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Reflujos antifeministas

8M: el feminismo ante los grupos antiderechos

Antonio Salgado Borge (*)

Un autobús rotulado en color azul y con una fotografía de Hitler circula por las calles de España. Junto a la foto de uno de los genocidas más famosos de la historia, ocupando la mayor parte del costado de este camión, puede leerse el mensaje “No es violencia de género, es violencia doméstica”. Debajo, en pequeño, el mensaje anunciado es ampliado: “Las leyes de género discriminan al hombre”. Para rematar, a la derecha de esta frase, justo debajo de Hitler, la cereza en pastel: “#StopFeminazis”.

El pasado viernes se conmemoró un aniversario más del día internacional de la mujer, fecha institucionalizada por la ONU en 1975 que tuvo su primera versión en 1911. En aquel entonces, las mujeres que marcharon exigían derechos que, gracias a décadas de lucha feminista, hoy sólo las personas más retrógradas podrían poner en tela de juicio —como el derecho a votar, el derecho a trabajar, el derecho a la no discriminación laboral y el derecho a ocupar cargos públicos—.

Cien años después y tras haber derribado varios muros opresivos que en su momento eran considerados “naturales”, la lucha feminista está ante un nuevo punto de quiebre. Por una parte, importantes elementos opresivos aún permanecen en las estructuras legales, sociales o económicas. Entre estos elementos, desde luego, se incluyen la violencia machista en todas sus manifestaciones —como los feminicidios o el acoso sexual—, la brecha salarial entre mujeres y hombres, la sobrerrepresentación de hombres en las altas esferas política y económica, o la discriminación. La existencia de todos y cada uno de estos elementos es, desde luego, respaldada por datos duros.

Pero por otra parte, la lucha feminista es más potente que nunca. Esto es claramente palpable al ver las imágenes de millones de mujeres que repletaron calles de ciudades alrededor del mundo —Mérida incluida— exigiendo terminar de una vez por todas con la opresión en su contra. También lo es cuando se considera el espacio mediático que este grupo de causas han ganado, el éxito de sus postulados básicos en las mujeres más jóvenes o el aumento del costo político que, al menos en las democracias occidentales, implica enarbolar banderas opresivas.

El feminismo —es decir, la búsqueda de la igualdad de derechos y oportunidades de desarrollo humano pleno y en los hechos entre mujeres y hombres— se materializa velozmente. Para ilustrar podemos adaptar una metáfora empleada por Kevin Drum para discutir otros asuntos. En 1911 la lucha feminista equivaldría a una mujer vaciando todos los días el contenido de un vaso lleno de agua al lecho vacío del lago más grande de Estados Unidos. El primer día, la mujer vacía 60 mililitros; el segundo, el doble; y así sucesivamente. Para cualquier testigo, la misión podría parecer imposible, pero por increíble que parezca, 80 años después ya el lago estaría a toda su capacidad. Algo parecido a este fenómeno, que puede llamarse el “sigilo de la multiplicación exponencial”, ocurre con la lucha feminista. La multiplicación constante ha alcanzado un punto de no retorno. No hace falta esperar otro siglo. Sin embargo, en el camino las mujeres tienen que enfrentar aún dos tipos de reflujos machistas.

(1) El primero y más evidente es la multiplicación de las “erupciones de poder” en forma de violencia machista. En Yucatán las agresiones físicas contra mujeres son un problema cotidiano. Este tipo de violencia tiene como una de sus causas principales la imposibilidad de algunos hombres de lidiar con la igualdad de género. El término “mujer” se refiere a un género que, a diferencia del sexo, no es una categoría biológica, sino una categoría social. Como toda categoría social, el “género” se ha modificado radicalmente con el paso de los años. Hace 100 años esa categoría social incluía predicados como “menos inteligentes que los hombres” o “incapaces de trabajar”.

En 2019 hay quienes siguen incluyendo en la categoría social “mujer” elementos opresivos, como dependencia, subordinación, recato, pasividad o poco deseo sexual. Y algunas de estas personas pueden encontrar difícil soportar que alguien a quien aplican esta categoría se salga de lo esperado. El resultado, un entorno violento y hostil contra todo lo asociado con esta categoría, es palpable en espacios públicos —como el metro de Ciudad de México o las calles del centro de Mérida—, las redes sociales o la esfera privada. La resistencia a esta cargada troglodita, particularmente no permitir que espacios ganados sean arrebatados, es fundamental para la causa feminista.

(2) Pero hay un segundo tipo de reflujo, menos violento, aunque no por ello menos grotesco, que la causa feminista tiene que enfrentar. Ejemplo perfecto de ello es el discurso del grupo que echó a andar el autobús con la fotografía de Hitler: la organización antiderechos HazteOir. En España, el discurso actual de esta organización exige “que acabe con la ‘ley de violencia de género’ y con la ‘ley de igualdad de género’. Este discurso se ha vuelto la principal bandera de Vox, un partido radical de ultraderecha de reciente creación que dice que hay tantos hombres como mujeres agredidas, que la mayoría de las denuncias por maltrato físico son falsas y que propone propugnar la ley de violencia intrafamiliar.

Si Vox puede exigir que desde el gobierno se cancele a las mujeres espacios ganados es porque ha logrado vender a un segmento de la población la quimera bautizada como “ideología de género”. La lucha antifeminista es parte clave del discurso de quienes suscriben esta quimera, pues el feminismo implica la disolución de roles asociados con el género —es decir, de parte de las causas estructurales de la opresión—. Pero para HazteOir, Vox o similares y conexos todo lo que tenga que ver con el género forma parte de una teoría de conspiración que busca destruir a la sociedad. Luego entonces, hay que acabar con el feminismo.

Una de las causas principales de los grupos antiderechos es, desde luego, contener el rápido avance de la ola feminista. Así, Vox considera a las feministas “feminazis” y llama a “cazarlas”, busca regresar a la época en la que la mujer estaba socialmente obligada a ser exclusivamente madre y esposa, y añora los tiempos de la dictadura franquista. No es casualidad que 7 de cada 10 de sus votantes sean hombres (“The New York Times”, 07/02/2019). La estrategia para acabar con el feminismo es desacreditarlo. Así, las mujeres que exigen igualdad plena son asociadas con etiquetas como “feminazis” o como víctimas de la “ideología de género”.

Los métodos empleados son los usuales de la ultraderecha que van desde organizaciones religiosas de buena fe hasta contenidos chatarra —como “fake news” o videos pseudocientíficos en Youtube— y grupos radicales como los “inceles”, un puñado de hombres heterosexuales que desde las alcantarillas del internet despotrica contra las mujeres y llama a agredirlas —la razón de su odio, descrita por ellos mismos: la imposibilidad de encontrar pareja romántica o sexual—. Esta estrategia, que ha logrado formar un reducido pero ruidoso grupo de seguidores, es complementada con alianzas políticas que mediante carambolas electorales pueden terminar llevando al gobierno a grupos antiderechos. Y entonces las posiciones discriminatorias o retrógradas pueden convertirse en políticas de Estado. Esto podría ocurrir en España en las próximas semanas.

La existencia y el discurso de grupos como HazteOir o Vox es relevante para Yucatán y para México, pues las organizaciones antiderechos locales suelen replicar lo que hacen sus contrapartes españolas. La duda no es si esto terminará ocurriendo, sino cuál será la primera organización local antiderechos en enarbolar la bandera de la “ideología de género” para postular que en Yucatán “la igualdad de género discriminaría a los hombres” o en decir que “no existe la violencia de género en el estado” o que “la mayoría de las agresiones que reportan las mujeres son falsas”. También está por verse qué políticos o partidos locales buscarán sacar provecho al antifeminismo del pequeño mercado antiderechos cautivo —argumentando, por ejemplo, que según sus cálculos “99% de las mujeres agredidas mienten”—. Ante esta amenaza, la construcción de un discurso articulado que complemente al activismo, la presentación de información clara y bien dirigida y la presencia permanente en redes son todas labores fundamentales a considerar en la causa feminista local.

Pero los grupos antiderechos también buscarán, mediante memes y propaganda, desacreditar, dividir y caricaturizar a las mujeres y organizaciones feministas. En este sentido, la cohesión, el diálogo y las redes con otras causas proderechos serán cruciales. Si bien es cierto que la experiencia en primera persona es fundamental y que para todo hombre el feminismo implica renunciar a privilegios, eso no excluye la posibilidad de solidaridad sincera y comprometida por parte de los hombres y organizaciones que comparten plenamente las causas feministas.

Movidas por la desesperación, las organizaciones antiderechos que defienden una cosmovisión opresiva han decidido echar mano de lo último que les queda para evitar la plena igualdad de género. Estas organizaciones son un vehículo más para los reflujos machistas. Si bien es cierto que su extinción debido al recambio generacional y a la multiplicación exponencial del feminismo es casi segura, por los motivos expuestos arriba sería un error subestimarles. Finalmente, no hay enemigo pequeño y estamos ante personas lo suficientemente alejadas de la realidad para exigir que no se discrimine a los hombres, o para promover el machismo a bordo de un autobús rotulado con una foto de Hitler.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

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