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Rodrigo Llanes Salazar: Sin señas particulares

Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

“No hay delito que perseguir”, responde un agente del Ministerio Público a Magdalena en una de las primeras escenas de la excepcional película “Sin señas particulares”, dirigida por Fernanda Valadez y co-escrita con Astrid Romero.

“Sin señas particulares” sigue el calvario recorrido por Magdalena en busca de Jesús, su hijo menor de edad, quien desapareció después de haber decidido emigrar para trabajar en Arizona, Estados Unidos.

También narra la historia de Miguel, emigrante deportado de los Estados Unidos y quien se encuentra con Magdalena en la búsqueda de sus familiares.

Para el agente del Ministerio Público, el hecho de que Jesús, el hijo de Magdalena, se haya marchado bajo el consentimiento de ella, implica que “no hay delito que perseguir”. Una lógica similar se aplica a casi todos los casos de desapariciones en México.

El pasado 30 de agosto, en el marco del Día internacional de las víctimas de desapariciones, la Oficina de Washington para Asuntos Latinoamericanos, WOLA, lanzó la campaña “Terminar con las desapariciones empieza por la justicia” (1).

A partir de datos del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, WOLA informa que de las más de 23 mil personas desaparecidas entre 2018 y 2020, “menos de un tercio (...) estaban registradas como víctimas de algún delito concreto en el Registro, y muchas menos estaban registradas como víctimas de los delitos tipificados en la Ley General contra la desaparición”.

De modo similar, el pasado 6 de octubre, Karla Quintana, titular de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas, compareció ante el Senado de la República e informó sobre la “profunda crisis” de desaparecidos que sufre México.

En realidad, afirmó Quintana, México padece una triple crisis: una de desapariciones, una en materia forense —pues en México hay por lo menos 40 mil cuerpos sin identificar— y otra de justicia (o, más bien, de impunidad).

De acuerdo con la información expuesta por Quintana, en materia de desaparición forzada solo existen 35 sentencias de jueces federales y estatales en México. Peor aún: más del 98 por ciento de los casos se encuentra en la impunidad. Impera una “impunidad total, que va desde la investigación hasta la emisión de la sentencia”.

El 4 de octubre, esto es, el lunes de la semana pasada, 92,794 personas estaban reportadas como desaparecidas en México. Dos días después, cuando compareció Quintana en el Senado, la cifra ascendió a 92,844.

Al momento de escribir estas líneas, la cantidad se ha elevado a 93,015 personas. La gran mayoría son hombres jóvenes, de entre 20 y 40 años, así como mujeres todavía más jóvenes, de entre 15 y 25 años.

¿Qué significan estas cifras, más de 200 personas que han desaparecido en menos de una semana? Se suele decir, con cierta razón, que las cifras son frías y que no nos permiten comprender el sufrimiento que viven las y los familiares de las personas desaparecidas. Por eso, tanto las investigaciones académicas como las periodísticas, además de contar cifras y explicar el contexto económico, político, social y cultural de las desapariciones, nos ofrecen testimonios para ponderar la magnitud de una desaparición.

Un reciente reportaje de “The New York Times”, titulado “DESAPARECIDOS”, nos ofrece un testimonio que, lamentablemente, ya resulta familiar en México. En él, Noemy Padilla Aldáz, quien lleva dos años buscando a su hijo Juan Carlos, relata: “es una incertidumbre muy fea que no se la deseo a nadie. Si supiera que él está muerto, pues ya supiera que ya no está sufriendo. Pero no sabemos. Y es más una tortura eso de no saber”.

El arte también nos brinda posibilidades para comprender y empatizar con las víctimas de desapariciones y sus familiares. “Sin señas particulares”, película premiada nacional e internacionalmente, lo hace sin recurrir al melodrama. Con un extraordinario trabajo cinematográfico de Claudia Becerril Bulos —hay que destacar que, básicamente todo el equipo de la producción está conformado por mujeres—, el filme sigue a Magdalena a través de los círculos del infierno de las desapariciones.

Así, el calvario de Magdalena va desde las agencias del Ministerio Público, en donde se enfrenta a una burocracia y formalismos legales lejanos a la justicia y en donde debe mirar fotografías de personas fallecidas no identificadas; pasa por morgues, en donde también debe reconocer el cuerpo de su hijo entre otros tantos cadáveres “sin señas particulares”; por módulos de tomas de muestra de análisis de sangre para hacer exámenes de identidad; por terminales de autobús, ya que lo último que escuchó fue que su hijo tomó uno para ir a la frontera; y llega hasta diversas comunidades rurales, las cuales, aunque sus paisajes pueden ser idílicos —y son retratados con una espectacular belleza por Becerril—, pueden resultar un verdadero infierno.

Ciertamente, muchos de esoscírculos del infierno de las desapariciones ya han sido abordado por otras artistas, como por la poeta Sara Uribe en su “Antígona González”, publicada originalmente en 2012.

En el libro, Uribe escribe: “Una mujer intenta narrar la historia de la desaparición de su hermano menor. Este caso no salió en las noticias. No acaparó la atención de ninguna audiencia. Se trata sólo de otro hombre que salió de su casa rumbo a la frontera y no se le volvió a ver. Otro hombre que compró un boleto y abordó un autobús. Otro hombre que desde la ventanilla dijo adiós a sus hijos y luego esa imagen se convirtió en lo único que un par de niños podrá registrar en su memoria cuando piensen en la última vez que vieron a su padre”.

Otros versos de Uribe resuenan con “Sin señas particulares” y tantos otros martirios y obras sobre las desapariciones. Me permito citarlos con cierta extensión: “Ellos dicen que sin cuerpo no hay delito. Yo les digo que sin cuerpo no hay remanso, no hay paz posible para este corazón”, “Los días se van amontonando, Tadeo, y hay que comprar el gas, pagar las cuentas y seguir yendo al trabajo. Porque desde luego que a una se le desaparezca un hermano no es motivo de incapacidad”.

“Una fila inmensa. Esta mañana. Llegamos arrastrando los pies tras la zozobra del viaje, tras la intemperie, tras el cansancio infinito desde el miedo hasta la morgue”, “Somos un número que va en aumento. Una extensa línea que no avanza, que no retrocede”.

“¿Cómo se reconoce un cuerpo? ¿Cómo saber cuál es el propio si bajo tierra y apilados? Si la penumbra. Si las cenizas. Si este lodo espeso va cubriéndolo todo. ¿Cómo reclamarte, Tadeo, si aquí los cuerpos son sólo escombro?”.

Probable alerta de spoiler: “Sin señas particulares” aborda también el problema del reclutamiento forzado de jóvenes por parte de cárteles —de nuevo cito a Uribe: “Dicen que para eso es que los quieren ¿no? Para reclutarlos por la fuerza en sus huestes. Para usarlos como escudos”—. Y Valadez trata este problema con cierto realismo mágico y con escenas siniestras que nos recuerdan a la cinta “Post tenebras lux” de Carlos Reygadas.

Con “Sin señas particulares”, Valadez no solo nos ha ofrecido una de las mejores películas mexicanas de los últimos años, sino también nos ofrece escenas de una de las peores crisis que estamos viviendo en México. Cierro con palabras de Uribe.

“Yo también estoy desapareciendo, Tadeo. / Y todos aquí, si tu cuerpo, si los cuerpos de los nuestros. / Todos aquí iremos desapareciendo si nadie nos busca, si nadie nos nombra. / Todos aquí iremos desapareciendo si nos quedamos inermes sólo viéndonos entre nosotros, viendo cómo desaparecemos uno a uno”.— Mérida, Yucatán.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

(1) WOLA, “Terminar con las desapariciones empieza por la justicia”, https://mexicodisappearances.wola.org/es/

Investigador del Cephcis-UNAM

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