in

Políticay cosas peores

Catón

Entre las muchas locuras que he emprendido —bellas locuras todas— estuvo alguna vez la de de presentar conciertos de música clásica en Saltillo, mi ciudad.

Con esa música salí bailando siempre. Eso quiere decir que invariablemente acabé poniendo dinero de mi exigua bolsa, pues nunca los resultados económicos correspondieron a mis idealismos.

En cierta ocasión invité a un organista de fama nacional. Era muy joven y algo petulante. Tocó en el órgano de una iglesia. El sacristán del templo, un buen hombre llamado don Juanito, fue el encargado de accionar el fuelle que surtía de aire al instrumento.

Terminó la primera parte del recital y el público premió al artista con un gran aplauso que él agradeció desde lo alto del coro. Don Juanito, orgulloso, le dijo al organista: “¡Qué bien tocamos, maestro!” Replicó el organista, burlón y desdeñoso: “¿Tocamos?” El humilde sacristán quedó apenado.

Llegó el momento de iniciar la segunda parte del concierto. El músico ocupó su banco y volvió la vista hacia don Juanito para que accionara el fuelle sin cuyo aire no sonaba el órgano. El sacristán, sentado en una silla y cruzado de brazos, fijó en él la vista, pero no se movió.

El organista entendió y dijo, ahora apenado él: “Tiene usted razón, don Juanito. Por favor, vamos a tocar”. Con una sonrisa de satisfacción el buen señor volvió a accionar el fuelle.

El anterior relato me sirve para señalar que muchas veces el débil tiene medios de defensa frente al poderoso. Esos medios, empero, han de ser reales, eficaces y tendientes a dar respuesta concreta y pertinente a los agravios inferidos por el soberbio. México no es un país de pacotilla. Si bien su poder no se compara con el de su vecino norteamericano, tampoco nuestra nación es una republiquita bananera de la que se puede abusar impunemente de palabra y obra.

El mitin programado para hoy en Tijuana más parece acto propio de país subdesarrollado que medida efectiva para enfrentarse a Trump. Muchos verán esa manifestación como política de campanario más que como defensa efectiva de la dignidad nacional. Ésta, junto con los derechos legítimos de México, se debe defender con hechos, no con amontonamientos de personas que hoy están y mañana ya no.

En vez de hacer algún efecto sobre Trump el tal mitin lo favorecerá, pues el mandatario yanqui presentará esa concentración a sus electores como prueba evidente del peligro que, según él, México significa para los Estados Unidos.

López Obrador, obligado a la prudencia, ha actuado así: prudentemente. No podemos ponernos con Sansón a las patadas, según describe el proloquio popular. Pero ahora parece ser que Trump se enfrenta a más oposición real en el interior de su país que en el nuestro. La manifestación de Tijuana tendrá valor emblemático, sí. Realzará la imagen de AMLO a los ojos de muchos, pero en relación con el problema con Estados Unidos no tendrá valor.— Saltillo, Coahuila.

 

Toronto, cerca de la corona

Cartón de Tony: La autopsia de una respuesta