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Reconciliar al mundo con el Creador

El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

Juan 20, 19-23

El término hebreo ruah, en su onomatopeya, resulta magnífico: de género femenino, viene a designar aliento vital, viento, aire, soplo, respiración y más. Traducido pneuma en griego, con casi las mismas connotaciones, viene a ser conocido como espíritu en la lengua española. Puede decirse que la ruah recorre toda la Sagrada Escritura básicamente en relación con Dios; con todo, vale destacar algunos momentos: el Espíritu junto a Dios creador, el Espíritu con el que Yahvé impulsa a los profetas y, finalmente, el Espíritu del Padre en la praxis de Reino de Dios, en la obra, pues, de Jesús de Nazaret.

Pues bien, es este Espíritu lo que el Maestro resucitado sopla desde sus propias entrañas sobre sus discípulos, con un sentido sumamente diáfano y concreto, que puede sintetizarse como reconciliar al mundo con el Padre creador en el contexto del desdoblamiento de un texto programático en relación con el mismo Jesús: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Mencionado en 78 ocasiones en el cuarto evangelio, el término mundo —kosmos— viene a significar en el pensamiento griego el sistema de gobierno y la reglamentación que éste supone, pero también la totalidad de lo existente englobada en un orden universal. En relación y en contraste con lo anterior, el pensamiento bíblico considera el mundo como todo cuanto ha sido creado por Dios: la tierra habitada, el mundo de los hombres, en suma, todo lo venido a la existencia por la palabra del Creador: “los cielos y la tierra”. Con todo, si bien viene a ser consecuencia de la voluntad creadora de Dios, el mundo tiene una como cierta autonomía que se expresa particularmente en las decisiones humanas y que, llevada al extremo por la naturaleza contingente y correlativamente frágil del hombre, acaba desconociendo a su Creador, distanciándose de Él, al punto que tal alejamiento acaba, en ocasiones, en un enfrentamiento franco cuando desafía a su propio Creador. Es, pues, este enfrentamiento —que lleva a la negación del origen teológico del ser humano y de las demás criaturas— lo que en el pensamiento bíblico se entiende como pecado: una situación por demás trágica en tanto que, sin ningún referente de su propia trascendencia, el hombre queda sometido a sí mismo en el ámbito individual y, en el ámbito social, sometido a personas e instituciones que, ocupando el lugar del Creador, pervierten no sólo la autonomía humana, sino la belleza y la armonía de lo creado.

Esta tensión entre la bondad del mundo en sí en cuanto creación de Dios y su realidad desgraciada como consecuencia del distanciamiento y la negación del Creador, la toma el evangelio de Juan para ponerla como telón de fondo de la actuación de Jesús como enviado del Padre a, precisamente, liberar al mundo de los hombres de su situación desafortunada y llevarlo a una dimensión de paz y plenitud. Tal dimensión sólo habrá de darse por el reencuentro del mundo con su Creador en el horizonte recuperado de una armonía que va más allá de un mero retorno a los orígenes ya que el Maestro como enviado es, también, el que revela la identidad más profunda, en tanto que enraizada en Dios, del hombre y la creación.

Expresada en los términos dialécticos propios del evangelio de Juan —luz-tinieblas, muerte-vida, conocimiento-ignorancia— la tensión existente entre el mundo y Dios viene a resolverse con la presencia del Espíritu Santo como don postrero que el Resucitado infunde en sus discípulos con, además, la calidad crítica para condicionar la presencia del Padre a la renuncia del enfrentamiento con él mismo como Creador y, al mismo tiempo, a la aceptación realista del hombre de su calidad de criatura llamada a fraternizar con todo cuanto existe —¡el hombre como hermano y no como rey de la creación!— como plataforma para reconstruir la integridad y la hermosura de la creación.

De este modo, el soplo del aliento salido de las entrañas de Jesús resucitado sobre los suyos resulta ser el don de la continuidad entre él mismo y sus discípulos en el trabajo de seguir haciendo la obra del Padre: anular las contradicciones entre el mundo y el Dios creador a favor del bienestar total de la humanidad reconciliada con su verdad más honda.

Las uñas del gato

Y si el presidente de EE.UU. amenazara con los mismos aranceles si se construye el Tren Maya, Santa Lucía y Dos Bocas, ¿cómo reaccionaría el presidente López?— Mérida, Yucatán.

correo electrónico: ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

Cumpliremos compromisos establecidos con EU: AMLO