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Rebelión electoral

Othón Baños Ramírez

El pueblo y el secuestro de la democracia

Othón Baños Ramírez (*)

Si bien todos los mexicanos mayores de 18 años somos iguales detrás de la boleta electoral, lo cierto es que últimamente el voto está reflejando una sociedad polarizada. No obstante el gran número de partidos políticos, las desigualdades sociales hacen que la democracia tienda a polarizarse entre los pobres, “el pueblo” y la clase media los “ciudadanos”.

La desigualdad económica tiene una historia larga en nuestro país, viene desde la época de la Colonia, pero en las últimas tres décadas el problema cobró nuevas dimensiones. No es exagerado decir que la desigualdad económica es hoy un problema grave. No hay desesperación pero hay descontento.

Hay descontento con el sistema político del país. Con los abusos de poder y con la corrupción que son los temas más visibles. Hay descontento porque la gente trabajadora siente que su salario rinde menos, porque las oportunidades de sus hijos para obtener un empleo formal son más escasas. En fin, incluso hay otras consecuencias sociales y colaterales, las consecuencias políticas, por ejemplo, que no habían adquirido la dimensión que hoy estamos viviendo.

Existen diferentes metodologías para medir la desigualdad económica y social, de las que resultan cifras diferentes.

Según el periódico “El Economista”, en 2020 el estrato poblacional con menores ingresos percibía 101 pesos por día, mientras el estrato más alto ingresaba en promedio 1,853 pesos, 18 veces más (23 de febrero de 2020).

Desde otro ángulo, de acuerdo con un estudio realizado por Oxfam México, alrededor de 120,000 personas, que representan el 1% de la población más acaudalada, concentra alrededor del 43% de la riqueza nacional. De modo que si el país fuera un pastel con 10 rebanadas, una sola persona se comería cuatro rebanadas y las seis restantes serían repartidas entre noventa y nueve personas.

El Coneval (Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social) manejó para 2019 la cantidad de 53.4 millones de personas viviendo en condiciones de pobreza y 9.4 lo hacen en situación de pobreza extrema —el 43.6% y el 7.6% de la población total, respectivamente—; pero organizaciones como Acción Ciudadana Frente a la Pobreza cifran en 95 millones los mexicanos y mexicanas (el 74 por ciento del total de la población) que se encuentran en situación de alta vulnerabilidad.

Lo más importante es que la desigualdad de ingresos y patrimonio entre las familias mexicanas es enorme y creciente. Es, ni más ni menos, el trasfondo del descontento social que se ha convertido en una rebelión política pacífica, más precisamente en una rebelión electoral del pueblo. Con la masa amorfa de pobres las condiciones sociales estaban dadas para que un líder se montara en el descontento y armara una rebelión.

En épocas electorales, como la de nuestros días, las desigualdades sociales eran —y son— un tema obligado de campaña, aprovechado por los partidos políticos pero una vez que llegaban al poder el tema pasaba al penúltimo lugar. El pueblo cansado de escuchar la misma canción repartía su voto cuando se animaba a votar. Hasta que en 2018 un luchador social convenció a esa masa de que él estaba de su lado. El hombre terco después de haber participado tres veces como candidato presidencial, por fin en el proceso electoral de 2018 logró hacer clic con “el pueblo” de toda la geografía del país.

Primero los pobres fue la consigna principal que elevó su popularidad tanto en el norte como en el sur del país. Prometiendo que, si ganaba, su gobierno atacaría la corrupción —entre los funcionarios del gobierno— y destinaría más recursos en ayuda para salir de la pobreza.

A diferencia de la ciudadanía que espera todo de la política, “el pueblo” espera todo del gobierno. Esta coincidencia de que el gobierno debe sacar a la gente de la pobreza y de que el gobierno es la salvación de la gente, es en buena parte la explicación del éxito político de Andrés Manuel López Obrador. Tal coincidencia rindió los resultados electorales de 2018 que sorprendieron a muchos porque el partido de AMLO ganó la mayoría de diputados y número importante de senadores. El mensaje fue claro, una rebelión electoral del pueblo que le ha permitido manga ancha para sacar adelante las iniciativas legislativas.

AMLO ha secuestrado la democracia mexicana desde el momento que cree que nadie como él ejerce el poder de forma democrática. Se considera el campeón de los demócratas y con esa autoridad decide qué es lo mejor para “el pueblo” y de ahí para la democracia mexicana. Por ley, en tanto Presidente de la República, puede decidir todo lo que compete a la rama del Poder Ejecutivo, pero su autoridad en los hechos, debido al número alto de legisladores de su partido Morena, ha rebasado ese ámbito y se extiende al Poder Legislativo, incluso, como vimos recientemente, es capaz de imponer al magistrado presidente de la Suprema Corte de Justicia.

Su idea es que quienes ocupen la élite del gobierno del país sean afines e incondicionales de sus decisiones, que son sabias, ya que se hacen en nombre del pueblo.

Su gobierno tiene trazos autoritarios y populistas que poco o nada tienen que ver con la verdadera democracia, como reconocen varios analistas políticos. La economía no va bien, no es su fuerte y el escenario económico del país tiende a descomponerse más bien que a ganar vitalidad. En general la situación del país es preocupante. Sin embargo, después de dos años de gobierno, casi tres, la popularidad del Presidente sigue alta. Y, por si fuera poco, todo hace indicar que esta película va pa’ largo.

AMLO es un líder que ha tenido la capacidad de hablarle al pueblo y de que sea escuchado. A pesar de las críticas que abundan en los medios impresos de comunicación, todos los sondeos de opinión recientes indican que esta rebelión electoral del pueblo no ha parado y que obtendrá buenos resultados electorales este junio de 2021.

Buenas noticias para AMLO, malas noticias para los mexicanos. Si gana Morena la mayoría de diputados y de senadores, la democracia mexicana seguirá secuestrada por el populismo autoritario y el país seguirá en ruta hacia la inestabilidad —puede que a la debacle— económica.—Mérida, Yucatán.

bramirez@correo.uady.mx

Doctor en Sociología, investigador de la Uady

 

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