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Renovarse en la Cuaresma

Razonando nuestra fe

Emmanuel Sherwell Cabello (*)

Nuestra vida es cíclica, se repite regularmente cada cierto tiempo, y esto para muchos llega a ser un hecho o característica que les produce aburrimiento o cansancio y, en ocasiones, les molesta por tantas cosas que abruman: el tráfico, la inseguridad, el pago de colegiaturas, las enfermedades, el cansancio acumulado, las peleas en casa, la discusión con los hijos por no tener el dinero suficiente para comprar algo… son tantas cosas que se vuelven constante.

Ante ello enmudecen su conciencia y prefieren permanecer centradas en ellas mismas, y todo lo que suceda les da lo mismo. No les interesa todo es cíclico: muerte, vida, muerte, vida y así sucesivamente, desarrollando una perspectiva cíclica de sí mismas y su tiempo. Son más ciclos que personas.

Sin embargo, en la vida de todo cristiano una indiscutible realidad es que la vida es un proceso constante de conversión, un cambio interno de aprender a transformar nuestra actitud ante la vida con los demás y enfrentarse a lo cíclico, a las dificultades que emergen todos los días con un sentido nuevo, renovado, de esperanza, donde palpita el corazón de la fe.

El pasado miércoles hemos dado inicio al tiempo de Cuaresma y no es un ciclo más, no es un grupo más de casillas que figuran en el calendario de la pared de la casa. Es un camino de preparación que se nos ofrece para restaurar nuestro corazón, para renovarnos, reconvertirnos como un don gratuito de Dios para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

Esta época de Cuaresma es un nuevo espacio de tiempo para voltear la mirada a los detalles que requieren atención en nuestra vida.

Es buscar el silencio con nosotros mismos y de preguntarnos si nuestra vida va por el camino de bien, en la verdad y la vivencia de los valores cristianos.

Es un tiempo como dice el Papa Francisco para “abandonar el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos y nos dirijamos a la Pascua de Jesús; haciéndonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación”.

Que esta Cuaresma no sea una casilla más de nuestros calendarios, un ciclo más, sino una época en nuestra vida marcada por el hambre de restauración que hay en nuestro corazón, de una conversión sincera para reconfigurar nuestra mirada y poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual de Cristo.

Seminarista católico

 

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