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Para limpiar el desastre

feminicida de tahdziú

Ángel Loría Pool

Adolfo Calderón Sabido (*)

El duelo no solo está en su mirada. Son las tres de la mañana. Don Ángel se abotona la camisa con el logo del Congreso. Después de beber café, aborda el transporte frente a la puerta de su casa. La mañana se cuela por las ventanas del camión en el que viaja a su último día de trabajo en el Congreso del Estado de Yucatán: escenario donde han desfilado personajes ilustres y también otros más que debemos desterrar de la memoria.

Me recibe en su hogar en la colonia Jesús Carranza con una media sonrisa en el rostro. Lo acompaño hasta el patio pulcro y amplio ubicado en el fondo de la casa.

El duelo no solo está en su mirada: invade el altar de los Reyes Magos, la tierra roja del patio, el techo de lámina, la hamaca, un reloj de manecillas quietas y las fotografías de sus muertos que cuelgan en las paredes percudidas. Al igual que el reloj, la casa también parece detenida en el tiempo. Me cuenta sobre su último día de trabajo: “ese día, al llegar por la mañana, observé a los policías arriar la bandera. Los había mirado en muchas ocasiones. Esa vez mientras caminaba hacia la entrada no apartaba la vista ni un segundo”. Le pregunto el por qué y me responde, al tiempo que alza los hombros: “no sé. Era la última vez, quizá por eso”.

Luego cambia de tema para contarme que trabajó en los tres inmuebles del Congreso: el primero: uno de los edificios más antiguos del Centro Histórico, construido en el siglo XVII, donde estuvo como legislador Felipe Carrillo Puerto, el segundo, a un costado donde hoy se encuentra el Palacio de la Música, y el último, sobre el periférico de Mérida.

“Mi sueldo, al principio, era de tres mil cien pesos a la quincena pero luego, cuando nos cambiamos, como tendría que agarrar más camiones me lo subieron a cuatro mil cien. Llegó el día en que ya tenía los años suficientes de trabajo y me dijo la diputada Celia Rivas: ‘para que puedas jubilarte con tu último sueldo tienes que trabajar dos años más’, por lo que dije: ‘pos sí aguanto’.

Don Ángel está casado con María del Socorro Couoh y tiene dos hijos; Pedro Loría y Ángela del Socorro.

Tomar café, esperar al camión, llegar al sitio donde guardaba sus instrumentos de trabajo (una escoba, un trapeador y una caja de herramientas) fue el ritual que llevó al pie de la letra durante los 40 años que estuvo en la institución. Aclara que cada mañana, compraba salbutes o tamales en el Centro de la ciudad y los llevaba al Congreso para merendar a la hora de la comida. También compraba una bola de masa para el atole, que en ocasiones le duraba una semana: “el atolito era lo que más disfrutaba”.

Conocí a don Ángel entre el aroma del café de olla que todas las mañanas preparaba en el Congreso: la primera ocasión que intercambiamos unas cuantas palabras me habló sobre mi abuela, Amanda Baquedano a la que, dijo, había conocido cuando ella fue diputada: “yo ya trabajaba aquí”. De mi abuela aprendí el gusto por la poesía, la oratoria y el sentido de la responsabilidad. Resumo sus enseñanzas en una frase: “de lo espectacular a lo ridículo, solo hay un paso”.

Me cuenta de las tardes en que Mirna Hoyos, quien era la Presidenta del Congreso, invitaba a los empleados al cine Rex, ubicado en Santiago, en donde les daba a todos una bolsa de palomitas y un refresco. Cuando escucho el nombre de Mirna Hoyos viene a mi mente aquélla sesión en la que el Congreso intentó imponer un consejo a modo sin acatar la resolución del Tribunal Electoral del Poder Federal: el conocidísimo desacato. Cuando le pregunto sobre el tema, don Ángel contesta que estuvo feo, que a todos los diputados se les veía molestos en esos días: “yo tenía que ir después del trabajo a los plantones en las puertas del Consejo Electoral”. Lo interrumpo para preguntarle si le pagaban extra y, de inmediato, acota: “no, pero me invitaban a comer a la vuelta del Hotel El Castellano. Doña Mirna había rentado una casa, ahí se preparaban los refrigerios para los que llegaban de los pueblos a las manifestaciones”.

De nuevo cambia de tema y, sonriendo, señala: “pude conocer a tres generaciones de diputados: al abuelo Carlos Carrillo Vega, al hijo Carlos Alberto Carrillo Maldonado y al nieto Carlos Manuel Carrillo Paredes. En una ocasión también vi un pleito: el diputado Roger Medina se agarró a golpes con la gente que se metió con los diputados. Los hijos del diputado Roger estaban en el Congreso por que trabajaban allá, así que entre sus hijos y yo lo rescatamos. Hace poco vi en el Diario su esquela.

“También en una ocasión vi los tomatazos y los huevazos. Estaban en el pleno Raúl Gasque, Ciro Velázquez, Teófilo Cetina, a ellos les cayeron los huevos podridos. Vi que había hasta huevos de pato. Ese día me fui tarde porque apestaba mucho y me tocó limpiar el desastre”.

“Un día vi a Ciro Velázquez caminando en la calle y cuando le dije ‘buenos días diputado’ me comentó muchas cosas sin sentido y me di cuenta que ‘se le había ido el pajarito’. Era diputado por Progreso. Luego supe que muchas personas también lo habían visto hablando solo. En algunas ocasiones Raúl Gasque y Melchor Zozaya Raz me llevaban a Temax a sus fiestas y yo les preparaba sus carnes asadas mientras se armaba la tomadera”.

Le pido a don Ángel más detalles sobre el último día de trabajo: “antes de bajar los escalones miré por última vez el edificio y así me quedé unos minutos”.

Le pregunto sobre la motivación que lo impulsó a cumplir todos los días, siempre el primero en llegar y el último en retirarse: “de mi madre aprendí la disciplina y el amor al trabajo. A ella le debo mucho.”

De su madre habla como si ella estuviera todavía en algún lugar cercano, no en la última morada de la tierra. Quizá por la fe que le inculcó, para él la muerte no es definitiva: “al principio no soportaba su ausencia: sentía que debí estar más tiempo con ella pero con el tiempo he aprendido a extrañarla menos. En ocasiones me parece escuchar el sonido de su voz tal y como cuando de niño me despertaba para ayudarla en los quehaceres de la casa y después enseñarme el catecismo”. Intenta hablar más de ella pero el tono de su voz delata que el recuerdo quiebra algo dentro de él: “al día siguiente me presenté temprano al trabajo, no podía quedarme en casa”. Él no dice al día siguiente de qué, pero intuyo que se refiere a la muerte de su madre.

Lo descubro sumiendo la cabeza entre los hombros, apretar los párpados y contraer la comisura de sus labios. Decido terminar la charla; no es fácil ver la tristeza anegada en los ojos de un abueloAparento tomar notas mientras imagino que el aroma del café viaja lentamente, llenando la sala de juntas, el pleno, las oficinas y los curules. Envuelve por última vez los rincones del edificio, imagino a don Ángel bajando las escaleras hacia una plazoleta que, aquel día, quizá lucía cadavérica: junto con él también imagino alejarse un cónclave de espectros que deja atrás un Congreso manchado por el olvido.

Dentro del recinto seguirán las discusiones indigestas, los abrazos fingidos, los rumores esparciéndose hasta cubrir todas las esquinas, el desfile de máscaras pero ya, nunca más, el café de olla. El aroma se ha evaporado.— Mérida, Yucatán.

Escritor

 

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