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Riqueza de la libertad

Cosas cotidianas

Javier Caballero Lendínez (*)

Hace unos días, después de platicar someramente con Olegario Moguel Bernal, director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia y editorialista de Diario de Yucatán, acerca de Venezuela y la evolución de las mordazas a los medios de comunicación a lo largo de todos estos interminables años de dictadura “progresista”, comencé a pensar en las similitudes de países gobernados por un sistema similar y cómo los medios de comunicación tienen cada vez más difícil ser un contrapeso real que ilumine los intentos de democracia y no se apague al fondo de un callejón sin salida.

Que los gobiernos en turno de todos los países critican a los medios de comunicación no es algo extraño. Ir contra quienes los ponen en fila, les sacan sus vergüenzas, los transparentan y —en muchos casos— legalizan y apegan a la justicia a pesar de los intentos de no dejarse, puede enojar a cualquiera. No importa la facción, neoliberal, comunista, socialista y el resto de los -istas. Molesta, y mucho. Pero me alegro.

Fundamental

En un gobierno como el que hoy dirige México, la polarización, la división y el enfrentamiento entre buenos y malos, ricos y pobres, honrados y corruptos, adeptos o enemigos tiene mucho que ver con la salud de los medios de comunicación. Para él, la soberanía del pueblo debe estar al frente de cualquier manifestación de poder, ya sea económico, cultural o incluso mediático. Y su esfuerzo se multiplica en ese intento por hacer cumplir el designio.

Pensemos en esta ecuación: considerando esa lógica, para gobiernos como el de este país y similares, los medios de comunicación deberían estar también al servicio del pueblo soberano o más concretamente, los medios de comunicación no deben enfrentarse a los deseos del pueblo, los cuales están íntimamente ligados a los propios deseos y quehaceres del gobierno (portavoz de lo que el pueblo necesita), especialmente si el partido o la persona que tiene el control del poder ejecutivo también lo tiene del legislativo.

La solución es simple, casi como silogismo: si tomamos como cierta esa ecuación, los medios de comunicación deberían estar al servicio de este gobierno porque éste ha sido elegido por el pueblo. De ahí la necesidad de tener medios de comunicación al servicio del Estado y de ahí la necesidad de dictaduras como la de Venezuela, de agrupar la prensa bajo el yugo del gobierno. Así, simple y masticadito.

Por suerte y por mucho que se intente, la situación no es así y sigue habiendo medios libres e independientes que cuestionan al gobierno en turno y dan herramientas a la población para que tomen sus propias decisiones, no manipuladas. Esa es una de las verdaderas joyas del pueblo, tener una prensa de ese calibre.

En este contexto, un motor o un medio convertido en influyente y en contrapeso del gobierno debe ser presionado, limitado e investigado por éste y los organismos competentes. Un ejemplo lo vemos con la asociación por el derecho a informarse libremente Article 19.

Y es en este punto donde acontece lo más bonito de esta humilde opinión que hoy comparto. Es aquí donde todo confluye, donde se demuestra de manera fehaciente que efectivamente el pueblo es soberano, pero no como lo quiere el gobierno, sino de manera libre, sin intérpretes inservibles ni guías ni gurús. Es en este punto donde el pueblo no solo elige libremente un gobierno, sino que también elige libremente qué medio de comunicación desea para informarse y cuál no; qué cuentas de Twitter sigue o no; qué periódico agarra en un puesto de la calle; qué estación de radio sintoniza; qué canal de televisión escoge…

La labor del gobierno, pues, debe estar enfocada en facilitar y no frenar la pluralidad en los medios de comunicación para que el pueblo libre siga siéndolo por encima de cualquier vocación de Jesucristo, Gandhi, Luther King o Mandela.

Réquiem

Contrapesos, contrapesos y más contrapesos es lo que necesita un país para una democracia sana, ya sea en los diferentes poderes, en el movimiento económico y empresarial o en la prensa, entre otros muchísimos ámbitos.

Sin eso, como escribía hace unas semanas, estaremos perdidos como sociedad y sin rumbo claro ni fijo los siguientes años y generaciones.— Mérida, Yucatán.

Periodista de Megamedia

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