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Recordar, Juana

Cosas cotidianas

Por Javier Caballero Lendínez (*)

Dicen que las oportunidades solo se tienen una vez; o se aprovecha o ahí muere.

Sebastián Bartolomé Lendínez Almagro, mi abuelo materno, tuvo una segunda oportunidad en la vida durante la Guerra Civil española, uno de los acontecimientos más convulsos en la España del siglo XX, además de la pandemia de 1918 y la dictadura de Francisco Franco, entre otros.

Andaluz de pro, poseía un cortijo en mitad de un monte y cientos de hectáreas olivareras que daban un aceite puro, y sol, sombra, techo y comida a cuadrillas completas de trabajadores.

Su primera oportunidad vital comenzó al nacer, pero finalizó cuando un pelotón de fusilamiento republicano lo “secuestró”, escondió en una iglesia y preparó para su muerte inminente. Lo que para una amplia mayoría hubiera sido el fin de una vida, se convirtió en una nueva posibilidad para Bartolomé.

Cuando iban a fusilarlo, un trabajador de sus olivos, que formaba parte de ese pelotón —muy querido y respetado por mi abuelo— lo vio y lo salvó.

Oportunidades así hay pocas. Pero para este gobierno federal no ha sido así ni lo será durante los siguientes años. Las oportunidades desbordarán la administración, una tras otra, en bucle y dejará en pañales 2020. Este último año ha estado lleno de oportunidades malogradas, tiradas a la basura. 2021 viene recargado.

La pandemia ha sido una muestra clara: tuvimos la oportunidad de anticiparnos, tuvimos la oportunidad de responder a tiempo, de prepararnos, de investigar, de llamar la atención de la población y concienciar sobre este problema, de no decir babosadas en público y aparentar que todo estaba bien cuando en la calle se moría hasta el de la trompeta, de no mentir sobre las cifras, de respetar las vidas humanas.

Tuvimos la oportunidad de ser un país serio, de dar la imagen de una nación correcta, solidaria, unida ante una adversidad que no se había repetido en los últimos 100 años. Sin embargo, dimos al mundo la señal que siempre damos, que somos un país bananero donde las medidas más eficaces se han hecho con muchas administraciones estatales e incluso locales.

Dimos la imagen de tranquilidad y estúpida seguridad mientras en otros países ya se contaban los muertos por miles y se avizoraba una situación catastrófica. Dimos una muestra clara, inequívoca, de incapacidad, de estar más preocupados por evocar a mitos del pasado y confrontar a una población desgastada, que requiere paz.

Esa oportunidad jamás se repetirá. Llegarán otras, muchas, para el gobierno, en otros ámbitos, en la pandemia que continúa, pero esa primera, esa que nos pudo convertir en héroes, nos hizo fracasados y nunca volverá. Pero da igual porque eso es lo de menos. Mientras haya oportunidades, hay vida.

Hoy somos reactivos, tardados, inoperantes, sin ideas ni rumbo. Y lo peor es que posiblemente no haya muchas consecuencias electorales, castigos o tirones de orejas.

Hoy, en un momento crucial para el futuro próximo de la humanidad, en tiempos donde las malas noticias priman sobre las buenas, estamos recibiendo varias oportunidades para mejorar el desaguisado prácticamente infumable.

Réquiem

Después de arrebatarle la primera oportunidad en aquel fusilamiento fallido, en la segunda, Bartolomé se casó con Juana Tirado López, mi abuela, viuda de miliciano, que falleció en un monte norteño. Juana tenía dos hijos del primer marido, una de dos años y otro de unos cuantos meses. Bartolomé y Juana se conocieron cuando ella entró al cortijo para cuidar a la mamá del señorito. Ahí se enamoraron, se casaron y llegaron tres hijos más.

Bartolomé, en su segunda oportunidad, aprovechó la vida y se hizo grande, enorme, trascendental. Recuerdo que casi al final de esa “segunda vida”, nos echábamos unas buenas partidas de dominó en la sala antes de que se durmiera profundamente sentado en su sillón de todos los días. Yo tendría cinco o seis años. Él, conmigo, tenía un corazón que no le cabía en el pecho.

En los últimos años de su existencia, creyó que habría una tercera oportunidad, una que no conocemos, pero que nos llevará a ser verdaderamente felices. Estaba seguro de ello. Por eso, siempre le decía con una sonrisa a mi abuela: “Juana, cuando nos encontremos en la otra vida, no te vayas con tu primer esposo. Quédate conmigo, que yo te quiero mucho…mucho”.— Cortijo Vistalegre, Almenara (Jaén).

Periodista español de Grupo Megamedia

 

 

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