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Política y cosas peores

Catón

Un signo evidente del subdesarrollo que en que vivimos los mexicanos son las manifestaciones y plantones que sufrimos.

En ellas suele suceder que un pequeño número de personas atenta impunemente contra el derecho de todos los ciudadanos. Quienes así actúan hacen suyas las calles o las carreteras, aunque sea durante unas horas, y privan de su uso a los demás.

“Son cosa de la democracia”, dicen algunos para justificar esas apropiaciones de la vía que por causa de los manifestantes deja de ser pública y se vuelve cosa privada, propiedad de unos cuantos, y a veces hasta de uno solo.

López Obrador, por ejemplo, puede jactarse de que durante unas semanas fue dueño absoluto del Paseo de la Reforma, cosa de la cual no pudo ufanarse ni el mismísimo emperador Maximiliano, creador de esa hermosa rúa.

No hay democracia ahí donde unos pueden conculcar el derecho de otros pasando por encima de las normas básicas de la convivencia. Los perpetradores de esas ocupaciones de la calle las llaman “manifestaciones pacíficas”. Lejos están de serlo. Son en verdad actos de violencia, pues unos cuantos imponen por la fuerza su voluntad sobre todos.

Tal acción atenta en forma grave contra la ley y vulnera injustamente el derecho de las personas. Eso podría justificarse en un país en el cual estuviesen cerrados todos los caminos de la participación civil.

En México, sin embargo, esos caminos están abiertos. No usarlos, dar la espalda a lo que se ha ganado legítimamente para actuar con ilegitimidad, es entregar a la violencia el sitio que la razón debe ocupar.

Permítanme un minutito, por favor. Voy a apuntar esta última frase para usarla en algún concurso de oratoria, si es que alguno queda todavía.

Muerte

Procedo ahora a narrar un chascarrillo cuya lectura es desaconsejable para las personas con pruritos de moralidad…

Un señor que fumaba mucho se sintió mal y fue a consultar a un médico. Después de examinarlo le dijo el facultativo: “Lo siento mucho. Presenta usted un cuadro grave por causa del cigarro. Le quedan pocos meses de vida”.

El hombre llamó por el celular a su hijo mayor y lo citó en un bar. Ahí le dio la mala noticia. “Por haber fumado mucho —le dijo— moriré dentro de poco tiempo”. El muchacho, consternado, le sugirió que llamara también a sus amigos y se despidiera de ellos.

Llegaron a la taberna los camaradas del señor. “Amigos míos —les dijo—. Los llamé para despedirme de ustedes. Tengo sida, y pronto moriré”. El muchacho se inclinó sobre su padre y le dijo al oído: “¿Sida? Me dijiste que la causa de tu muerte es el cigarro”. “Así es —contestó el señor también en voz baja—. Pero no quiero que después de que yo ya no esté alguno de estos cabrones vaya a buscar a tu mamá”…— Saltillo, Coahuila.

 

Inesperada debacle melenuda