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Ricardo Alberto Gutiérrez López: Nuestra primera rebelión: fútbol

El equipo independiente

Era el año 1955, yo tenía doce años y recién ingresaba a sexto de primaria en la escuela Modelo.

Un deporte que nos encantaba a mí y a mis amigos era el fútbol; los sábados por la mañana y todos los días por las tardes asistíamos juntos a clases de deporte con el maestro Juan N. Cuevas (don Juanito), quien a la hora de impartirla solía cambiar su flus gris por una guayabera y una corbata de lazo, lo único que nunca cambiaba eran sus zapatos, de eso estoy seguro.

Recuerdo que solíamos jugar a peleadores contra defensores en el terreno que se encontraba al fondo de la escuela, la dinámica era la siguiente: Durante diez minutos el equipo de los peleadores tenía que meter la mayor cantidad de goles al equipo de los defensores, después los roles se invertían y el equipo que lograra anotar más goles como equipo peleador resultaba victorioso.

Mis amigos y yo disfrutábamos mucho jugar juntos, comer juntos y disfrutar de la vida, se podría decir que nuestras vidas se guiaban de cierta manera por nuestro deseo de jugar fútbol.

Algo que nos hizo sentir muy frustrados fue el hecho de que ninguno de nosotros fuera escogido para formar parte de la selección infantil de nuestra escuela, pero a la vez estábamos conscientes de nuestra realidad, pues no éramos exactamente los mejores jugadores. Aun así, no nos rendimos.

Conversando entre nosotros, platicábamos acerca de lo mucho que nos hubiera gustado jugar en el estadio Salvador Alvarado, lugar donde se llevaba al cabo el campeonato infantil de todas las escuelas de Mérida.

Para nuestra suerte Quico Aguilar (el líder del grupo) logró contactar por medio de su hermano Alfredo a uno de los organizadores del campeonato y logró inscribir a nuestro equipo, al cual decidimos llamar Equipo Independiente, pues no representaba a ninguna escuela.

La camiseta de nuestro uniforme era azul con una franja blanca, la de nuestra escuela (la Modelo) era blanca con una franja azul. Yo solía verter un polvo llamado “azul” en una cubeta con agua e introducir una camiseta blanca para que ésta se tiñera; mi madre cortaba una franja blanca y la añadía a la camiseta para que el uniforme estuviera completo.

Con nuestros uniformes listos, que no tenían número ni el nombre del equipo, estábamos preparados para jugar en el campeonato estatal en el estadio Salvador Alvarado; nada nos detuvo, ni siquiera las burlas de los alumnos de secundaria que nos llamaban traidores o los castigos que nos puso el maestro don Juanito Cuevas con tal de que estudiáramos más en vez de jugar fútbol.

Integrantes

Algunos de los integrantes de nuestro equipo eran: (perdón si olvido a alguien..., es la edad) Manlio y Erik Díaz Millet, Carlos Sauri Campos, Carlos Villamil Solís, Víctor Roche Rejón, Yrván Martínez Menéndez, Avelino Ruiz López, José Cámara Gual, Manuel Evia C., Ricardo Gutiérrez López y Luis Castro Palavicini, quien era el que más se destacaba por su buen dominio del balón.

Castro Palavicini era el que mejor jugaba, aunque no tenía precisamente el físico de un futbolista.

El resto del equipo estaba conformado por algunos internos del colegio Hidalgo, del cual el papá de Quico (don Remigio) era el director.

Nuestro primer partido finalmente comenzó y para ser sinceros no recuerdo los marcadores de los partidos ni de qué lugar ocupamos en la tabla general, lo que sí recuerdo con mucha gratitud era lo mucho que nos divertíamos.

También recuerdo el grave dilema cuando nos enfrentamos a la selección de nuestra propia escuela, pues no nos dejaríamos ganar, no sería justo. Según mis compañeros, quedamos empatados.

Al final, hicimos algo que en aquella época no se podía ni debería hacer, algo diferente. No me arrepiento de lo que hicimos, nuestra voluntad fue igual de grande que nuestro corazón y gracias a ello cumplimos nuestro sueño.— Mérida, Yucatán.

leconser@yahoo.com

Exdiputado y expresidente del Congreso del Estado.

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