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Política y cosas peores

Por Catón

 

 

Inepcio, hay que decirlo, no era un buen amante. Para serlo le faltaban sabiduría e imaginación. Y amor, pues sin él no se da esa plenitud que aunque se sienta en el cuerpo es nacida del alma. Advierto que estoy cayendo en culpa de filosofía. Pero es filosofía barata, lo cual debe apreciarse en estos tiempos de inflación.

Sucedió que Inepcio estuvo con una linda chica en la habitación número 110 del Motel Kamawa, Al término del consabido acto le preguntó. “¿Quieres otro?” “Me gustaría mucho —respondió la chica—, pero ahora no está en la ciudad”...

El padre Arsilio fue invitado a hablar ante un pequeño grupo de hombres ricos. Ricos en dinero, quiero decir, porque en otros bienes más valiosos —la paz interior; el goce de la belleza; el disfrute de la familia y el hogar— eran pobres de solemnidad. (¡Uta! ¡Más filosofía!).

Les dijo el buen sacerdote: “Voy a hablarles de los 10 mandamientos”. “Perdone, padre —lo interrumpió uno de los magnates—. Para nosotros no son mandamientos: son solamente amables sugerencias”...

La pandemia. ¿Cuándo volveremos a la normalidad? ¿O es que la normalidad consistirá en el futuro en la anormalidad?... La política. ¿Cuándo terminará la anormalidad absolutista, populista, demagógica, personalista en la que estamos viviendo ahora? ¿O es que la anormalidad consistirá en el futuro en la normalidad?

Este día no escribiré acera de AMLO y sus innecesarios e imprudentes piquetes de ojos a Biden, como ése de la artificiosa felicitación de los cosmonautas rusos a México por su Independencia (la de México, no la de los cosmonautas rusos). Tampoco diré acerca del talante persecutorio de la 4T contra los disidentes del régimen, peligrosa tendencia que cada día se advierte con claridad mayor.

A nada de eso me referiré hoy. He aquí que tanto mi ánimo como mi ánima están gozosos y contentos, pues otra vez mis paisanos saltillenses me mostraron su afecto y su cariño en mi presentación en la Feria Internacional del Libro de Coahuila, donde me hicieron sentir, igual que tantas otras veces, que soy profeta en mi tierra.

Cuando uno lleva el alma así, transida de felicidad, las cosas malas pueden esperar. Dicen que la felicidad no existe; que sólo hay ratos felices. Pues bien: ése que dije fue uno de ellos. Mañana será otro día. Entonces volveré a la realidad, esa señora que a mi juicio tiene un defecto enorme: es demasiado real...

Don Algón, salaz ejecutivo, fue a cenar con la linda Loretela, muchacha de atractivas formas pero que no tenía más estudios que los que hizo en la Academia de Corte y Confección de Ropa “El pespunte”, de la señorita Hilaria. Después del postre don Algón pensó en ofrecerle un café a su bella invitada. Le preguntó, obsequioso: “¿Te parece, hermosa, si ahora disfrutamos de un expresito?” “Está bien, vamos —accedió Loretela—. Pero, la verdad, no me gusta hacer eso tan aprisa”.— Saltillo, Coahuila.

 

 

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