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Rodrigo Llanes Salazar: Estatua y colonialidad

Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar ¨(*)

“Yo les aconsejo que si quieren manifestar su indignación, no miren hacia un pasado que ni siquiera conocen, reclamen por el presente, vayan al hospital del Seguro Social y exijan medicinas y atención para los miles de indígenas que no la están recibiendo adecuadamente”, escribió María Elena Ponce Laviada en estas páginas a propósito de la manifestación en contra de la estatua de los Montejo realizada el pasado 12 de octubre.

Las protestas en contra de las estatuas de colonizadores como los Montejo no solo miran hacia el pasado, sino que en su reclamo afirman que el pasado colonial aún es parte de nuestro presente. Aunque México se haya independizado de España, la cuestión colonial —por llamarle de alguna forma— no concluyó por decreto. Persiste lo que investigadores como Rodolfo Stavenhagen y Pablo González Casanova llamaron “colonialismo interno” —las comunidades indígenas como colonias de las ciudades—, o lo que las y los teóricos del “giro decolonial” han analizado como “colonialidad”.

México se independizó de España, pero la cuestión colonial no se acabó. Las élites criollas continuaron aspirando ser como las élites de las metrópolis europeas, primero, y estadounidenses, después. El “México imaginario”, como le llamó el brillante antropólogo Guillermo Bonfil, quiso ser como España, luego como Francia y finalmente como Estados Unidos.

La colonialidad, por su parte, tiene múltiples expresiones: en el “poder”, pues, en países como México, los principales recursos políticos y económicos siguen siendo controlados por los sectores no indígenas. En el “saber”, pues los conocimientos que suelen ser más valorados son aquellos producidos en las universidades estadounidenses y europeas, en publicaciones “internacionales”, no en las comunidades locales. La colonialidad tiene muchas expresiones más: nuestros estilos de vida, estándares de belleza, entre otros tantos ámbitos que afectan nuestra vida diaria, siguen marcadas por la herida colonial.

Muchos de los problemas señalados por Ponce Laviada tienen su origen o se ven agravados por la herida colonial (no quiero decir que la cuestión colonial explique todos nuestros problemas, pero incluso otros males como la corrupción, suelen tener un sesgo colonial). Por ejemplo, la falta de medicinas y atención médica para miles de indígenas.

Aunque en los centros de salud públicos ya suelen haber letreros en lengua maya, la atención en esta lengua sigue siendo deficiente, en parte —y enfatizo en parte— porque es más fácil desviar recursos públicos correspondientes a comunidades indígenas —las “colonias internas”— que en los centros urbanos: la cobertura del tema y la indignación no son las mismas que cuando se afectan a los no indígenas.

Aunque el personal de salud tenga buenas intenciones con sus pacientes, muchas veces se discriminan las concepciones de enfermedad y salud de las personas mayas —sus nociones sobre el cuerpo, sobre los vientos, sobre el frío y el calor, etc—-. Tampoco suele tomarse en cuenta las propiedades medicinales de las plantas locales. O, peor aún, proyectos como los desarrollos inmobiliarios —que, por lo común, benefician principalmente a no indígenas— tumban los montes y acaban con esas plantas. Distribución del poder y de los recursos, discriminación de saberes, todo ello es parte del legado del colonialismo y aún lo padecemos.

Las protestas en contra de las estatuas a colonizadores buscan cuestionar esa herida y herencia colonial. ¿Qué mejor demostración de que la cuestión colonial no es solo un asunto del pasado, sino que es exaltada en el presente por ciertos grupos de la sociedad?

La estatua a los Montejo fue cuestionada desde que se erigió en 2010. No obstante, a partir del año pasado, tras el brutal asesinato de George Floyd, en distintas partes del mundo grupos de ciudadanos se manifestaron en contra de estatuas a colonizadores o a personas consideradas racistas. En esta ola antirracista, en Mérida también se discutió, de nuevo, cuál debe ser el destino de la estatua a los Montejo.

No pretendo regresar a esa discusión. Por el momento solo quiero detenerme en una cuestión abordada en el artículo de Ponce Laviada: la historia. Ésta se encuentra en constante disputa. No existe de manera “natural”, como un animal en la selva esperando a ser descubierto o cazado, sino que es construida -documentada, narrada, estudiada- a partir de intereses particulares. Dicho con otras palabras, no hay una forma inocente y neutral de tratar la historia.

Por ejemplo, en la escuela primaria aprendí que el 12 de octubre se celebraba el “Día de la Raza”. Era la fecha simbólica de la leyenda nacionalista del Descubrimiento y del Mestizaje: Cristóbal Colón “descubrió” América y los españoles conquistaron a los indígenas y de este “mestizaje” resultamos los “mexicanos”. Es la historia de la construcción del Estado nación mexicano que ha sido cuestionada tanto académica como políticamente.

Dicha educación nacionalista también ha sido una educación sentimental, es decir, no solo moldea la forma en la que vemos el mundo, sino también como lo sentimos. Es por ello que personajes como los Montejo no solo son considerados padres fundadores, sino que también enorgullecen a algunos, despiertan sentimientos que exigen exaltarlos.

Por lo menos desde la década de los setenta del siglo pasado, diversas organizaciones indígenas, profesores indígenas bilingües, así como antropólogos críticos, cuestionaron la leyenda nacionalista del Descubrimiento y el Mestizaje. Allí donde algunas personas veían descubrimiento, las organizaciones y activistas indígenas veían conquista; donde algunos veían mestizaje, otros veían etnocidio (aniquilación de las culturas indígenas).

Del mismo modo, allí donde algunas personas ven paz colonial, otras ven violencia y explotación de los indígenas. Es verdad que en Yucatán los españoles no encontraron oro y plata, pero, como escribió Bartolomé de las Casas, los españoles “hicieron oro de los cuerpos” de los indios: la producción de la riqueza dependió sobremanera en la explotación de la fuerza de trabajo india y en la extracción de tributo. Los mayas fueron tratados como bestias de carga y tuvieron que soportar duros trabajos en la explotación de recursos como el añil. Ya declarada la independencia, los peones de las haciendas —mayas, yaquis, coreanos, entre otros— se encontraron en muchos casos en condiciones de franca esclavitud. La pobreza y marginación de las comunidades indígenas actuales, así como el racismo en contra de los mayas —al considerarlos pobres, flojos, ignorantes, etcétera- no se entienden sin esa historia colonial.

Revisiones

Por eso algunos intelectuales y organizaciones mayas llevaron al cabo actos de revisión histórica, como la escritura de la historia desde la perspectiva de los mayas —como los libros “Los mayas a través de la política”, de Bartolomé Alonso, y “Rebelión y resistencia del pueblo maya/Tsikbal”, del Equipo Indignación— y también erigieron monumentos a personajes mayas —como a Manuel Antonio Ay en el pueblo de Chichimilá—. Es decir, desde décadas atrás se han realizado manifestaciones culturales que cuestionan la narrativa histórica oficial y los monumentos a los colonizadores, y que reivindican la historia contada desde otra perspectiva.

Me parece que las protestas en contra de las estatuas de los Montejo no son solo o principalmente en contra de los Montejo como personas —los defensores de las estatuas suelen señalar que estos colonizadores fueron menos crueles que otros—, sino contra lo que representan: la herida colonial que aún persiste.

Desde luego, antes del colonialismo español había problemas de desigualdad, explotación y violencia. Es verdad que las rivalidades entre los linajes de quienes hoy se llaman mayas fueron una parte importante en la colonización. Pero las protestas en contra de las estatuas no exigen un retorno a un pasado precolonial, tampoco reivindican un linaje en particular, como el de los Cocom. Más bien, denuncian el racismo persistente y todas las formas de colonialidad que inferiorizan, excluyen y humillan a gran parte de la población del estado. El reclamo de derribar la estatua de los Montejo es el de la construcción de una convivencia intercultural, en la que no se exalten los símbolos del colonialismo ni del racismo.—Mérida, Yucatán

rodrigo.llanes.s@gmail.com

Investigador del Cephcis-UNAM

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