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Rodrigo Llanes Salazar: Crianza con justicia social

Rodrigo Llanes Salazar
Rodrigo Llanes Salazar

 

Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

Para Ileana

Hace poco más de cinco meses —cinco meses y seis días— nació mi primera hija, Emilia.

Es común escuchar entre padres primerizos la pregunta: “¿seré un buen padre?”. Por alguna razón —la atención al embarazo, la pandemia de Covid-19, los pormenores del teletrabajo—, esa pregunta no me había agobiado aún. Durante el embarazo, mi pareja y yo leímos partes del libro “Qué puedes esperar cuando estás esperando” de Heidi Murkoff, ignoraba lo popular que es el libro, y mi esposa y yo nos sorprendíamos cada vez que veíamos alguna película o serie en la que aparecía el texto. También tomamos un curso psicoprofiláctico y contratamos a una consultora certificada en lactancia materna.

No obstante, cada vez más, las inquietudes sobre qué mundo le depara a Emilia me llevan a cuestionarme sobre la crianza. Miles de jóvenes alrededor de todo el mundo han denunciado con razón que las decisiones que actualmente tomamos los adultos —en temas como el uso del carbón, las emisiones de metano o la deforestación— les afectarán —y ya están afectándonos— profundamente. Sé que, a pesar de los movimientos feministas, el mundo es aún más duro para las mujeres.

La mayoría de los consejos de crianza que he obtenido son sobre aspectos cotidianos que a primera vista no tienen mucho que ver con problemas como el cambio climático o los derechos de las mujeres. Por ejemplo, con qué agua bañar a mi hija durante sus primeros meses o cuándo y cómo introducir alimentos sólidos. Pero, evidentemente, hasta la práctica más cotidiana tiene que ver con esos problemas más amplios: necesitamos tener acceso a agua limpia y alimentos sanos; para poder escribir este artículo, mi esposa debe hacerse cargo de Emilia por un par de horas.

En este mar de inquietudes, encontré el libro de la Dra. Traci Baxley, “Social Justice Parenting. How to Raise Compassionate, Anti-Racist, Justice-Minded Kids in an Unjust World” (“Crianza con justicia social. Cómo educar hijos compasivos, anti-racistas y con mentalidad de justicia en un mundo injusto”, Harper, 2021).

La Dra. Baxley se identifica como una mujer, madre y educadora negra. Y, aunque el libro tiene una perspectiva de justicia social, está dirigido principalmente a madres —eventualmente se dirige a padres (otro interesante libro que estoy leyendo, “Criar sin mitos”, de Emily Oster, también se dirige principalmente a madres. ¡Se necesitan más obras dirigidas a hombres-padres!).

A partir del brutal asesinato de George Floyd en mayo de 2020, unas de sus últimas palabras, “no puedo respirar”, se volvieron icónicas: se convirtieron en consignas de marchas del movimiento Black Lives Matter, en leyendas escritas en paredes y camisas, en letras de canciones. Baxley nos recuerda que el último suspiro de Floyd fue “mamá”. Este suspiro, afirma Baxley, “sonó como un grito de batalla para las madres en todas partes”. Este es uno de los motivos centrales en su libro.

En “Criar con justicia social”, Baxley se basa en el principio del “amor radical”, entendido como un amor incondicional que requiere estar para otras personas, incluso cuando es difícil, y no esperar nada a cambio. El amor radical se centra en los sentimientos y perspectivas de las otras personas, en ver la humanidad dentro de todas las personas. Es el deseo de luchar con y por otros.

Para Baxley, la crianza con justicia social no debe basarse en el miedo, sino en el amor radical. Así, esta crianza tiene como objetivo educar hijos que puedan defenderse a sí mismos, empatizar con otros, reconocer injusticias y volverse proactivos en cambiar esas injusticias. Significa querer no solo mejor para nuestros hijos, sino para todos los hijos.

Un hogar con justicia social es, según Baxley, uno que está basado en las vidas, intereses y experiencias de cada miembro de la familia. Implica conocer a cada integrante de la familia y asumir el desafío de saber qué es lo que cada persona quiere para sí, no lo que nosotros (como padres) queremos o anhelamos para ellos.

Implica, también, ser personas pro-justicia, no solo “buenas personas”. La diferencia entre ser una “buena persona” y ser “pro-justicia”, es la acción, afirma Baxley. Ser una buena persona es algo pasivo, pero ser pro-justicia requiere empatía y coraje, y ambas pueden ser enseñadas y practicadas en casa.

Construir un hogar con justicia social requiere ser reflexivos y dialógicos, mantener una comunicación y diálogo abierto sobre los problemas que enfrentamos, por más difícil que pueda ser iniciar y mantener una conversación con nuestros hijos sobre temas como el racismo o la desigualdad de género.

Baxley nos recuerda primero que, de acuerdo con Ibram X. Kendi, “lo opuesto a ‘racista’ no es ‘no racista’. Es ‘anti-racista’”. Un ejemplo es el movimiento abolicionista, es decir, aquellas personas que consideraron que no era suficiente no tener esclavos, sino que era necesario luchar en contra de la esclavitud como institución. La acción es el fundamento del trabajo anti-racista. ¿Cómo criar hijos anti-racistas?

Una primera cuestión es reconocer y deshacer nuestros privilegios. Baxley dedica varias páginas al problema del reconocimiento de los privilegios y cómo ser reflexivos con ellos. Por ejemplo, nos invita a reflexionar: cuando éramos niños, ¿nuestros padres nos hablaron sobre el tema del privilegio? Si no lo hicieron es muy probable que hayamos sido educados desde el privilegio. Probablemente, los lectores hombres, jóvenes y/o adultos, de piel “clara”, de clase media o alta, que hablan español (e inglés y otras lenguas), heterosexuales, católicos, sin discapacidades y neurotípicos no se preocupen mucho por los privilegios y no sean conscientes de ellos.

Pero no se trata, aclara Baxley, de hacer sentir culpables a las personas por sus privilegios, sino de convertir los privilegios en alianzas. Por eso, sostiene que debemos hablar con nuestros hijos sobre los privilegios, que estos entiendan el impacto de los privilegios en sus vidas y en las vidas de otras personas.

Ciertamente, el término “aliado” ha sido constantemente cuestionado en diversos movimientos sociales y colectivos que luchan por sus derechos. Hay movimientos y colectivos que rechazan la figura del aliado. Baxley la acepta, pero nos recuerda ser aliado implica no ser el centro de atención, sino que debes dar espacio a otros que son diferentes, a aquellos que en el momento son marginados. Que los conocimientos de los aliados nunca son más grandes que las experiencias vividas de las personas con las que decidimos aliarnos. Honrar y respetar estas experiencias de vida requiere que escuchemos más y hablemos menos. “Ser un aliado implica asumir las luchas y batallas de otros como las propias”, escribe Baxley.

Si bien en Estados Unidos se usa legal y cotidianamente el término raza, en México no solemos usar esta palabra en el mismo sentido, lo que ha llevado a afirmar que en nuestro país no hay racismo. Tal vez para quienes niegan la existencia del racismo pueda servir el término “colorismo”, concepto que alude a la creencia de que las personas con un tono de piel más clara son superiores a las de tonos más oscuros. Así, aunque en Yucatán no hablemos de razas, las personas con color de piel más claro suelen ser las privilegiadas y las personas con tonos más oscuros de piel suelen ser las marginadas. ¿Qué hacer frente a esta situación?

“Enseña a tus hijos sobre el concepto de privilegio, cómo las diferencias de privilegios crean circunstancias más difíciles para algunos grupos de personas, usa ejemplos de la vida real”, recomienda Baxley. Hay que identificar el racismo, hablar con nuestros hijos sobre él, luchar contra él, inculcando el mensaje de que deben ser aliados (por ejemplo, ofreciéndoles ejemplos de jóvenes que han hecho una diferencia como aliados).

Sé que la lectura de un libro no es suficiente. El racismo —y/o colorismo— se encuentra profundamente arraigado en nuestra sociedad. Como lo expresa Baxley, es como el esmog, lo respiramos, aunque no lo veamos. En un artículo reciente, Wajahat Ali, periodista estadounidense de origen pakistaní, narra los esfuerzos para que su hija Nusayba ame su piel oscura: “hablamos con frecuencia de cómo la gente en Estados Unidos es tratada de forma diferente por su raza o color de piel, o porque su aspecto es distinto al del grupo mayoritario”. Es decir, parece poner en práctica parte de lo que Baxley recomienda.

Por cada “Blancanieves” o “Enredados” que veían, Ali y su esposa le ponían a Nusayba películas como “Moana”, “Mulán” o “La princesa y el Sapo”, todas ellas protagonizadas por mujeres con color de piel más oscuro. A pesar de todo ello, su hija se sentía inferior por el color oscuro de su piel. Es justo porque niñas como Nusayba se sienten mal por el tono de su piel que la crianza con justicia social es necesaria.— Mérida, Yucatán

Investigador del Cephcis-UNAM

 

 

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