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Ruta hacia la paz

La importancia de la democracia

Guillermo Fournier Ramos (*)

Es común en la psicología humana el tener una cierta nostalgia por el pasado. Se trata de un fenómeno ya conocido por medio del cual un gran número de personas considera que los tiempos pasados fueron mejores que el presente.

Este interesante error de apreciación en el cual solemos caer es particularmente visible en algunos ejemplos. Al hablar sobre violencia y paz, es recurrente escuchar que en la actualidad vivimos una época de decadencia, deshumanización, y en general, de tiempos violentos.

Más aún, se señala al siglo XX como el de mayor violencia, y se repite que el siglo XXI ha traído consigo el lastre del terrorismo, la supertecnología militar y la estructura compleja de organización criminal.

Es verdad que el siglo pasado fue marcado por dos conflictos bélicos de gran magnitud y también es cierto que la era contemporánea tiene retos difíciles que debemos asumir, pero es innegable el progreso histórico en las últimas décadas en materia de pacificación y disminución de la violencia.

En nuestro presente es impensable la celebración de un sacrificio humano público como parte de alguna tradición cultural. Tampoco es factible que la ciudad o comunidad en la que vivimos se vea envuelta en un conflicto armado contra un pueblo vecino; la guerra entre territorios colindantes no es habitual ni mucho menos la primera opción para resolver una eventual diferencia. Ambos escenarios que hoy resultan casi imposibles eran rutinarios en las sociedades de la antigüedad, como se puede comprobar en cualquier texto de Historia.

Se podría argumentar que han transcurrido varios siglos desde que estas prácticas fueron superadas y que la humanidad ha evolucionado mucho en ese trecho. Sin embargo, vale mencionar algunos ejemplos de costumbres o conductas realizadas hace apenas pocas décadas y que hoy parecerían absurdas a la luz de nuestro contexto: los castigos corporales para “corregir” a los niños zurdos y forzarlos a ser diestros; las leyes en múltiples países que consideraban a la homosexualidad como un delito; la negativa a las mujeres para ejercer posiciones de liderazgo en la empresa o en el gobierno; estos son solo algunos casos de violencia manifiesta que era vista como normal hasta hace relativamentemente poco tiempo.

En 2021, sabemos bien que los menores de edad tienen derechos que deben respetarse; conocemos que la discriminación en sentido amplio es negativa.

Coincidimos en que las mujeres merecen las mismas oportunidades que los hombres. Todo esto que ahora nos parece normal y lógico, no parecía así en el pasado cercano.

La evidencia demuestra que la violencia contra niños, minorías, y mujeres ha disminuido si nos remitimos unos cien años y revisamos la estadística decenio tras decenio, aunque desde luego, con algunas variables por considerar.

¿Esto significa que hemos erradicado la violencia y vivimos en un mundo de paz? Por supuesto que no; de hecho, es importante reconocer que falta mucho camino por recorrer, ya que todavía hay maltrato infantil, segregación, y violencia de género, así como otros tipos de violencia.

La idea no es ser triunfalistas, sino reconocer que ha habido significativos avances para reducir la violencia en el largo plazo, y que, por tanto, es posible avanzar mucho más para resolver asignaturas pendientes. Por ello, hace falta comprender la dinámica de la disminución de determinadas formas de violencia y sus causales.

Desde mi punto de vista, podemos resaltar tres elementos clave que ayudan a combatir la violencia y fungen como factores protectores dentro de una sociedad: democracia, educación y Derecho.

Es claro que los sistemas democráticos son menos violentos que otros tipos de gobierno. Esto se debe a que en una democracia, la autoridad gubernamental no ejerce violencia sistemática hacia su población, sino que está llamada a defender sus intereses y lograr la buena administración. Además, en un modelo democrático los ciudadanos son considerados como iguales, por lo que existen oportunidades de desarrollo para todos, y se fomenta el diálogo como medio para dirimir conflictos.

En cuanto a la educación, se dice que la cultura y la instrucción nos vuelve más humanos. La formación en valores, conciencia social, y sentido ético que se recibe en las instituciones educativas también juega un papel importante en la prevención de la violencia. Sin duda, el proceso educativo moldea a las generaciones de estudiantes y actúa como vehículo hacia un mayor civismo en la comunidad.

Respecto del Derecho como agente de paz, podemos señalar que la aplicación de leyes justas y universales es indispensable para la preservación del orden. Cuando existe un marco jurídico sólido, las diferencias se resuelven de manera no violenta y hay sanciones ejemplares para quienes violan la norma. Es conocido que la impunidad genera injusticia e incentiva la violencia y la delincuencia. Donde la ley se respeta, las sociedades progresan.

El proceso de civilización ha tomado tiempo, pero rinde frutos; la lucha por los derechos humanos tiene resultados palpables; hoy somos más conscientes de la necesidad de paz y el mandatorio rechazo a la violencia.

¿Como seguir avanzando hacia una cultura de la paz? Con democracia, educación, y Derecho.— Mérida, Yucatán.

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

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