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Política y academia

 

Dos anuncios, una tensión

Antonio Salgado Borge (*)

En una entrevista con Diario de Yucatán Ivonne Ortega asegura que inició sus estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Antes de concluir la semana, ya había anunciado que quiere ser presidenta nacional del PRI. En este artículo argumentaré que existe una posible tensión de fondo en los anuncios de Ivonne. Una tensión que no puede ser separada de la revisión de un fenómeno que rebasa al caso de la exgobernadora: la forma en que parte de las élites políticas pueden llegar a concebir a la educación y las implicaciones que de esta concepción se derivan.

Antes de iniciar nuestra discusión, me parece pertinente poner entre paréntesis dos obstáculos que pueden impedir analizar este tema con la profundidad que merece. (a) Lo primero a suspender es el uso de descalificaciones simplonas, o burlonas o, peor aún, de calificativos sexistas, clasistas o racistas. Este tipo de aproximación a este fenómeno no sólo impide entender sus causas e implicaciones, sino que termina por legitimar indirectamente la opresión que cotidianamente padecen muchas personas en nuestro estado. (b) El segundo elemento que puede impedir analizar el fenómeno en cuestión está relacionado con la molestia, justificada en este caso, que puede generar la sola mención del defenestrado nombre de una política. Estas situaciones, que han sido sobradamente discutidas tan sólo se relacionan de manera ortogonal con lo que aquí se discute, por lo que regresar a ellas tan sólo nos desviaría y quitaría profundidad a nuestro análisis.

Una vez que estos obstáculos han quedado fuera de nuestro camino es posible enfocarnos en la tensión de fondo presente en el anuncio de Ivonne Ortega. Una pregunta básica puede ser el punto de partida de nuestro análisis: a saber, ¿por qué una política o político que tiene amplio espacio de poder puede buscar un doctorado? Para dar respuesta a nuestra pregunta, vale la pena considerar que los estudios de doctorado tienen una duración de entre cuatro y siete años y que pueden preparar a una persona principalmente para tres tipos de actividades: (1) La primera se inserta dentro de la academia; es decir, en la investigación profesional sobre temas específicos que incluye la generación de conocimientos, su publicación —a través de “papers” en revistas académicas arbitrados por pares— y su enseñanza para formar a quienes le sucederán en esta empresa. Este tipo de actividades constituyen parte fundamental de la razón de ser de las principales universidades.

(2) La segunda forma de responder a nuestra pregunta es notando que existe posiciones laborales para las que es necesario, o cuando menos preferible contar con conocimientos sumamente especializados. Por ejemplo, la persona que aspire a dirigir el rumbo económico de un país probablemente tendrá mejores elementos para tomar sus decisiones en caso de tener credenciales que avalen que conoce a profundidad un área específica relacionada con la materia y que es capaz de plantear ideas para abordar algunas de sus problemáticas. Desde luego, no garantiza la solvencia moral de la persona. Tampoco es cierto que todos los doctorados preparan para trabajo extra-académico especializado —por ejemplo, un doctorado en filosofía difícilmente aplica en este punto—. Lo importante aquí es que el trabajo extra-académico puede ser una aspiración para quienes estudian cierto tipo de doctorados.

(3) Finalmente, la tercera posibilidad que puede mover a un individuo a embarcarse en un doctorado es el cultivo del conocimiento de un área por amor al conocimiento mismo sobre un tema específico. Por obvias razones, este camino principalmente es tomado por individuos que ya se han realizado de manera profesional y que sienten una especial pasión por la lectura o buscan ampliar su cultura.

Para efectos de este análisis lo que importa es que hasta hace algunos años muchas personas dedicadas a la política optaban por la opción (2). Este tipo de preparación, sumada a su militancia y actividad partidista permitían a individuos buscar posiciones de alto nivel, sobre todo en el gobierno federal, con base en sus méritos profesionales. Por otra parte, las personas que ya habían cumplido un ciclo en el servicio público de alto nivel buscaban (3) para desarrollarse en otros sentidos. Sin embargo, algo ha cambiado en tiempos recientes. Y es que actualmente un buen número de integrantes de élites políticas alrededor del mundo buscan cursar un doctorado sin alguno de los tres puntos anteriores en mente.

Por ende, a nuestra lista de posibles respuestas es necesario sumar una opción adicional a las arriba mencionadas: (4) algunas personas dedicadas a la política buscan obtener un título de doctorado como una simple medalla o trofeo para presumir. Esta opción es sumamente problemática, pues abre la puerta a una tensión en la que se entremezclan dos fenómenos profundamente relacionados: la compra de títulos académicos o de plano su “fabricación”. Los ejemplos en este sentido son por desgracia abundantes. Empecemos por la compra. En España, Pablo Casado, actual dirigente del conservador Partido Popular, cursó una maestría en la Universidad “Juan Carlos I” de Madrid. Pero el periódico “El País” dio a conocer que esta universidad autorizó que Casado y otras figuras influyentes de la política española fueran eximidas de su responsabilidad de ir a clases y presentar exámenes. Esto, desde luego, no impidió que las personas implicadas aprobaran los cursos y obtuvieran los créditos correspondientes.

Para ilustrar los extremos a los que puede llegar la “fabricación” de títulos universitarios vale la pena considerar el caso de Damara Alves, ministra de la Mujer, Familia y Derechos Humanos de de Brasil. De acuerdo con CNN, esta ministra incluyó en su currículum el título “maestra en Educación y en Derecho Constitucional y de Familia”. No existe registro de que esta funcionaria, quien saltó a la fama internacional por expresar la frase retrógrada “el niño viste de azul, la niña de rosado”, hubiera cursado esta maestría. Al ser cuestionada, la ministra pretextó que sus títulos universitarios son “bíblicos” y en las iglesias cristianas las personas que enseñan biblia son llamadas “maestras”.

Yucatán, desde luego, no está exento de tensiones generadas de la relación entre algunos políticos y los títulos académicos. Por ejemplo, Roger Torres Peniche, actual secretario de Desarrollo Social del Estado, fue presentado como “doctor en Filosofía” por el “Consejo Iberoamericano de Punta del Este, Uruguay”. Este “Consejo” parece ser inexistente, pero Torres declaró antes, ante el INE, que es doctor en Filosofía de la Educación por otra “institución” llamada “Consejo Iberoamericano en Honor a la Calidad Educativa” (CIHCE) que, de acuerdo con el portal “Animal Político”, es una institución sin reconocimiento oficial acusada de vender títulos a quienes le hagan los pagos requeridos.

Para efectos de este análisis, lo importante es que una vez que hemos elaborado nuestra lista de posibles respuestas a nuestra pregunta “¿por qué una política o político que tiene amplio espacio de poder puede buscar obtener un doctorado?” lo que sigue es asignar a cuál de las opciones corresponde cada caso en particular. Más allá de cualquier indicio o antecedente, esto, desde luego, no puede ser conocido con absoluta certeza a priori. En este sentido, el reto para Ivonne Ortega, como figura pública política, es enorme. En primer lugar, en una universidad seria —como la Complutense— sería de esperar que la exgobernadora trabaje de tiempo completo o medio tiempo en la lectura de publicaciones de libros y artículos académicos, en el planteamiento de argumentos e ideas originales y en la defensa de éstas. Y en caso de llegar a la presidencia del PRI, la señora Ortega Pacheco tendría encima la responsabilidad de dirigir, al mismo tiempo, un partido nacional en un país con más de 110 millones de personas, 32 entidades federativas y de más de 2,400 municipios.

Esta complicación es importante pues, como cualquier figura pública política que opte por embarcarse en un posgrado, Ivonne Ortega tendría que estar lista para mostrar que no pertenece a aquella parte de nuestra clase que concibe los títulos académicos como trofeos huecos para presumir o come-medallas para adornarse. Y es que lo contrario mostraría ignorancia o desprecio a cientos de años de conformación de instituciones académicas, a la importancia del conocimiento en una sociedad y al trabajo arduo que realizan miles de personas para completar programas demandantes. Y desde luego, contribuiría a la mercantilización o, en el peor de los casos, a la prostitución y al desprestigio de las instituciones que genuinamente se dedican a la formación profesional, a la generación y a la difusión del conocimiento.

Excurso

Después de ocho años en el cargo, el doctor Jorge Carlos Bolaños ha dejado la dirección de la Escuela de Ciencias de la Salud de la Universidad Marista de Mérida. Bajo su dirección, esa escuela transitó de su fundación a convertirse en un referente a nivel nacional: de acuerdo con el Examen Nacional de Aspirantes a Residencias Médicas (Enarm) 2018 de la Secretaría de Salud Federal, la Marista es la universidad 12 del país en oportunidad de ingreso a la especialidad para sus egresados. El trabajo académico del doctor Bolaños es impresionante, pero lo es más todavía su enorme calidad humana. Le sustituye en el cargo de director de esa escuela el doctor Luis Méndez, quien será acompañado por el doctor Marco Escalante en la coordinación de la carrera de Medicina. Difícilmente pudo esta escuela quedar en mejores manos.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

 

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