuestionarse mucho al respeto y, como él tenía una sobrina o quizás una prima que así se llamaba, decidió concluir que el nombre era Elise.

Otros piensan que quizás lo que hubiera querido decir aquella palabra ilegible era Therese, haciendo referencia a la joven amada. Es apropiado pensar así, después de todo, era en casa de los Malfatti que se encontraban estas partituras, por demás, entre los papeles de la difunta Teresa. Todo pudiera resultar más claro si tuviéramos nuevamente la posibilidad de consultar los manuscritos. Pero resulta que misteriosamente desaparecieron. En 1867, año en que Nohl publicó un libro con algunas cartas de Beethoven en el mismo, dio a conocer la partitura de tan conocida obra.

“Für Elise” dura tan solo tres minutos y es engañosamente fácil de interpretar. El comienzo tiene una melodía contagiosa, pero después de unos compases da comienzo a una interpretación un poco más difícil. Su difusión mundial coincide con el comienzo de la construcción casi industrial de los pianos y en los salones burgueses de esa época estas pequeñas obras eran bienvenidas para deleitar a los visitantes durante las tertulias nocturnas.

No pocos historiadores llegan a pensar que realmente la obra no es de Beethoven en su integralidad sino que, a partir de unos apuntes de Beethoven, Nohl terminó la Bagatelle y, de forma muy oportuna, lo destruyó ocultándolo para de esta forma encubrir su engaño. Así podría terminarse esta historia, pero resulta que entre la muy limitada cantidad de mujeres que fueron importantes en la vida de Beethoven en ese periodo sí hubo una Elisabeth.

Se trata de una soprano, hermana de un amigo cantante de Beethoven y que tuviera el rol principal en la primera presentación de la ópera Fidelio del maestro. Su nombre era Elisabeth Röckel y aparentemente con ella también tuvo un idilio Beethoven. Elisabeth con cierta frecuencia visitaba sola el apartamento del maestro. Si bien ella se casó con otro hombre, también amigo de Beethoven, es innegable que entre ellos hubo cierta complicidad, quizás intimidad. Eso se puede confirmar porque en una carta ella dejó escrito que durante un concierto, sentados en un palco, Beethoven le pellizcó el brazo. Se necesita un importante nivel de amistad para pellizcar el brazo de una mujer, por demás casada.

Después de la Primera Guerra Mundial, está pequeña obra quedó casi en el olvido siendo muy poco interpretada hasta que en 1979 el pianista francés Richard Clayderman lanzó un disco, Rêveries, en el que incluyó esa hermosa pieza. Este fue el segundo nacimiento de esta Bagatelle que, por segunda vez, había sido olvidada por todos.

Hoy en día, “Para Elisa” o “Para Teresa” es por todos conocida. No todas las personas la asocian al famoso Lüdwing van Beethoven. Su pegajosa melodía se adapta hasta a una canción de rap. La podemos escuchar en tonos de teléfonos, en música de espera de llamadas telefónicas, en cajas de música o sencillamente es una edulcorada música que fuera dedicada por uno de los más grandes compositores de la humanidad como regalo a una mujer inalcanzable.

(*)Traductor, intérprete y  filólogo; correo electrónico altus@sureste.com

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