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Seguir con el problema

Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

“Ser animal es devenir-con bacterias (y, sin lugar a dudas, virus y muchos otros tipos de bichos...)”, escribió la filósofa Donna Haraway, profesora emérita de la Universidad de California, en su más reciente y aclamado libro “Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno”, publicado originalmente en 2016 y traducido al español por Helen Torres el año pasado.

Aunque la observación de Haraway pueda ser una obviedad para biólogos, médicos y otros especialistas, pues es evidente que todo animal hospeda un sinfín de bacterias, virus y muchos otros tipos de bichos, esta verdad no siempre es tenida en cuenta en la filosofía, las humanidades, las ciencias sociales y por esa entidad vaga y abstracta que llamamos el “público en general”. Por el contrario, las personas, al menos las personas “modernas”, nos pensamos como individuos autónomos, únicos, indivisibles, compuestos de carne, hueso y alguna entidad inmaterial, llamémosle alma, espíritu, razón o cultura.

La pandemia de Covid-19 ha venido a recordarnos que, como seres animales que somos, devenimos-con bacterias y virus, y que algunos de ellos pueden alterar dramáticamente el curso de nuestras vidas.

El periodista Michael Pollan ha explicado la situación de una manera elocuente, en un artículo curiosamente titulado “Algunos de mis mejores amigos son gérmenes”. “Puedo decirte la fecha exacta en la que empecé a pensar en mí mismo en la primera persona del plural —escribe Pollan—, como un superorganismo, en lugar de un simple viejo ser humano individual. Ocurrió el 7 de marzo [de 2013]”, cuando un laboratorio localizado en el Instituto BioFrontiers de la Universidad de Colorado secuenció su microbioma, esto es, los genes de las cientos de especies microbias con las que comparte su cuerpo. Alrededor de 100 billones de bacterias que viven y mueren en la superficie de su piel, en su lengua y en la profundidad de sus intestinos.

Desde luego, los seres humanos no solo somo animales que devenimos-con bacterias, virus y otros bichos. Vivimos en un mundo tóxico, por lo que también devenimos con sustancias tóxicas. En su sugerente texto “Cuerpos en el sistema”, la antropóloga Vanessa Agard-Jones plantea que debemos entender los cuerpos como ensambles más que como entidades singulares. Los cuerpos, afirma Agard-Jones, son una mezcla de especies y materiales inorgánicos, un ensamblaje de sangre, huesos, carne, químicos, cromosomas, células y espíritu. Ella ha estudiado particularmente el caso de los cuerpos humanos en Martinica contaminados con kepone, un plaguicida organoclorado que ha sido prohibido en diversos países. A pesar de su alta peligrosidad, este plaguicida es empleado en las plantaciones bananeras de varias islas caribeñas, sobre todo en Martinica.

Como nos informa Agard-Jones, la isla de Martinica posee la tasa más alta de cáncer de próstata en el mundo, la cual algunos estudiosos y activistas han asociado con el uso intensivo de kepone. Muchos hombres de la isla vinculan el cáncer de próstata y otros males con la presencia del plaguicida en sus cuerpos e incluso denuncian que el kepone, por sus propiedades estrogénicas, “feminizan” los cuerpos masculinos.

En el caso de Yucatán, los investigadores Kata Beilin y Ángel Polanco han escrito en un artículo reciente que “una vez que las sustancias tóxicas llegan al agua subterránea, rápidamente se vuelven parte del cuerpo humano”. El trabajo de Beilin y Polanco nos recuerda que nuestros cuerpos son tan porosos —y tan vulnerables— como el suelo kárstico que habitamos. Plaguicidas peligrosos como el heptacloro, lindano, endrín, dieldrín, endosulfán, glifosato, entre otros, se filtran fácilmente por la piedra caliza de la península de Yucatán, llegan y se acumulan en los cenotes y, de allí, en nuestros cuerpos, forman parte constitutiva de nuestro ser animal que deviene-con bacterias, virus y otros bichos.

Nuestros cuerpos, compuestos también por bacterias y residuos de plaguicidas, no se producen en el vacío, sino en el marco de actividades agroindustriales y ganaderas que deforestan la selva y contaminan el agua de los cenotes. Las acciones humanas, o mejor dicho, ciertas acciones humanas, están dejando una profunda huella en la Tierra. A la era geológica marcada por la actividad humana se le ha llamado “Antropoceno”, aunque la filósofa Donna Haraway prefiere emplear el término “Chthuluceno” para pensar y seguir con “el problema”. ¿Qué problema? Que vivimos en una tierra dañada, devastada, contaminada. “Es más que el ‘cambio climático’ —aclara Haraway—; se trata también de cargas extraordinarias de química tóxica, minería, contaminación nuclear, agotamiento de lagos y ríos encima y debajo del suelo, simplificación de ecosistemas, vastos genocidios de personas y otros bichos, etcétera, etcétera, en patrones sistemáticamente conectados que amenazan con un colapso significativo del sistema tras otro colapso significativo del sistema”.

“Chthuluceno es una palabra simple —escribe Haraway—. Es un compuesto de dos raíces griegas (khtôn y kainos) que juntas nombran un tipo de espaciotiempo para aprender a seguir con el problema de vivir y morir con respons-habilidad en una tierra dañada”. Para muchos, Chthuluceno no nos resulta una palabra fácil, ya sea de pronunciar o de entender. Así que puedo equivocarme en mi interpretación, pero mi lectura de “Seguir con el problema” y mi comprensión de la noción de Chthuluceno sugiere que este concepto nos lleva a pensarnos como seres —Haraway escribe “bichos mortales”— interconectados en lugares, tiempos, materias, significados.

Así, a diferencia del Antropoceno, que enfatiza el impacto de una especie —la humana— en la Tierra, el Chthuluceno subraya que nuestra especie humana está entrelazada con muchas otras especies y con entidades no orgánicas —como los plaguicidas— en una tierra dañada.

Desde esta concepción, Haraway toma distancia de posiciones derrotistas y cínicas sobre la crisis climática que anuncian que poco o nada se puede hacer frente a tormentas cada vez más destructivas, incendios más devastadores, calores menos tolerables o la muerte y extinción de especies. También se aleja de las posiciones que apuestan por soluciones meramente técnicas (como cultivos genéticamente modificados, parques de energías renovables o megagranjas ganaderas).

En lugar de posiciones como las anteriores, para Haraway, “seguir con el problema” requiere “generar parentescos raros”, esto es —según mi entendimiento—, reconocer nuestras conexiones con otros seres y entidades, humanas o no, y entablar alianzas con ellas. “Los seres humanos no son los únicos actores importantes en el Chthuluceno —escribe Haraway—, con todo el resto de seres capaces solo de reaccionar”.

Aunque debemos reconocer nuestra responsabilidad en el daño que hemos causado a la Tierra, tampoco debemos creernos tan excepcionales y tenemos que recordar, como lo hace Haraway, que “desde el principio, los mayores terraformadores (y reformadores) de todos han sido y son las bacterias y sus parientes”. “Ninguna especie actúa sola, ni siquiera nuestra arrogante especie”. Así, “las artes para vivir en un planeta dañado —plantea Haraway— requieren de un pensamiento y una acción simpoiéticos” (simpoiesis = “generar-con”). Las alianzas reivindicadas por la filósofa son de diverso tipo, desde colaboraciones entre artistas y científicos para abordar problemas ambientales —como la supervivencia de arrecifes de coral—, la construcción de refugios de especies, hasta la fabulación especulativa que nos invite a imaginar cómo sería una tierra habitable. En estas alianzas, Haraway otorga un papel muy importante a los movimientos feministas e indígenas, a sus prácticas de responsabilidad, cuidado y reciprocidad.

Seguir con el problema en Yucatán implicaría reconocer las maneras en las que estamos conectados con otros seres y entidades —con abejas y otros polinizadores, con bacterias y virus, con residuos de plaguicidas—, actuar en consecuencia del daño que hemos hecho y generar parentescos raros: hacer de abejas, montes y cenotes nuestros parientes. Como ha declarado Haraway en una reciente entrevista para “El País” (19-2-20), seguir con el problema se trata de “encontrar formas de sanar en parte, inventar cosas nuevas, arreglar los daños, construir y reconstruir para seguir adelante, no para solucionarlo”.—

rodrigo.llanes.s@gmail.com

Investigador del Cephcis-UNAM

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