in

Rodrigo Llanes Salazar: La generación de cristal

Rodrigo Llanes Salazar

Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

La semana pasada, un usuario publicó en Twitter la siguiente pregunta: “¿Ustedes se imaginan lo que pasaría si este disco hubiera sido publicado en esta época de la generación de cristal?”. Se refería a “¿Dónde jugarán las niñas?”, el álbum debut de la banda mexicana Molotov.

No hay necesidad de imaginar qué pasaría en esta época, ya que, desde que fue publicado en marzo de 1997, el disco de Molotov ha causado diversas polémicas. En la portada del álbum vemos a una mujer con uniforme escolar con las pantaletas a la altura de las rodillas, recostada en el asiento trasero de un coche. Y, recordemos, el álbum se llama “¿Dónde jugarán las niñas?”, una parodia al título del álbum de Maná “¿Dónde jugarán los niños?” —el cual, a su vez, nos remite al título de la canción que abre el clásico disco de Cat Stevens, “Tea for the Tillerman”—.

“Queríamos decir algo así como ‘escondan a sus niñas’. Ni siquiera éramos tan groseros ni tan pasados de lanza. Todos tenemos hijas y ahora no estamos tan chistosos”, declaró Molotov en una entrevista con “El País” publicada en julio de 2016. “¿Dónde jugarán las niñas?” también provocó controversias por las letras de sus canciones. Recuerdo que cuando salió el disco muchos padres no dejaban escucharlo a sus hijos, sobre todo por la serie de insultos presentes en las letras de las canciones. Pero también se tomaron acciones legales. En 1998 la fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y la fiscalía de Barcelona presentaron demandas contra Molotov, acusándolos por discriminación contra los homosexuales e incluso por incitar “al asesinato de los homosexuales” en la canción “Puto” (“El País”, 22-10-18). Al respecto, en entrevista con “El País”, la banda ha aclarado que la “canción hablaba de la cobardía, de no ser agachón. Nunca tuvo un sentido homofóbico”.

Recordemos que en la citada canción, Molotov hace referencia al “que no brinque y no reclame”, al “que no grite y eche desmadre”, al que “quedó conforme”, “creyó lo del informe”, al “que nos quita la papa”, “también todo el que lo tapa”. Se podría decir que es una canción que critica más la corrupción de la política mexicana que una declaración homofóbica. No obstante, como ha observado el abogado español Álvaro Rojo Quintana, la letra de la canción, que también incluye las líneas “Marica nena más bien putín” y —adaptando a Cri Cri—, “Matarile al maricón”, “¿No fomenta igualmente la homofobia al relacionar a los sujetos de esa crítica con el colectivo homosexual o la utilización de la palabra ‘maricón’ como insulto?” (“Periodista Digital”, 22-3-20).

Y, como ha documentado María del Carmen de la Peza, académica de la Universidad Autónoma Metropolitana y estudiosa del rock mexicano, en sus letras Molotov presenta una “imagen grotesca del cuerpo femenino”, la cual puede tener “un carácter contestatario, subversivo y transformador”, ya que “desacraliza la imagen de la mujer sublime, santa y pura y su contraparte que considera a la mujer como ‘tentación del demonio’, perversa, mala y traicionera y como la causa de todos los males que padecen los hombres”. No obstante, De la Peza también reconoce que letras de canciones como “Quítate que ma’sturbas” tampoco cuestionan “la condición subordinada y sometida de la mujer” (“La imagen grotesca del cuerpo femenino en las canciones de Molotov. ¿Hacia un nuevo tipo de grotesco realista?”).

Regreso al tuit. Es fácil imaginar lo que pasaría si “¿Dónde jugarán las niñas?” se publicara en esta época ya que, ya sea por su portada en la que se insinúa una violación —“escondan a sus niñas”—, por la homofobia presente en la crítica al sistema político mexicano o por las representaciones grotescas, el disco ha sido objeto de crítica y censura desde hace más de veinte años. Pero no dejan de ser interesantes algunas de las respuestas al citado tuit, sobre todo el aspecto generacional.

De acuerdo con diversos medios de comunicación, algunos usuarios de Twitter “pidieron cancelar al grupo por ‘sexualizar a una menor de edad’ en la portada del disco”. No aclaran a qué se refieren con “cancelar”: ¿cancelar contratos y conciertos?, ¿censurar del nuevo el disco, cambiar su portada?

Lo que me interesa destacar es la cuestión generacional. Un tuit comenta “se me olvida que ustedes son la generación que no le vio nada de malo a un album [sic] representando a una menor de edad en la portada en una situación sexual, amo ser de cristal :-)”. En otro tono, otro menciona, “La generación de cristal no tiene ni idea de lo revolucionarios que fueron. Ni siquiera pueden llegar a imaginar de cómo era vivir en un mundo donde solo existía la televisión y censuraban todo”.

Un tuit más declara: “me encanta como [sic] nos llaman generación de cristal por no dejar que sexualicen a menores de edad, pero no les toques la familia tradicional, la educación sexual integral o el aborto porque se ofende la verdadera generación de cristal”.

Existen varias definiciones sobre la “generación de cristal”. Generalmente, con este término se hace referencia a la generación nacida a partir de la segunda mitad de la década de los noventa —justo cuando Molotov grababa su primer disco— y que, entre sus principales características se encuentra la vulnerabilidad. En discusiones como la que provocó el tuit sobre Molotov, un aspecto que se destaca de la “generación de cristal” es que se “ofenden por todo”. La representación sexualizada de una estudiante o llamarle puto a un corrupto no ofendían a la generación X, pero sí a la generación de cristal.

Por una parte, eso me parece muy bien. Injusticias, agravios y opresiones que antes eran tolerables actualmente ya no lo son. Así, por ejemplo, en su fascinante libro “La invención de los derechos humanos”, la historiadora Lynn Hunt ha documentado cómo a partir del siglo XVIII la tortura, tan naturalizada en la Europa medieval, comenzó a ser considerado algo inaceptable. Hoy es ampliamente condenada. Y, así, prácticas y discursos machistas, racistas y colonialistas ya no son toleradas hoy por diversos sectores de la población.

Por otra parte, como argumentaron diversos académicos, escritores, periodistas y artistas en “Una carta sobre justicia y debate abierto” publicada en línea en “Harper’s Magazine” el pasado 7 de julio, también resulta peligroso “el clima intolerante que se ha establecido en todas partes”. Las personas que firmaron la carta se manifiestan a favor de la “justicia racial y social”, pero también advierten sobre la amplia extensión de la censura, así como de “una intolerancia de puntos de vista opuestos, una moda por imponer la vergüenza pública y el ostracismo y la tendencia a disolver cuestiones políticas complejas con una certitud moral cegadora”. “La restricción del debate —afirman—, ya sea por parte de un gobierno represivo o una sociedad intolerante, invariablemente perjudica a quienes carecen de poder y hace que todos sean menos capaces de participar democráticamente” y defienden “una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la toma de riesgos e, incluso, los errores”.

Como reconoce uno de los tuits sobre el asunto Molotov, esta actitud intolerante, de censura, ocurre entre diferentes sectores políticos, desde quienes condenan la homofobia y las representaciones sexistas de las mujeres como quienes denuncian la reivindicación del matrimonio igualitario y el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos.

Entonces, ¿la solución es “cancelar” a Molotov (lo que sea que signifique “cancelar” en este caso)? A propósito, recordemos que otra banda mexicana, Café Tacvba, desde hace unos años dejó de tocar una de sus canciones más famosas, “La ingrata”, la cual al final dice “Por eso ahora tendré que obsequiarte un par de balazos pa que te duela”. Al respecto, la banda declaró que “éramos bien jóvenes cuando se compuso y no estábamos sensibilizados con esa problemática [los feminicidios] como ahora todos sí lo estamos (...) las canciones son cultura, y esa cultura es la que hace que ciertas personas se sientan con el poder de agredir, de hacer daño”. Recientemente, la banda reinventó la canción con el título de “Ingrato”, lo cual ofendió a muchos fans que consideraban que la versión original era mejor.

No sé cuál sea la solución, pero el de Molotov es solo un caso de los miles que hay en la historia de la música en los que, por ejemplo, se reduce a una mujer como mero objeto de deseo o se celebran relaciones románticas tóxicas. No me refiero solo a canciones y discos de rock, sino también a cientos de baladas románticas interpretadas por cantantes populares como Luis Miguel y muchos otros más.

Con la generación de cristal, creo que es acertado ser conscientes de los elementos opresivos que hay en las prácticas y discursos culturales del pasado y el presente, pero, a diferencia de ella, dudo que la mejor respuesta sea la censura. Más bien, habría que formular una crítica argumentada de por qué en un determinado momento podía indignar más un insulto en una canción que la imagen de una estudiante sexualizada, o por qué en una crítica del sistema político corrupto pueden encontrarse también expresiones que resultan denigrantes para sectores enteros de la población.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

Investigador del Cephcis-UNAM

"Hanna" deja inundaciones en el norte de México (Vídeos)